El convite


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La tranquilidad de la tarde se tornaba alegre, cuando se anunciaba con gran algarabí­a ¡ya viene el convite!

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Por Mario Gilberto González R.

El convite es un conjunto de danzas que, en la ví­spera de la fiesta patronal, recorren las calles de la ciudad para anunciar, el recorrido por donde va a pasar el “Rezado” o procesión de la Inmaculada Concepción y las campanas del templo se echan alegres al vuelo. También, convite es convidar o invitar a una persona para que participe en una fiesta. En este caso es cómo los cristianos –en el culto de hiperdulí­a- celebran  la concepción inmaculada de Marí­a, por ser la persona de “mayor gracia y amor” aprobado por el Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática Lumen Pentium.

La familia al completo,  abandonaba la casa para tomar el mejor lugar en la esquina inmediata, porque ese era el lugar donde los “fieros” en pareja  -hombre y mujer-  danzaban  al ritmo de una melodí­a que interpretaba una marimba sencilla de un solo teclado. Eran mozos de las fincas aledañas a la iglesia que ese dí­a se disfrazaban, uno de varón y otro de mujer y se cubrí­an la cara con máscaras de cedazo fino pintadas toscamente por pintores populares y vestí­an trajes que alquilaba la Morerí­a de doña Fidelia España, situada en la 7ª calle en el barrio de Santa Lucí­a. Las mujeres vestí­an blusa y falda con vuelo, medias y zapatos de tacón mediano de altura o vestido completo. Entonces, las mujeres no usaban pantalón. Esa prenda era sólo para los hombres.

La “partida de fieros” como se les llamaba, hací­an las delicias de los vecinos por la forma de bailar, mayormente las mujeres que no acostumbradas al calzado y menos a los tacones altos, bailaban con dificultad y terminaban la jornada con ampollas en los pies.

El temor y la gracia era el “mico” vestido de negro con una larga cola. En una mano llevaba una alcancí­a y en la otra, un chicote con el que amenazaba a quien se negara dar  limosna. De pronto se desprendí­a del grupo y bailaba sólo dando saltos en forma de caracol. La gente esperaba su gracejo con los “de repente” y estaban atentos a quien se dirigí­a. Frente a la persona que escogí­a, bailaba con más gracia y decí­a: “Yo te saco de  repente y te saco de un baúl, para mi frutas me ha de dar, el profesor don Raúl”. Le acercaba la alcancí­a y lo amenazaba con el chicote. A don Raúl no le quedaba otro camino que depositar una moneda en la alcancí­a. Saltaba al otro extremo y volví­a a decir: “yo te saco de repente y de saco de una noria, para mis frutas me ha de dar, la señorita Gloria.”

Mientras la “partida de fieros” se alejaba en las calles principales empedradas  y de tierra el resto como la calle del Chajón y la Calle Ancha,  aparecí­an los “encamisados” vestidos con trajes de tul transparente de varios colores aunque el preferido era el color celeste, similar al manto de la Virgen Marí­a. Iban montados en caballos adornados con papel brillante y figuras navideñas. Repartí­an papelitos con una oración a la Virgen Marí­a, inspiración del obrero de la carpinterí­a Juan Solares.

Inmediato iba el encargado de encender la mecha de las bombas,  que anunciaban por dónde iba el Convite. Tomaba el mortero y colocado sobre su hombro, avanzaba a la próxima esquina para  repetir lo mismo. 

Seguí­an los músicos con tambor y pito de caña. Interpretaban sones de inspiración propia y eran infaltables en los Convites y Rezados antigí¼eños.  

El núcleo del Convite eran las seis, ocho o doce carrozas alegóricas. Las camas de las carretas haladas por bueyes,  donde se transporta material de construcción, tazol para los caballos, los productos agrí­colas y hasta las mudanzas, se aprovechaba para levantar un tablado o un trono.

Hombres y mujeres hací­an las veces de artistas y confeccionaban carrozas preciosas. Usaban telas, cartones pintados o flores. El adorno era según el tema que representaran. De preferencia eran niños los actores. Las alegorí­as eran: un grupo de niños vestidos con trajes regionales. Otra de Pastores con sus ovejas. La anunciación del íngel San Gabriel a la Virgen Marí­a. Los Siete Pecados Capitales representados por niños y las Siete Virtudes por niñas. La Virgen de Concepción aplastando una culebra y muchas estampas navideñas y alegorí­as bien logradas.  La carroza temida por los niños, era la de los Siete Diablos porque el Mayor llevaba abierto un  gran libro viejo, señalaba a un niño y con una larga pluma de ave, hací­a la mueca que escribí­a su nombre. El  niño asustado se refugiaba en los brazos de sus padres o en las enaguas de la abuela.  Los demás diablos sonaban una quijada de buey, con voces que infundí­an temor.

Una vez que pasaba el Convite, los vecinos barrí­an el frente de su casa y regaban agua para apelmazar la tierra. Preparaban el incensario de barro y las cortinas para adornar las ventanas. En otras casas las cantoras ensayaban los villancicos, para entonarlos al paso del rezado de la Virgen de Concepción.

En Antigua Guatemala, salí­an dos convites. El de la escuela de Cristo en la ví­spera de Navidad en honor a la Virgen de la “O” y el del barrio de Santa Lucí­a en honor a la Virgen de Concepción. La imagen era propiedad de la familia Ruiz Medina,  quien la daba en préstamo para el Rezado. Además del tradicional convite de Ciudad Vieja, fueron famosos los de Jocotenango, Pastores y San Luis de las Carretas. Precedí­an montados a caballo, Moros y Cristianos que en las esquinas y de preferencia en espacios amplios, como la Calle Ancha de los Herreros, el costado de las ruinas de Santa Clara y el Tanque de la Unión,  la plazuela de San Francisco y la Plaza Mayor, representaban escenas de la batalla religiosa de conversión. Cada escena terminaba con la quema de cohetes que espantaban a los caballos y los grupos volví­an a reunirse en un sitio señalado. La última batalla y rendición de los moros, era el dí­a del rezado en la plazuela de la iglesia  frente a la Virgen de Concepción. El parlamento de los bailes y las batallas dedicadas a la Virgen de Concepción, era transmitido verbalmente de padres a hijos o por la persona mayor de edad del pueblo y los escritos son guardados con privacidad entre los Cofrades de mayor rango.

Ciudad Vieja celebra el Convite y la fiesta de la Inmaculada Concepción, desde que fue sede de la ciudad de Santiago de Guatemala, es decir con más de doscientos años de tradición.

En Antigua Guatemala, no era costumbre la “quema del Diablo”. Es una tradición propia de la ciudad de Guatemala. El Convite sí­. Tradición antigí¼eña de lejanos años.  Todos los vecinos lo gozaban al igual que el rezado de la Virgen de Concepción, con la tradición de comer buñuelos en miel y beber ponche caliente para mitigar el frí­o. Esta estampa es de otros y lejanos tiempos.