El ciudadano merece respeto


A las pruebas me remito. Pregúntele usted a cualquier consumidor guatemalteco si se siente amparado por alguna ley o entidad en cuanto a los derechos que le asisten para poder disfrutar de los beneficios que la publicidad o el vendedor de palabra o por escrito le haya ofrecido a la hora de adquirir un producto o servicio, que obtendrá la misma respuesta: un rotundo NO. Este comentario no se refiere a esa enorme cantidad de anuncios que recibimos por los medios de comunicación, especialmente por la televisión, en donde aseguran que con sólo untarnos una milagrosa pomada nos bajará la barriga.

Francisco Cáceres Barrios

Allá quienes crean que comprando el publicitado equipo gimnástico o tomando dos cucharadas diarias de una sustancia mágica puedan bajar de peso, sin advertir que eso podrá funcionar si sólo ingieren agua potable.

Polí­ticos mentirosos existen a montones y seguirán habiéndolos pero, que al usuario del servicio de transporte urbano de la ciudad capital no le avisen con la debida anticipación que las rutas de los mentados «tomates» fueron cambiadas y recortadas; que las numeraciones ya no son las mismas o que las paradas de los autobuses se espaciarán de 400 a 700 metros, no sólo es un abuso, sino una desconsideración y hasta atentado para las personas de la tercera edad, como para aquellos que padecen de limitaciones fí­sicas, con la obligada aclaración que no es que se pretenda contar con un servicio de transporte colectivo al gusto, gana y modo de cada uno de los usuarios, sino simplemente que las entidades de servicio público recuerden que quienes hacen uso de los servicios no son vacas en potrero, sino seres humanos que al menos merecen respeto.

Los guatemaltecos llevamos rato de ver y oí­r todos los dí­as en los medios de comunicación masiva a muchos polí­ticos y funcionarios públicos haciendo el papel de merolico creando propaganda para que la gente crea que son la panacea para atender debidamente sus problemas y necesidades, creyendo que todos quedamos convencidos que por hacer demagógicos discursos, cortar cintas simbólicas o regalar cafecito con pan y hasta tamales vamos a creer que son absolutamente ciertas las bellezas que nos cuentan. Disculpen, pero están equivocados de cabo a rabo. Con leer un poco de nuestra historia polí­tica podrán comprobar que ésta se repite, pues así­ como a Manuel Estrada Cabrera o a Jorge Ubico, aquellos que por lambiscones construí­an un arco en una de las principales calles citadinas con motivo de sus respectivos cumpleaños, tiempo después fueron los que primero salí­an corriendo al Parque Central para celebrar jubilosamente su estrepitosa caí­da. Por ello insisto en decir que nuestros polí­ticos no digan más mentiras, no sólo porque al final de cuentas nadie se las cree, sino que es preferible cumplir con el elemental deber de anticipar todo aquello que pueda afectar a la población. ¿Será mucho pedir?