Luis Zurita abordó con propiedad el tema del desgaste que hay en la sociedad guatemalteca con tantos esfuerzos fallidos por lograr acuerdos sociales producto del diálogo multisectorial y es que la experiencia ha sido abundante aunque no enriquecedora, porque se han abordado prácticamente todos los temas cruciales para la Nación y tras prolongados ejercicios los resultados nunca han sido satisfactorios.
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Según Zurita, vendrán expertos extranjeros a aconsejar cómo funcionar para que la convocatoria sea útil y el resultado de los diálogos más efectivo. Yo creo que es importante el punto de partida, puesto que por buenas ideas que tengan esos asesores, si el Gobierno no define pronto una agenda concreta de los temas a someter a consideración de las mesas de diálogo y si no se habla del carácter vinculante del esfuerzo, todo volverá a ser simplemente una nueva forma en la que las autoridades tratan de ganar tiempo y de oxigenarse.
Por supuesto que ello agrega un enorme grado de dificultad al esfuerzo, porque todos entendemos que para lograr ese carácter vinculante los partidos políticos con representación en el Congreso y el mismo Gobierno tendrían que tener un nivel de madurez extraordinario, cosa que estaría por verse. Siempre he sostenido que la función del gobernante en nuestro país tiene que partir del ejercicio de su autoridad moral para articular grandes acuerdos que permitan a los distintos sectores de la sociedad trabajar por una agenda común. El Presidente debiera ser el gran articulador de consensos, pero eso plantea el requisito indispensable de una enorme autoridad moral no sólo para convocar sino para mantener el esfuerzo con base en resultados muy concretos y perceptibles para la población.
De lo contrario, cuando no hay temas concretos en la agenda y no existe el carácter vinculante, resulta que los autonombrados representantes de los sectores utilizan las mesas de diálogo para sacar provecho personal de su relación con las autoridades y de esa cuenta hemos visto que en anteriores ejercicios se han dado casos en los que se negocian posiciones individuales y privilegios para algunos de los que asisten a las reuniones. No puede olvidarse que las representaciones sectoriales en el país son muchas veces cupulares, es decir, sin real vínculo con quienes dicen representar. Un acuerdo con la cúpula del empresariado no significa necesariamente un acuerdo con todos los empresarios y un acuerdo con los dirigentes sindicales no implica un acuerdo con todos los trabajadores. Guatemala es un país que carece de tejido social y eso pesa mucho a la hora de trasladar los acuerdos de un gran diálogo nacional a la población porque los interlocutores a lo mejor no tienen comunicación con la gente.
Pero aun con esa dificultad, si se concretan los temas a tratar de antemano y se reconoce el carácter vinculante de los acuerdos, seguramente que la base social se mostrará menos indiferente y se encargará de buscar el contacto con sus «representantes» y de esa forma se socializa de manera efectiva el ejercicio. Caso contrario ocurre cuando el diálogo se percibe como nueva forma de oxigenar a un gobierno que, en el mero arranque, es objeto de una sistemática bajada de cuero por los grupos de poder tradicional.