EL DESEO DE VIVIR


Hace unos dí­as nos reunimos para cenar, cinco de los médicos que fuimos de los fundadores del Hospital Herrera Llerandi, tres de ellos, Jaime, Dagoberto y Carlos ya rascando los ochenta, y los otros dos, Beto y este servilleta que ya los hemos cumplido.

Dr. Carlos Pérez Avendaño

Así­ como hace años me decí­a d. Marí­a de Padilla, «es natural que la noche de bodas se duerma mal», pues muy natural fue que los cinco comensales platicáramos de la edad, de los achaques, y de la muerte. Fue Beto quien me preguntó: «Vos Carlos, ustedes, los de su promoción, ¿hacen algún recuento de los vivos y los muertos?»

Beto habí­a hecho mención a ese quehacer, el conteo que a medida que los años pasan se va haciendo más vigente. Es que hay algo que, a pesar de los años, uno puede hacerlo mejor, y ese es el recuento de los que se van yendo y de los que vamos quedando. Es así­ que cuando uno saca viejas fotografí­as de cuando matasanos practicantes en el Hospital San Juan de Dios, no puede un sino hacer el conteo y preguntarse?8¿Y quién irá a ser el próximo?

La tentación de querer adivinar le lleva a uno a recordarse de que cada vez que uno lo hace, falla, siempre ha fallado y seguirá fallando.

Dentro de los de nuestra promoción era René Alvarado Mendizábal quien llevaba el conteo y que nos mantení­a al tanto. Por ahí­ tengo en una gaveta, la última lista que elaboró antes de su partida, pero que, por alguna incomprendida razón, no la he repasado y, sin darme cuenta cabal, no la he buscado, ¿por qué será que no quiero leerla? ¿Miedo a la muerte?

Por una parte me pregunto, si al repasar la lista, y preguntarme quien será el próximo, ese cálculo puede provocarme malos pensamientos. Es así­ que cuando Ilse y su marido, mi colega Carulo me hicieron ver que era yo el único de la promoción que todaví­a ejercí­a la profesión, hube de sentirme muy salsa. Fue dí­as después que, me atropelló el automóvil conducido por la gringa y que caí­ bajo sus ruedas, entonces sentí­ a cabalidad, la cercaní­a de la muerte. Y, de verdad que así­ la sentí­.

Creo ser muy auténticamente sincero al decir que no le tengo miedo a la muerte, pero, eso no quiere decir que quiera morirme. Tengo tanta gente a quien quiero mucho y cuyo encuentro, es motivo de alegrí­a, gente a quienes abrazarlos y besarlos, me hace feliz. Y eso es vivir, eso mantiene en uno esa ilusión de vivir.

Además de ello mantengo una curiosidad intelectual que me hace pensar y meditar, y también me gusta admirar la belleza de la naturaleza y sus cosas que me provocan deleite espiritual.

La Lila mi mujer me lo hace ver, y cuando siento algún agobio, es ella quien me obliga a hacer un recuento de lo que dí­a a dí­a nos regala Dios.

«Carlos», me dice la Lila, «dale gracias a Dios por haberte permitido despertar».

Sí­, aquí­ estoy de nuevo recostado en mi reclinable sillón pudiendo ver y admirar el luminoso amanecer, pudiendo oí­r y admirar el melodioso canto de los pájaros, pudiendo pensar y meditar en la dicha que es vivir. Sí­, aquí­ estoy viviendo y pudiendo hablar para decirle a la mujer cuanto la quiero y darme cuenta que este otro nuevo dí­a, puedo amarla más.