En todas las familias hay ovejas negras. El que esté libre de este pecado, que tire la primera piedra. Todos los partidos políticos en nuestro país, incluyendo los dos que están preparando la batalla para la segunda vuelta presidencial, las tienen. Unos más, otros menos. Pero ahí están. Son los grandes gigantes que los partidos esconden, o que nadie quiere ver (o asumir).
alfonso.carrillo@meimportaguate.org
El caso es que gracias a estas ovejas negras que pululan en el ganado político partidista, en Guatemala terminamos pareciéndonos al Perú reciente. Quién lo diría. Mario Vargas Llosa lo verbalizó con mucha claridad: toca elegir entre el cáncer y el sida terminal. Por supuesto, lo hizo en referencia a la definición electoral entre Ollanta Humala y Keiko Fujimori, pero aplica para nuestra realidad, de 2011.
Todas esas declaraciones de férreos principios no transables de los presidenciables y demás candidatos al Congreso han aparecido derretidas frente a nuestras pantallas. Alianzas fueron, van y vienen. Alianzas se desmoronan, unas ruidosamente, otras en silencio. El tema es que tenemos que tener claro que estamos hablando de procesos en donde existe todo menos transparencia política hacia el electorado. No se engañe, usted no conoce la historia completa.
¿Qué cuesta hacer una alianza? Veamos los ejemplos de estos días. Curules políticos, obviamente, de los grupos más cercanos a los candidatos y que se asumía jugarían un rol relevante en la segunda vuelta. Otras alianzas hablan de asumir o incorporar la agenda de desarrollo (el rural, por ejemplo). A ratos nos ven cara de inocentes y piensan que el electorado no se da cuenta que detrás de esa pseudo-sincera intención de asumir un tema crítico para el país no hay, también, compromisos de cargos públicos. Por favor, más respeto.
Algunos endosos van cargados de sismos internos. Es decir, la tierra no es la única que se mueve en nuestra Guatemala. Dentro de los mismos partidos políticos hay unos terremotos grado 9 que nadie está monitoreando. Se anuncian alianzas que conllevan el recrudecimiento de rencillas internas de grandes proporciones. No sabemos -debemos de observar- si los seguidores de estos partidos “aguantan†hasta noviembre el poner la cara por una alianza en la que no creen, o van a explotar y desordenar el ambiente electoral a días (u horas) de la segunda vuelta.
Otras uniones estratégicas son más dolorosas. Hay proyectos como la modificación de la Ley de Antejuicio, que no será fácil de asumir para nadie. Si uno de los dos candidatos presidenciables lo toma como propio en pos de acumular votos, le está quitando poder a su propia gente, que quedará más indefensa que nunca ante el escrutinio público y judicial. Es decir, para ganar votos, tendrá que perder votos, pero de sus propias filas. Por lo mismo, es difícil que esto ocurra -a menos que la adopción del cambio a la Ley de Antejuicio sea “virtualâ€- o más bien circunstancial- y se disuelva una vez recolectados los votos. Puede pasar.
¿Cuánto cuesta no hacer una alianza? Nada más y nada menos que una dosis de valentía suprema, y una tenacidad con la que hoy no contamos en nuestro país para aguantar las presiones del entorno por endosar “sí o sí†a una de las opciones políticas.
Seamos sinceros. Si un partido no ganó la primera vuelta, ¿debe entender automáticamente que está obligado a formar alianza para la segunda vuelta? Sí y no.
Sí, si quiere y necesita cargos públicos; si por la matemática, desaparece cualquier capacidad de actuar público, incluso dentro de la misma labor legislativa.
Pero si la cosa no es tan drástica, debemos entender que también es una opción transformarse en un observador y supervisor con el poder moral para fiscalizar el actuar del gobierno y de la oposición. Claro, implicaría que uno o más grupos políticos actúen sin otro interés que el bien común, el más escaso de los bienes en Guatemala. La fiscalización sólo es real si no se negoció aquello que era crítico para la construcción del país; si no se vendieron votos; si se fue transparente con el electorado y con las filas del partido.
Tengamos claro algo: una cosa es tener que elegir entre el cáncer y el sida terminal; otra cosa es negarle a este país que algún grupo político le inyecte morfina para aguantar los próximos cuatro años. Tanta alianza política lo único que hace es dejarnos con una enfermedad terrible y sin tratamiento disponible.