El desprecio absoluto a los inmigrantes


Ayer se produjo un debate en España entre los lí­deres de los dos principales partidos, quienes se disputan la mayorí­a parlamentaria y por lo tanto la Presidencia del paí­s. Los españoles mostraban su satisfacción porque se volvió a permitir ese tipo de discusiones que fueron obviadas por los dirigentes del Partido Popular cuando ejercieron el poder y controlaron a la televisión estatal con marcada influencia partidista. No tengo que decir, por supuesto, que no tengo por ellos ni por Mariano Rajoy la menor simpatí­a, pero las diferencias entre ellos y los socialistas de Rodrí­guez Zapatero es asunto que compete a los españoles y que deberán dilucidar según su leal saber y entender en las urnas el próximo mes de marzo.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Pero hay temas que de una u otra manera nos atañen, no sólo por la creciente influencia de España que se ha lanzado a la reconquista de América por la ví­a de las inversiones en las que fueron importantes empresas públicas, sino por esa relación histórica que hemos tenido desde hace más de 500 años. Y sobre ese particular es que quiero comentar el debate de ayer, puesto que buena parte del mismo giró alrededor del tema de la inmigración que ahora sufren los españoles como resultado de su propio crecimiento económico y que es una reversión del fenómeno que durante años fue caracterí­stico de ellos.

En efecto, por años y por generaciones, los españoles salí­an de España en busca de oportunidades en otros paí­ses, no sólo de América sino de Europa y de esa suerte puede decirse que España fue durante siglos un paí­s de emigrantes. Gente que forjó su medio de vida con trabajo, empeño y dedicación en otros lugares del mundo donde fueron acogidos con mayor o menor aprecio, pero en donde siempre tuvieron la oportunidad no sólo de vivir, sino en muchos casos de amasar fortuna. La colonia española ha sido apreciada y respetada en casi todos los paí­ses de América y en pocos lugares se han dado muestras de xenofobia en su contra ni expresiones despectivas y groseras.

Pues bien, ayer Mariano Rajoy dedicó toda la parte del debate destinada a abordar los temas de polí­tica social a insistir y machacar en el tema de la migración con ataques a Zapatero por la presencia en España de cientos de miles de inmigrantes que llegan a buscar oportunidades, como las que muchos españoles buscaron en tierras como la nuestra y como otras muchas a lo largo y ancho del mundo. Estarí­a bien que el dirigente de un paí­s que nunca ha sido productor de emigrantes adoptara posturas tan radicales y xenofóbicas, tildando de delincuentes y criminales a los que llegan a España en busca de trabajo, pero no el representante de un paí­s que, cabalmente bajo la dictadura que es inspiradora del PP, la de Franco, produjo una verdadera diáspora.

Esa asimilación del inmigrante con los criminales o gente de mal vivir es cabalmente lo que determina el carácter xenofóbico del abordaje del tema. Es natural que cualquier paí­s del mundo tenga que desarrollar polí­ticas coherentes en materia de migración y proteger sus fronteras, pero es curioso que los más encendidos fanáticos de la globalización sean quienes proponen levantar los muros más altos para permitir que en las fronteras pasen las mercancí­as, pero no las personas.

El problema de la migración hay que entenderlo como parte de los enormes desequilibrios que hay en el mundo. Los paí­ses pobres, generalmente productores de materia prima no elaborada que es adquirida por los paí­ses industrializados a precios impuestos por éstos, no tienen la capacidad de generar oportunidades para su población y por ello son millones los que están aspirando a un mejor nivel de vida emigrando a otro paí­s más desarrollado en donde existen mejores oportunidades. ¿Qué le queda, por ejemplo, a los guatemaltecos de las inversiones que España tiene en electricidad y en telecomunicaciones en nuestro paí­s? Por eso dice bien Rodrí­guez Zapatero al responder que una de las tareas que su gobierno ha emprendido para enfrentar el problema de la migración es el del aumento de la cooperación española en las áreas sociales, puesto que mientras más bienestar y comodidades haya en los paí­ses pobres, menor será el problema de esa gente que por necesidad emigra.

Puede decirse con acierto que es muy rara la familia española que no tiene parientes en el extranjero y habrí­a que preguntarles a ellos si creen que los emigrantes se fueron por espí­ritu de aventura o porque las condiciones imperantes en España en aquellos años los obligaron. ¿Por qué ahora España recibe inmigrantes en vez de producirlos? Simplemente porque ahora es un paí­s que ofrece oportunidades a sus habitantes y aun a extranjeros, mientras que en paí­ses como el nuestro o como los del ífrica se mueren de hambre. Y en el caso de América se trata de un continente con ancestrales estructuras de injusticia, mismas que tienen su raí­z misma en los tiempos de la colonia. No se trata de buscar culpas ni de andar satanizando a los conquistadores, pero sí­ debe recordarse que la estructura social y polí­tica de estos paí­ses tiene su raí­z en esa época colonial.

Bien decí­an los españoles desde antaño que no se pueden pedir peras al olmo. Y es que el concepto de la solidaridad, de la comprensión de las dificultades ajenas y de la lucha contra la injusticia es ajena por completo a formaciones ideológicas que se inspiran en los resabios de la falange y que, como bien dijo el candidato socialista, tratan de explotar el miedo y los antivalores como elemento de proselitismo. Hablar de solidaridad con los pueblos pobres no vende ni gana votos, pero alertar sobre la invasión de criminales y gente de mal vivir, poniendo con los pelos de punta a la sociedad con base en expresiones de xenofobia, puede ser un gran catalizador de votos. Y lo que no se puede negar a los Populares es que para eso son tan pragmáticos que cualquier tema vale.