Mario Gilberto González R.
A mis nietecitas Adriana y Alejandra González Rodríguez
El Cuentacuentos tiene la magia de que, con dos palabras, nos transporta de inmediato a un mundo de fantasía, alejado del sitio en donde estamos y más aun, del tiempo que vivimos.
«Sabes que en la antigí¼edad del tiempo y en lo pasado de la edad, hubo una ciudad…», comienza el Cuentacuentos su relato. También «Cuéntase que en la antigí¼edad hubo un rey…» o el tradicional «Hubo una vez…» y así nos vamos a ciudades lejanas, donde hay castillos y palacios encantados, con paredes de plata y oro, defendidos por profundos fosos, y que tiene subterráneos donde se esconden tesoros en cofres, con monedas de oro, joyas con rubíes, diamantes y esmeraldas. Fuentes con surtidores donde en lugar de agua brota plata líquida y personajes como el Rey rico y poderoso. El Sultán que rompe el corazón de las doncellas y mandas en toda la comarca. El Visir, ministro con sobrada autoridad y astucia. El Mercader dueño de riquezas incalculabres. El Efrit rebelde, astuto y temeroso. El Jeque, el médico, el esclavo, el verdugo, la bruja mala, el hada buena, el ogro temeroso, los sabios de la Corte y las doncellas que por su belleza, eran codiciadas -primero por el Sultán- y después por los caballeros que se las disputaban en luchas o pruebas, muchas veces difíciles de cumplir.
¿Y el Príncipe y la Princesa que por fin, en lujosa carroza llegaron al Palacio, comieron perdices y vivieron muy felices…?
En esos reinos -donde la intriga hinchaba el colmillo- hubo personas que dominaban el encantamiento. Por venganza, odio o castigo, convertían a una mujer en gacela. A los hermanos en «lebreles negros». A la esclava en una vaca. Al esposo en mitad gente y mitad piedra. Las iniciadas en brujería, sabían el secreto para romper el encantamiento. Al conjuro de la magia, con unas gotas de agua y unas frases misteriosas, todos volvían a su estado natural.
Por su maldad, un Efrit estuvo cien años en el fondo del mar, dentro de una vasija de barro tapada con plomo, hasta que la encontró un pescador. Y los secretos hacen misterioso el cuento, porque despiertan la curiosidad de lo que se guarda, se lleva o se dice: «Llevaba un arca en la cabeza, levantó la caja del arca, sacó de ella una caja, la abrió y apareció una encantadora joven espléndida hermosa luminaria…»
En los cuentos tiene mucha importancia «la medianoche» o la «noche de la Luna llena».
Yo escuché cuentos fascinantes a la luz de un quinqué, de una vela o de la Luna llena cuando bañaba de plata las calles de mi ciudad que carecían de alumbrado y la oscuridad la arropaba desde la caída de la tarde. Ese ambiente le dio más encanto y misterio a los cuentos cuando mi abuela Mamá Tona, mi tía Carlota y mi madre, doña Luz, se convertían en los Cuentacuentos de la infancia.
El Cuentacuentas de mi pubertad lo fue mi padre, con los relatos encantadores y misteriosos de «Las Mil y Una Noches»». Un libro empastado en azul que después formó parte de mi primera biblioteca. Mi padre tuvo el privilegio de saber narrar como sólo lo hacen los Cuentacuentos que embelezan.
Yo me quedé con el cuento de La Tatuana. Un cuento de mi ciudad dormida en el tiemp. La Tatuana era tan bella que su cuerpo competía con la Venus y las facciones de su rostro eran un pedacito de cielo bajado a la tierra. Un día, las esposas se reunieron frente al comisario de la Policía, para pedirle que la metieran presa porque con sus encantos se robaba a sus maridos. Inmediatamente que entró al calabozo, pidió un trozo de carbón. En la pared dibujó un barquito, se metió en él y se fugó de la cárcel. Cuentan que la Policía aún la sigue buscando…
Para quienes tenemos el oficio de escribir, el cuento es importante, porque lo que hacemos es contar. El historiador cuenta hechos pasados. El abogado cuenta al juez hechos de la vida real. El poeta no escapa de los cuentos y los cuentos con rima y armonía casi musical. Rubén Darío nos cuenta así, el cuento de la Cabeza del Rabí: «Â¿Cuentos quieres, niña bella? / Tengo muchos de contar de una sirena del mar, / de un ruiseñor y una estrella, / de una cándida doncella / que robó un encantador, / de un gallardo trovador / y de una odalisca mora, / con sus perlas de Basora / y sus chales de Labor. / Cuentos dulces, cuentos bravos, / de damas y caballeros / de cantores y guerreros, / de divinos cuentos de amantes / que reviste de colores / la fantasía oriental. / Dime tú, ¿de cuáles quieres? / Dicen gentes muy formales / que los cuentos orientales / les gustan a las mujeres; / así, pues, si ésos prefieres / verás colmado tu afán, / pues sé un cuento musulmán / que sobre un amante versa, / y me lo ha contado un persa / que ha venido de Ispashán…».
