La carestía de la vida hace que todos sintamos que el dinero se esfuma, pero lo que ocurre es que lo gastamos más pronto. Sin embargo, sí que hay casos en los que el dinero literalmente se esfuma y es cuando los pícaros que se lo embolsan pueden continuar tranquilamente con su vida sin preocuparse jamás por devolver lo mal habido.
Lo mismo se aplica para Meyer en la Presidencia del Congreso con los Q82 millones que se hicieron humo y de los que nadie da cuenta, que con los banqueros que se alzaron con la plata de los clientes que les confiaron sus depósitos creyendo en la honorabilidad y buena fe de quienes dirigían entidades bancarias que terminaron siendo un fraude.
Muchas veces cuando hablamos de impunidad nos referimos especialmente a los delitos contra la vida porque, ciertamente, son los más graves e irreparables. Pero si en algún caso nuestro sistema judicial termina siendo permisivo es con el robo descarado del dinero público o del dinero de particulares que depositaron su confianza en «conocidos» banqueros. En esos casos no hay forma de reparar el daño causado y los pícaros tienen la tranquilidad de que tras el escándalo podrán gozar del dinero mal habido. Aun en las escasas oportunidades en que se captura a alguien y se le arma un proceso penal, las penas terminan siendo ridículas y los procesos otro fraude, por lo que literalmente cabe hablar de cómo se esfuma el dinero. MDF y Banco de Comercio pueden considerarse como casos ejemplares de cómo es que la justicia es una farsa en nuestro país. En el primer caso está preso el ejecutivo de la empresa que jineteó el dinero del Congreso, pero no así quienes dispusieron de los llamados «ahorros del Congreso» para trasladarlos a esa empresa. Los diputados responsables siguen calentando sus curules y lo más probable es que el representante de MDF reciba una condena que con buen comportamiento puede reducir a unos pocos años para luego salir a gozar del dinero que mantiene a buen recaudo. Y sus aleros en el negocio siguen como si nada, porque mediante argucias legales han logrado impedir el proceso.
En el banco, la pita se rompió por lo más delgado y está preso uno de los directivos que alega haber estado separado de la entidad cuando ocurrió la corrida con el pisto. Los otros, los responsables de los cientos de millones depositados en el Banco, continúan «prófugos», riendo sin duda de la letanía de reclamos que hacen estérilmente los clientes defraudados. Por casos como ese, también vale la pena la extinción de dominio.