Los meses de noviembre y diciembre son propicios para convivios, reuniones familiares y reencuentros con amistades, por lo que el marco de la Navidad genera un ambiente agradable en tanto marcan el final de un año y los buenos augurios para un siguiente, que siempre es de incertidumbre pero también de esperanza.
Y en el año que está terminando, uno hace el balance de lo que pasó, qué no ocurrió, qué pudo haber sucedido y se encuentra con un resultado que muchas veces es positivo, otras resulta equilibrado y a veces tiene un saldo negativo. Sin embargo, dentro de este año que culmina, el reencuentro con viejos amigos siempre es una sensación altamente gratificante; no sólo por el hecho de no haberse visto en mucho tiempo; la posibilidad de refrescar tantas anécdotas que a veces la mente de uno esconde, pero que con la ayuda de otros amigos, se reviven de una manera extraordinaria, que puede uno encontrar detalles que había olvidado.
Durante mis años de adolescencia y juventud, bueno y aún ahora, el deporte siempre fue una constante en mi vida, pero que seguramente encontró en el voleibol, tal vez la mejor forma de practicar una disciplina deportiva con gran gusto. Recuerdo que fue en la primaria estudiando en el Colegio Loyola, que empecé la práctica del mismo y empecé a convertirlo en el eje de mi vida deportiva, abandonando temporalmente el basquetbol y para siempre el futbol.
Me hice jugador de este deporte e inicié mi experiencia como jugador federado con un equipo del glorioso Central para Varones, para luego incorporarme a un equipo de Alfonso Gordillo, en donde milité por varios años, hasta que mi querido amigo Víctor Manuel “El Pato†Mejía, me incorporó al gran Club Santo Domingo, en donde llegué a la culminación en la práctica de este deporte e incluso ahí terminé mi ciclo con el mismo.
Fray Ignacio de la Fuente es la persona alrededor de quien se desarrolló este inolvidable equipo y fue a partir de un equipo denominado Estudiantes, ex compañeros míos en el Loyola, quienes solicitaron a Fray Ignacio, el patrocinio para el mismo y ahí se inició el Club Santo Domingo, con fundadores como el Pato Mejía, el Choco Chinchilla (+), el Guanaco Sánchez, la Cosa Morales Alvarado –hoy el Procurador de los Derechos Humanos–, la Cosita Cosenza, el Chino William y el Seco Lursen, entre los que hoy recuerdo.
Luego se incorporaron jugadores como los hermanos Santa Cruz, Rudy (+) y Luis –hoy mi gran amigo y hermano del alma–, Jorge Emilio Contestí (+); el Sapo Berdúo, Héctor el Niño Centeno y Julio Alonso. Posteriormente, en un viaje inolvidable por Centroamérica y con el apoyo incondicional del “Frayâ€, como le llamábamos, nos incorporamos otros jugadores como Eca Wirtz, Coco Paz, el Sapo Cardona, el Negro Zuleta, Estuardo Kuhn, Rodolfo de León (+), el Chino Pérez+, el Chino Henry, Chío Saravia y Tono Rodríguez y quien escribe esta nota (Chicho Narciso). De las generaciones posteriores no conozco a todos pero me recuerdo de Janio Johnston, mi buen amigo Estuardo Mejía y Amed Blanco.
Justamente al volver de este viaje y durante el campeonato del ya lejano año de 1975, cuando Santo Domingo, rompe el mito de vencer a los equipos de abolengo de aquella época como el gran Suchitepéquez, el Práctico Moderno y Medicina, para mencionar a los más fuertes, en el “Suchi†militaba el enorme Pepe el Hueso Recinos, un enorme jugador –por su talla y por su juego–.
En ese año ganamos el primer campeonato a nivel de la mayor con Santo Domingo y de ahí el equipo siguió manteniendo esa gran hegemonía y ganó, así como perdió, muchos campeonatos más, hasta que el equipo de la mayor terminó su ciclo de vida unos años después con el apoyo de los Chinos Jo, unos espléndidos y magníficos anfitriones en sus China Queen, nunca nos han cobrado por las opíparas cenas en sus restaurantes.
Hace una semana tuvimos la oportunidad de juntarnos nuevamente, en el marco de un convivio emotivo por el tiempo que ha transcurrido, y la amistad, el compañerismo y las anécdotas no dejaron de ser protagonistas. Una gran noche para un legado de tantos años de sudor, de entreno, de disciplina, de vivir para jugar, de soñar y de grandes concreciones deportivas. Muchas gracias, amigos, muchas gracias Fray, hasta siempre al recordado Club Santo Domingo.