Los cuentos comienzan con «í‰rase una vez…» y siempre terminan con frases como éstas: «Y colorín colorado, este cuento se ha acabado», o «Me meto en un hoyito para que me cuenten otro más bonito.»
En mi escuelita primaria, teníamos los sábados La Hora Cultural. No faltaron el orador, el declamador, el cantante, el actor con una obrita de teatro y, desde luego, el Cuentacuentos. La Siguanaba, el Sombrerón, la Llorona y el Cadejo, que trenzaba de noche las crines de las bestias, hacían las delicias de los niños que los escuchábamos embelesados. En la educación secundaria, los mismos apartados en los Jueves Culturales.
En la Biblioteca Infantil de la Biblioteca Nacional de Guatemala -que inició sus labores el 31 de julio de 1958- establecí La Hora del cuento, con asistencia y participación de numerosos niños que ellos mismos contaban sus cuentos.
El Ministerio de Educación debe fomentar en los estudios magisteriales esas bellas manifestaciones culturales, para contar con maestros oradores, declamadores, cantantes, actores de teatro que hagan amena su enseñanza con las riquezas del Cuentacuentos. Inclusive, con nociones de bibliotecología para contar con maestros bibliotecarios que estén en capacidad de formar bibliotecas escolares donde los alumnos abreven sólidos conocimientos, para formales desde pequeños una cultura general y aprovechar todos los recursos culturales que actualmente disponen..
Mis nietecitas Adriana y Alejandra me han vuelto a aquellos lejanos días de mi fantasía infantil y como ellas he vuelto a mi niñez encantadora. De nuevo los cuentos de Caperucita Roja, La Cenicienta, El Gato con Botas, El Patito Feo, Aladino y la lámpara maravillosa, y tantos más, han vuelto a hacer las delicias de la inocencia infantil y a copar la mente y el espíritu de maravillas que sólo la mente del niño y del anciano son capaces de crear y fantasear. Si me equivoco o altero el hilo del relato, son ellas las que me corrigen porque se los saben de la A a la P, como decían las abuelas de antaño.
Cornelia Funke, en su libro «Corazón de tinta», nos lleva en un viaje maravilloso al mundo de los libros, donde su padre Mo, tiene el don de dar vida a los personajes de los libros, cuando lee en voz alta.
Cuando se tiene amor por los libros, y la oportunidad de vivir por largos años, entre anaqueles de varias bibliotecas, la imaginación es tan poderosa que nos regala la vivencia de autores y personajes, que se salen de las páginas de los libros, para entablar un diálogo, entre lo pasado y el presente. Y los personajes de los cuentos jamás mueren.
El secreto del buen cuento está en la brevedad y en la forma amena de contarlo. Leed este cuento: ante lo Inevitable.
Un joven jardinero persa, le dijo a su Príncipe cuando se paseaba por el palacio:
-Alteza: ¡Sálveme!
Me encontré con la muerte y me hizo un gesto de amenaza.
-Présteme un caballo. Esta noche quiero estar en Damasco. Muy lejos de aquí- el Príncipe accedió.
En la tarde, el Príncipe se encontró con la muerte y le dijo:
-¿Por qué le hiciste un gesto de amenaza a mi jardinero?
-No fue un gesto de amenaza, Alteza, sino de asombro -le respondió la muerte-. Lo vi muy lejos de Damasco, donde esta noche debo tomarlo.