El cliente nunca tuvo la razón


Ayer fui a un almacén X a comprar un producto Y, (en realidad no importan los nombres porque no quiero que esta reflexión se torne en una venganza personal).

Mario Cordero
mcordero@lahora.com.gt

Al llegar a la caja a pagar, el cobrador me «invitó» a dirigirme a otra sección de la tienda para pedir la garantí­a del producto. Tuve que tomarme la molestia de ir a pedirla; me imagino que esa es una buena estrategia para evitar que muchos, por la tardanza que ello significa, optan por no solicitarla.

Cuando llegué, una señorita con falsa amabilidad me informó que mi garantí­a tení­a ciertas restricciones; tuve que ofrecer mis datos, los cuales posteriormente servirán para que me enví­en basura por correo, y, lo que más me molestó, es que la garantí­a tení­a vigencia por la mitad del tiempo que me habí­a dicho el empleado que me atendió.

«Â¿Entonces me engañaron?», le pregunté a la empleada, a quien se le desvaneció la falsa amabilidad por todo lo largo de la cara. Se rió nerviosa, sin importarle mi queja.

El verdadero problema es que aún nos creemos esa mentira neoliberal de que «el cliente siempre tiene la razón», la cual nunca se ha llevado a la práctica.

Y pienso en nuestra idiosincrasia como guatemaltecos, ya que un largo perí­odo de guerra interna y dictaduras militares nos han condicionado, cuales perros de Pavlov, ha callarnos, a no reclamar por nuestros derechos como consumidor.

Sucede, pues, que hemos perdido las herramientas para quejarnos y solicitar nuestros derechos. Lo único que se nos ocurre (o que nos dejan de opción) es bloquear alguna carretera o calle principal de la capital, a fin de provocar molestias; sin embargo, el Estado no se molesta en sacar a entrenar a sus antimotines, para que afinen su punterí­a de sus lacrimógenos disparos, en contra de vecinos que se defienden con terroristas piedras y filosos palos de un árbol de casuarina.

Nuestra habilidad para organizarnos y provocar desestabilización a los abusadores la hemos enterrado junto a los muertos de la guerra y la violencia común. Pensamos en que vivimos en un paí­s peligroso y damos gracias a Dios por el hecho de tener vida cada dí­a, pero, hasta ahí­, sin meternos a problemas.

Olvidamos, por ejemplo, que en las variables del juego liberal también está incluida la demanda de productos, pero estamos poco acostumbrados a quejarnos del alto precio o la poca calidad de estos; es cierto, tenemos derecho al pan nuestro de cada dí­a, pero las empresas utilizan el Padrenuestro como estrategia de venta y no les importa subir el precio de la harina, porque, de todas formas, no seremos capaces de protestas con efectividad, y no sospechamos siquiera que los empresarios no son nada si dejamos de consumir.

Y todo esto podrí­a extenderse a un plano mayor, al sociopolí­tico, en donde podrí­amos exigir a nuestros gobernantes y legisladores que actúen dentro de la justicia, y exigirles su renuncia en caso contrario.

Pero estamos condenados al anonimato, a no decir nunca con voz propia nuestras exigencias; si una empresa encuestadora contratada por un periódico nos contacta en la calle para pedirnos nuestra opinión si nos parece o no la gestión de Colom, sólo así­ podremos tener una anónima voz, sin atrever a firmar por sí­ mismos nuestras exigencias.