El desnudo artístico (2)


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El Primer Salón del Desnudo abierto actualmente en la sala de exposiciones de la Escuela Nacional de Artes Plásticas reúne pinturas y dibujos de artistas que van desde la generación del 40 (Grajeda Mena, Dagoberto Vásquez, Juan Antonio Franco)

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POR JUAN B. JUÁREZ

Hasta jóvenes creadores de la última promoción ( María Isabel Rosales), y entre esos extremos a “especialistas” reconocidos del desnudo como Manolo Gallardo, Ernesto Boesche, César Cartagena, Marvin Olivares, Byron Rodas y a otros cultivadores ocasionales pero no menos talentosos (Erwin Guillermo, Zipacná de León, Luís Díaz, Luís Robles) de este exigente género artístico que tiene, como el retrato, el paisaje y la naturaleza muerta, reglas muy estrictas que se derivan del concepto de “desnudo artístico” y se refieren a las formas y a los objetivos de la representación del cuerpo humano despojado de sus vestimentas.

Da la impresión de que uno de los objetivos que persigue la muestra es tomarle el pulso al público, de ver cómo reacciona ante unas obras que ponen frente a sus ojos el cuerpo humano no sólo desnudo sino proclamando su belleza y reclamando una mirada de admiración que, hasta cierto punto, neutraliza el deseo.  Así, aunque se puede situar a las obras y a los artistas dentro de una sucesión temporal, evidentemente el criterio que rige en el Primer Salón del Desnudo no es histórico: los grandes nombres que figuran en la muestra están más bien en función de señalar que existe entre nosotros una tradición del desnudo artístico que tiene nobles y virtuosos cultivadores, como una manera muy precavida de anticiparse a reacciones demasiado viscerales de un público que los organizadores suponen muy conservador.

Y así, con ese criterio, pareciera que de lo que se trata es de conducir al espectador por los caminos excelsos de la tradición hasta las propuestas más audaces de los “desnudistas contemporáneos”, que, como si de una competencia se tratara, hacen gala no sólo del dominio de la figura humana y las técnica de representación visual sino sobre todo de un atrevimiento (que no es artístico ni liberado de prejuicio sino simplemente una provocación gratuita), que fuerza los límites del pudor, que son también los límites de un desnudo que quiera merecer el calificativo de artístico, que, en como género, es tradicional y académico. 

Se dirá entonces que el pudor es algo subjetivo que varía de una persona a otra,  que está culturalmente e históricamente determinado, que varía de una sociedad a otra, de una a otra época, y que justamente y de hecho los hombres y las mujeres de nuestra sociedad y nuestra época se muestran menos renuentes a la hora de mostrar en público más partes de su cuerpo que, digamos, los hombres y mujeres de la edad media.  Y es cierto, pero ese no es el punto: el desnudo artístico está relacionado con el concepto de belleza, de plenitud humana, y por tradicional, anticuado y subjetivo que pueda ser ese concepto (véase, por ejemplo, la obra de Zipacná de León incluida en la muestra), supone el paso de la existencia marcada por el deseo y el instinto hacia niveles de existencia más “espirituales”. No se trata de negar la sensualidad, el erotismo, la provocación voluptuosa sino más bien de contenerlas, controlarlas dentro del concepto de la plenitud humana. Así, pues, en el caso del desnudo artístico, los límites del pudor no los decide la moda ni el grado de permisividad social, sobre todo si se habla en un contexto que, como el nuestro, está determinado por los intereses del mercado, en una sociedad consumista estimulada por la publicidad y los medios masivos.

Como quiera que sea, a los organizadores del Primer Salón del Desnudo les faltó discutir a fondo un concepto curatorial de desnudo que rigiera en esta convocatoria y en esta selección de obras,  como base para articularlas dentro de una exposición que, más allá del aplauso por los virtuosismos técnicos y las audacias expresivas de un grupo de artistas, provocara en el público, no un escándalo moral sino una reflexión crítica, una toma de conciencia sobre la percepción  que como miembros de la cultura guatemalteca tenemos de nuestra corporalidad.  El tema del desnudo artístico en Guatemala, como se ve, puede ser conflictivo y da para que el Salón del Desnudo pueda ser una experiencia artística y cultural significativa y relevante.