El Congreso y nosotros


Uno cree que el peor lugar del planeta, el peor de los mundos posibles, se encuentra en el Congreso de la República y quizá no sea tan descabellada la idea.  Pero, existen otros espacios no menos malévolos que sólo porque no llega la prensa, la radio ni la televisión, advertimos, pero cuya realidad es tan evidente como la luz del dí­a.

Eduardo Blandón

Basta examinar a veces las familias de donde procedemos para enterarnos que en ese pequeño espacio se puede vivir o se vive un infierno tan espeluznante como el Congreso.  Gusaneras, dicen los polí­ticos.  Los papás por un lado, las mamás quejándose, regaños y gritos, castigos, noches de angustia… Todo se confabula para que a uno no le queden más ganas que huir de ese territorio de suplicios.  Un espacio óptimo para los buenos reporteros.

Lo mismo queda al descubierto en ocasiones en los lugares de trabajo.  Ya se ven las conspiraciones, las habladurí­as y chismes, el ninguneo, las hipocresí­as, los puñales, las traiciones.  Las maquilas en donde se trabaja (eso son en el fondo muchos de esos lugares), son sitios peligrosos, zonas rojas, áreas de tolerancia.  El que llega en actitud cándida es tragado con facilidad, los brutos pululan por doquier y no falta quien quiera alimentarse del incauto.

Hasta las iglesias son sitios peligrosos.  Es cierto que los cristianos tienen por imperativo amar al prójimo, pero esta exigencia es la que más se ignora.  El hermano (así­ se llaman muchas veces de manera fingida) en el templo, es blanco seguro de crí­ticas.  También ahí­ se dan los clasismos, se observa el tema de la raza, los colores, el vestido, la estatura, los carros y un largo etcétera que volverí­an lugares detestables para cualquier persona seria que advierta las miserias humanas.  ¿Corrupción?  Claro, aquí­ como en el Congreso, hay pérdidas misteriosas de dinero y transacciones a cuentas privadas.  No crea de ninguna manera que las iglesias fundadas por Cristo están llenas de virtudes.

Con esto no quiero decir que no haya familias de paz y felicidad.  Que no haya Iglesias dedicadas a hacer el bien y donde los congregados no se amen con un espí­ritu de benevolencia digna de la comunidad de Jerusalén.  O que no haya instituciones de trabajo en donde las personas no se sientan esclavas ni menoscabada su dignidad.  Los hay, como seguramente habrá algún Congreso o Senado que no sea tan miserable como el nuestro.  ¿Pocos?  Sí­, pero los hay.  Lo que quiero defender es la idea de que los seres humanos somos perversos y ahí­ donde nos afincamos tendemos a la corrupción y al mal.  Hay una proclividad que nos invade y hace de nosotros sujetos pérfidos y malos.           

También hay gente buena, es cierto, y son ellos quienes hacen que no nos tiremos del Puente El Incienso.  Son esos papás que juegan con sus hijos y no hacen sino ser buenos y dignos de cariño.  Son esos jefes del que uno aprende mucho y recuerda con afecto por la bondad del trato y comprensión.  Son esos pastores y feligreses que hacen que uno, a pesar de todo, siga creyendo y aún eleve los ojos al cielo.  Desafortunadamente de esos, me parece, hay pocos y yo, la verdad, extraño al optimista que un dí­a fui.