El deporte de los negros


FOTO LA HORA: ROBERTO SCHMIDT

Los bailarines realizan  la ceremonia de apertura de la Copa de Confederaciones de la FIFA en el estadio del Parque de Ellis en Johannesburgo.» title=»FOTO LA HORA: ROBERTO SCHMIDT

Los bailarines realizan  la ceremonia de apertura de la Copa de Confederaciones de la FIFA en el estadio del Parque de Ellis en Johannesburgo.» style=»float: left;» width=»250″ height=»170″ /></p>
<p>Gert Sekele es empleado en una gasolinera en Klerksdorp, en la ruta entre Rustenburgo y Bloemfontein, sabe mucho sobre fútbol, el deporte preferido de su raza, la negra, que representa casi el 85% de la población sudafricana, y no le interesa conocer nada de rugby.</p>
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FOTO LA HORA: FRANí‡OIS XAVIER MARIT

Partidarios sudafricanos con banderas de su paí­s aclaman desde el graderí­o a su equipo predilecto.» title=»FOTO LA HORA: FRANí‡OIS XAVIER MARIT

Partidarios sudafricanos con banderas de su paí­s aclaman desde el graderí­o a su equipo predilecto.» style=»float: left;» width=»250″ height=»295″ /></p>
<p>«Del rugby no sé ni las reglas. Si me apuran, me gusta un poco más el cricket», afirma, pese a que las de este último deporte son mucho más complicadas.</p>
<p>Y es que históricamente el deporte del balón ovalado siempre ha sido el más popular entre los blancos, sobre todo de los Afrikaners, los descendientes de los calvinistas holandeses, alemanes, escandinavos y franceses que se instalaron en Sudáfrica a partir del siglo XVII.</p>
<p>En el aproximadamente 13% de población blanca de Sudáfrica, la mayorí­a es Afrikaner, más del 60% de los cinco millones de descendientes de europeos en el paí­s, y un porcentaje menor son de origen británico, que colonizaron el paí­s desde finales del XVIII y principios del XIX.</p>
<p>Ellos sienten más atracción por el cricket.</p>
<p>Durante la época del Apartheid, método racista en el que blancos y negros no tení­an los mismos derechos ni podí­an frecuentar los mismos lugares, en Robben Island, la prisión en la que Nelson Mandela estuvo cautivo cerca de Ciudad del Cabo, el fútbol era un refugio para los prisioneros negros.</p>
<p>Tony Suze, que estuvo en la prisión entre 1963 y 1978, y que tení­a 19 años cuando fue detenido como militante antiapartheid en la universidad de Pretoria, fue uno de los creadores en la prisión de la Makana Football Association, que instituyó una Liga que fue jugada hasta el cierre de la prisión en 1991, con las divisiones A, B y C, según la capacidad de los jugadores, que llegaron a ser 1.400.</p>
<p>«Con el fútbol desafiábamos al sistema. Mientras jugábamos y nos miraban ellos (los blancos), les estábamos diciendo que allí­, en el terreno, no tení­an el control. Nosotros poní­amos las reglas y no podí­an intervenir. Eramos libres mientras jugábamos», explicó una vez.</p>
<p>Además, el fútbol era una forma de responder al sistema de los blancos, para los que el cricket y el rugby eran los deportes más populares, mientras que el «soccer» era el juego de los negros.</p>
<p>Los mejores clubes de fútbol en Sudáfrica, los Orlando Pirates y los Kaizer Chiefs, son del barrio popular de Soweto, el «township» de los negros.</p>
<p>En 1996, cuando Sudádfrica organizó la Copa de Africa de Naciones, y la ganó, derrotando por 2-0 a Túnez en la final, habí­a tres jugadores blancos en el equipo, entre ellos el capitán Neil Tovey.</p>
<p>En este equipo sudafricano presente en la Copa de las Confederaciones un blanco fue titular el domingo en el debut frente a Irak, Mathew Booth, de los Mamelodi Sundwons, un defensa de 198 centí­mentros, el jugador más alto del torneo, que fue aclamado cada vez que tocaba la pelota.</p>
<p>Los otros dos blancos entre los 23 seleccionados son el portero Rowen Fernández y el defensa Lance Davids.</p>
<p>Es que el amor que tienen los negros por el fútbol no llega tanto a los blancos, que se pasean orgullosos con sus camisetas de los Springboks, el equipo nacional de rugby, último campeón del mundo, en 2007.</p>
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CONFEDERACIONES Ritmo, ruido y arte


Más allá de que el lleno total de los estadios no sea una garantí­a en la Copa Confederaciones, la afición sudafricana asegura poner ritmo, hacer ruido y desplegar arte en sus disfraces para alentar a los «Bafana Bafana» y dar color al torneo antesala del Mundial-2010.

Una vez que la selección sudafricana pone el balón en movimiento, las tribunas estallan con cantos y bailan al ritmo de trompetas ensordecedoras de un metro de largo.

Sonidos de «vuvuzelas», tubos de plástico de colores, decenas de miles de pies golpeando las gradas al mismo tiempo y cantos «guerreros» acompañan el ritmo del juego.

Sopranos y barí­tonos improvisados se responden antes y durante del partido, armando un clima festivo que con frecuencia termina hasta una hora más tarde.

Los aficionados sudafricanos adoran pensar que intimidan al adversario con ese comportamiento. Aunque en realidad, el resultado es una gigantesca celebración colectiva.

«Silbamos de la manera más enérgica posible en los vuvuzela, cantamos y gritamos con toda la fuerza posible», dice Themba Tsietsi, un aficionado al fútbol de 35 años.

«Es agotador, pero vale la pena cuando tu equipo gana», agrega.

Una semana antes del pistoletazo de inicio, el domingo, de la Copa de las Confederaciones, que servirá como ensayo general de la Copa del Mundo-2010 en Sudáfrica, Themba llegó a «su» estadio para apoyar a los Bafana Bafana (Los Muchachos, en zulú), que juegan contra Polonia en un partido amistoso de preparación en la localidad de Soweto, al sur de Johannesburgo.

«Soy el hincha número uno,» clama, sin dar importancia al resultado del once sudafricano.

Si bien cada aficionado se vista a su antojo para ir al estadio, el uniforme más caracterí­stico incluye un vuvuzela y un casco de obrero, decorado, que se llama makarapa.

Los expertos de fútbol no conocen a ciencia cierta la verdadera explicación de por qué los vuvuzelas se ven por todos lados en los estadios, aunque parecen modernos derivados de cuernos de antí­lope, alguna vez usados para juntar a la gente en las aldeas, según Pedro Espie-Sanchis, especialista en música tradicional.

En el caso de las makarapas, la explicación es mucho más práctica: cascos que se utilizaban para proteger la cabeza de las botellas arrojadas al aire, por algún aficionado emocionado al ver un gol o un buen regate.

Estos han terminado por constituirse en objetos de orgullo que «reflejan el ingenio de la cultura sudafricana de fútbol, que termina expresando una verdadera obra de diseño», dice Michael Souter, diseñador que ha creado un proyecto comunitario con esculturas con cascos de plástico.

«La realización de una makarapa puede tomar de tres a cuatro dí­as de trabajo. Y cada una es única», agrega.

tt/gv