Igual que al final del gobierno de Arzú con el PAN, nuevamente presenciamos la profunda división de quienes fueron parte del oficialismo y con características similares. Hoy no se habla de ningún Club de París sino de «dignos» que se enfrentan a indignos. En el fondo no es sino un pleito entre los políticos de la oligarquía y aquellos a quienes consideran «shumos» pero que les sirvieron eficientemente para alcanzar el poder. Una vez perdido el mismo, es natural que los últimos sientan que tienen derecho a seguir jugando el papel importante que les asignaron como operadores en las sucias aguas de la política y se resisten no sólo a ser desplazados sino que además lo hagan recordando su poca alcurnia y tildándolos de indignos.
Creemos que la suerte está echada en ese partido y que la división que ahora aflora no tiene remedio porque se han tratado en una forma que definitivamente deja huellas irreparables. Pero más que eso, evidencia la fragilidad de nuestro sistema de partidos políticos puesto que si eso ocurre con los que tienen éxito y alcanzan el poder, ya nos podemos imaginar lo que pasa con los que se conforman con tener la ficha para negociar participaciones.
Mientras en Guatemala no se entienda que los partidos políticos no son el club de un grupo o propiedad de un caudillo, seguiremos viendo este tipo de controversias porque no se acepta la discusión interna ni, mucho menos, el ejercicio de prácticas democráticas. Los partidos políticos son entidades de derecho público y por lo tanto no puede seguirse mangoneando como si fueran entidades con título de propiedad. Nosotros creemos que entre los que se llaman dignos y los que son tildados de indignos hay de toda clase de personas, y que no pueden blasonar de babosadas porque si algo tienen es mucha tela que cortar. Aquí no es cuestión de pedigrí, para empezar, sino de compromiso con la población y en ese campo, con perdón de los que ahora se tiran los platos por la cara, todos andan en pañales porque el problema está en que nadie está peleando por intereses de la población, ni siquiera de las escuálidas bases partidarias, sino simplemente es un pleito de intereses personales, de posiciones en las que se puede sacar mayor raja.
Lo lamentable de todo es que, nos guste o no, el sistema democrático pasa por el régimen de los partidos políticos y mientras estos sigan siendo la basura que son y han sido en nuestro país, así será nuestra cacareada democracia que, al final de cuentas, se pone al servicio de intereses que nada tienen que ver con los de la Nación.