Hace poco menos de un año estaba en Estados Unidos cuando se produjo una balacera en la que murieron varios agentes de policía de la ciudad de Pittsburgh y comenté sobre la forma en que la ciudadanía mostró su repudio y consternación asistiendo masivamente a las honras fúnebres de los servidores públicos caídos atendiendo el llamado a resolver una disputa doméstica. Apenas unos días más tarde en Guatemala se produjo un tiroteo en Amatitlán en el que murieron cinco policías y la población no se inmutó, por lo que escribí un artículo comentando el contraste.
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Ese incidente de Amatitlán terminó siendo un tumbe de droga por el que ahora está preso quien fue Director General de la Policía Nacional Civil y la sucesión de escándalos, a partir del caso de los diputados del Parlacén hasta los más recientes, ha terminado por crear entre la población un sentimiento de decepción muy grande respecto a nuestra principal fuerza de seguridad pública. Al punto de que conmueve e impresiona ver que las noticias del ataque contra dos unidades de la PNC que dejaron el trágico saldo de tres agentes muertos no generaron entre la población una reacción de colectiva indignación, acaso porque mucha gente supondrá que se trata de consecuencias de las dificultades internas de la misma institución. Aunque resulta tan difícil opinar sobre estos hechos que aún están sujetos a investigación, reporteros que cubren la fuente policial y que conocieron a los agentes me indican que al menos algunos de ellos eran policías muy dedicados a su servicio que trabajaban en la recién creada unidad de combate a delitos contra la vida que patrocina la cooperación española. Y al escuchar ese testimonio de quienes les conocieron, pienso en el terrible daño que los delincuentes han causado a la generalidad de los miembros de la Policía Nacional Civil porque con sus asquerosas actuaciones han contaminado y sembrado el desprestigio a toda la institución. Tanto que resulta difícil suponer que se pueda hacer una reingeniería o una reestructuración como la que se propone la comisionada Helen Mack, porque siempre he dicho que se puede reciclar casi cualquier cosa, menos los seres humanos porque hay mañas que no se quitan y los agentes que se han corrompido son como las gallinas que comen huevo: aunque les quemen el pico, seguirán devorando los huevos que ponen. Pero el punto que me interesa señalar es que evidentemente hay en la PNC elementos que tratan de cumplir con su función y lo hacen no sólo con mística sino también con honestidad y dedicación. De hecho, así nos lo dijo recientemente el mismo Castresana cuando destacó la forma en que esos agentes actuaron para esclarecer la existencia de mafias dentro de la misma institución. Pero el trabajo honesto se pierde, al menos desde el punto de vista de la opinión pública, por la magnitud de las barrabasadas cometidas y por ello es que los ciudadanos sentimos miedo cuando agentes de la Policía nos detienen en un retén común y corriente. La imagen que proyecta el agente, por obra de esos criminales que usaron el uniforme para robar y asesinar, es la más alejada del consuelo que uno esperaría encontrar en los encargados de la seguridad pública. Y viendo ahora el dolor de los deudos de los jóvenes agentes de policía acribillados esta semana, indigna más el comportamiento de sus superiores que proyectaron sobre toda la institución toneladas de porquería que alcanzan aún a los más jóvenes y quizás también a los más correctos.