Es la palabra de moda, la nueva forma de arreglar cualquier cosa, la solución divina a cualquier problema, la panacea, la piedra filosofal, el sueño ideal del alquimista. Me refiero al diálogo al que se recurre en estos dorados tiempos para enderezar cualquier diferendo entre partes.
Este tema del diálogo tiene ya algunos añitos de estar en la palestra, de hecho desde 400 años antes de Cristo cuando el famoso filósofo griego Platón, seguidor de Sócrates y maestro de Aristóteles, identificó el diálogo como una forma efectiva de discutir entre dos partes para alcanzar el objetivo supremo de alcanzar la verdad, la humanidad no ha parado de utilizar este método para arreglar sus diferencias.
Siglos han pasado desde entonces y los seres humanos hemos hecho avances significativos en este asunto. Parte importante de los avances han sido la elaboración de leyes por parte del hombre para darle sustento a la convivencia social. En algún momento de la historia los hombres entendimos que el diálogo era indispensable para llegar a acuerdos mínimos de entendimiento y de manera espontánea fue creciendo la necesidad de tener reglas que nos permitieran convivir y esta necesidad derivó en marcos legales, constituciones, pactos sociales y sistemas deliberados que tienen vida y que son modificados por los mismos hombres de acuerdo a las necesidades que surgen con el tiempo.
Nuestro sistema legal es tan débil, que no puede hacerse cargo de un puñado de antisociales que insisten en darle validez a unas benditas consultas populares que no tienen cabida en nuestro marco regulatorio. Los antisociales irrumpen violando un rosario de derechos de los individuos, derechos plasmados en el pacto social actual, sin que nadie aquí les impute responsabilidad. Queman camiones, lastiman y matan a oficiales o civiles, invaden propiedad privada, destruyen bienes que no son de su propiedad y la solución de nuestra autoridad es el diálogo. No se podía esperar más tras el trágico desenlace del conflicto en Toto. Horas después de lo sucedido todos sabíamos que este gobierno al igual que todos los anteriores no tendría la capacidad de hacer cumplir la ley sino que tendrían que someter, para siempre o al menos por mucho tiempo, todos nuestros derechos a la desgracia de la nueva ley vigente, el diálogo.
Todo es negociable y “dialogable” hoy en día, los asesinatos, los secuestros, las golpizas, las violaciones, los linchamientos, los palazos, los bombazos, las quemas, las invasiones, no hay delito hoy en día del que no se salga con un buen diálogo.
Tan abusado está el término y la acción del diálogo que hasta los condenados a penas largas y severas por delitos deleznables se sientan a dialogar con la máxima autoridad de la seguridad interna para hacerle llegar sus requerimientos. Pizza pidieron los muchachos y por supuesto pizza les dieron. Mientras tanto los mismos condenados destruyen la cárcel de “máxima seguridad” que al tributario le costó un chorro de plata y nosotros los premiamos por su actitud ejemplar comprándoles una apetitosa pizza.
Yo quisiera preguntarle a los señores gobernantes de turno ¿En qué parte de nuestro texto constitucional se menciona que se debe de utilizar el diálogo para arreglar problemas comunes de convivencia? Recuerden señores funcionarios que es su obligación actuar para atender únicamente lo que la ley expresamente les permite hacer. De lo contrario ¿Para qué sirven todas las leyes o reglas de convivencia que con el tiempo hemos decidido acordar para poder vivir como la gente? ¿Por qué habría de ser diferente hoy? Si cuando se empezaron los diálogos por la paz entre un grupo esencialmente fuera de ley y otro esencialmente legal las leyes importaron un comino.
La nueva ley, la del oeste, la ley de Herodes… El Diálogo.