El descalabro


Editorial_LH

Para donde se vuelve la vista, el panorama resulta desolador porque el descalabro del país es galopante y afecta todas las instituciones carcomidas por el cáncer de la corrupción que ha alcanzado niveles abrumadores en medio del aliento que significa la indiferencia de la ciudadanía; indiferencia que recuerda la dócil actitud que permitió a Estrada Cabrera mangonear al país por 22 años y a Jorge Ubico sojuzgar a la población por otros 14.


Ciertamente en 1920, después de mucho agachar la cabeza, el pueblo tuvo un aire con remolino que llegó a más que eso cuando la turba empezó a pedir “otro toro” frente al Colegio de Infantes que se había convertido en reclusorio de los allegados al régimen despótico del tirano. En 1944 se produjo el salto que Manuel Galich definió como “Del pánico al ataque” impulsor de la llamada Primavera Democrática en el país de la eterna tiranía. Pero para ambas gestas populares ya habían transcurrido 36 años de sometimiento abyecto, de dócil aceptación del autoritarismo encubridor de corrupciones y despotismos.
 
 Mucho nos quejamos de la clase política y de sus socios empresariales que se han dedicado de manera consistente y efectiva al saqueo de la cosa pública que no persigue otro fin que el del enriquecimiento de los poderosos de turno y sus sempiternos aliados. Pero en honor a la verdad, el único contrapeso a la arbitrariedad y la prepotencia encubridora de la corrupción está en la reacción ciudadana que hasta ahora es de extrema tolerancia, de aceptación conforme y resignada de los males que tenemos que sufrir y que se traducen, para el ciudadano común y corriente, en falta de seguridad y justicia, en ineficiente atención a los problemas de salud porque a las autoridades apenas si les queda tiempo para atender sus negocios, en un sistema educativo que se caracteriza porque los alumnos apenas si saben leer, no digamos lo que les cuesta sumar.
 
 Eficientemente funciona, al mismo tiempo, la concesión de licencias de explotación de los recursos, campo en el que el aparato estatal, debida y ricamente aceitado, no muestra las tardanzas y dilaciones que son propias del resto de la administración pública. Para todo lo que es contratos, concesiones y hasta para disfrazar éstas como arrendamientos, tenemos un Estado que muestra insólita eficiencia.
 
 Y los ciudadanos no atinamos a comprender la diferencia de actitud de quienes deben servir a la ciudadanía y la de quienes sirven a contratistas y concesionarios. Los primeros no hacen nada y los segundos lo hacen todo. Es tal el descalabro que hasta el circo que se monta es de cínica exposición de cuán bajo ha caído el servicio público. Pero así, con todo y el descaro, nos quedamos igual.
 

Minutero
Que el video fue editado
es un hecho incuestionable;
pero aun con la edición
vino a ser su perdición