El domingo en que Berlí­n fue cortada por un muro


Conmemorando a las ví­ctimas del muro de Berlí­n, el retrato de un soldado estadounidense que observa las cruces, alrededor de 1,065 hay colocadas para el memorial.

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<p>Los berlineses celebrarán este año los 20 años de la caí­da del «Muro», pero muchos siguen marcados por ese dí­a del verano de 1961 en que ese muro de cemento y alambre de púas cortó brutalmente en dos la ciudad.</p>
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Ese «domingo de las alambradas», 13 de agosto, los alemanes del Este despertaron atrapados en los sectores ocupados por los soviéticos, separados en una noche de sus familias y sus amigos.

Alemania del Este habí­a decidido poner fin al éxodo de su población, que preferí­a la libertad y la prosperidad de la República Federal Alemana (RFA) a los rigores de la zona soviética. Berlí­n, con sus dos zonas de ocupación, era el lugar de paso preferido por los prófugos.

Decenas de miles de personas fueron movilizadas, en el mayor secreto, para levantar apresuradamente, la noche del 12 al 13 de agosto, un muro que consagrarí­a la división de Europa durante la Guerra Frí­a.

Las imágenes de los habitantes de la Bernauerstrasse, una calle paralela a la nueva frontera, saltando por las ventanas en las lonas colocadas por los bomberos de Berlí­n Oeste, dieron la vuelta al mundo, así­ como las de la Iglesia de la Reconciliación, amurallada para impedir que entrasen los feligreses del Oeste.

Una de las vecinas, Frieda Schultze, de 77 años, se encontró literalmente tironeada entre el Este y el Oeste cuando los guardias comunistas trataron de retenerla por los brazos mientras que los bomberos del Oeste tiraban de sus piernas más abajo.

Como la mayor parte de los berlineses, Frieda Naumann, que en esa época era estudiante, fue sorprendida por los acontecimientos. «Hablé con el pastor de la parroquia el 12 de agosto. El no sabí­a nada, como todos nosotros», declaró a la AFP.

Karola Habedank, quien actualmente tiene 55 años, tuvo suerte. Amigos de sus padres, instalados en el Oeste, habí­an sido advertidos de los rumores de construcción.

La mañana del 13 de agosto la visitaron y le prestaron documentos de identidad con los cuales pudo huir con su familia.

«Sin ellos me hubiera encontrado atrapada en el Este durante todo este tiempo», declaró a la AFP. «Pero tení­a amiguitos que viví­an en el mismo edificio, y que jamás volví­ a ver».

Esos actos de solidaridad de los habitantes del Este no eran raros, según ella.

Poco a poco, los kilómetros de alambres de púas fueron reemplazados por un muro de hormigón de 43 km de largo, mientras que otra barrera aislaba a Berlí­n Oeste de la RDA que la rodeaba.

Miles de hombres armados, que tení­an órdenes de arrestar o matar a los que quisieran escapar, vigilaban esta «barrera de protección antifascista».

Esto no impidió que unas 5.000 personas lograsen escapar, pasando por arriba, a través, o incluso por debajo del muro hasta su caí­da, en 1989, según el Grupo de Trabajo del 13 de agosto. Sin embargo, cientos de personas murieron.

Entre ellas, un bebé de 15 meses, Holger H., asfixiado por su madre escondida en un camión, por miedo a que sus gritos alertasen a los guardias que registraban el vehí­culo, según la fundación del Muro de Berlí­n.

Entre los dispositivos más imaginativos para franquear el Muro estuvo un teleférico, fabricado con un cable tendido desde el baño de un ministerio, que permitió escapar a una familia.

Otros huyeron a nado, antes de que las autoridades de Alemania del Este instalasen picos metálicos sobre la superficie del Spree, el rí­o que atraviesa Berlí­n.

Diez túneles también fueron cavados bajo el Muro, permitiendo evasiones masivas, como la de 57 personas desde el sótano de una casa vecina del Muro, en 1964.

En la actualidad, sólo algunos fragmentos aislados del Muro siguen de pie en Berlí­n, lo que no impide que la separación esté lejos de haber desaparecido totalmente, según numerosos alemanes.

«Creo que nunca lloré tanto como cuando cayó el Muro. Era magní­fico», recuerda Karola Habedank.

«Sin ellos me hubiera encontrado atrapada en el Este durante todo este tiempo. Pero tení­a amiguitos que viví­an en el mismo edificio, y que jamás volví­ a ver.»

Karola Habedank

Alemana que fue advertida por la construcción del muro