El Chivo


Estuve haciendo recuerdos de él cuando siendo apenas un muchacho lucí­a ya como un hombre de cuerpo entero, ni alto ni bajo con la tez heredada de su ancestro europeo, un blanco caucásico un tanto rubio tirando a cobrizo señal de haber recibido mucho sol que se extendí­a hasta el vello de los brazos. Las facciones eran toscas y dominaba la fisonomí­a el ángulo de la nariz con la frente que le daba el parecido a un «chivo,» en donde resaltaban sus ojos claros y el cabello rubio recortado.

Doctor Mario Castejón

Desde la escuela secundaria nuestras vidas se fueron cruzando en la pasión por la cacerí­a, recorriendo las selvas del sur cuando todaví­a se contaban por miles de caballerí­as. Al principio salí­amos los fines de semana hasta una propiedad de su familia pasando por la Nueva Montserrat buscando los rumbos de San Raymundo. El recorrido era en bicicleta de aquellas que entonces se decí­an modernas ya que traí­an un cambio en el multiplicador, la mayorí­a eran Raleigh, Huskvarna o Automoto, los que poseí­an una Legnano livianita con timón de carrera eran los hijos de los adinerados que tení­an la plata para pagársela. Amarrábamos en el tubo de la bicicleta nuestro correspondiente .22 envuelto en papel periódico y cada quien sobre su espalda se ceñí­a la mochila con lo indispensable. De cómo pasar la noche no nos preocupábamos, solí­amos pasarla en cualquier lugar golpeados por el cansancio aunque también nos gustaba trasnochar alumbrando tacuacines o esperando las primeras horas del dí­a para cazar ardillas. Otras veces, las salidas eran más largas a una finca por el Jocotillo que se llamaba La Lagunilla en donde sembraban piña de muy buena calidad y era propiedad de un gringo que casi no vení­a a Guatemala. La casa era bien construida con paredes de piedra incrustada y artesonados con los muros cubiertos de hiedra y los jardines engramados, que se parecí­a a una de aquellas viviendas-fortaleza que construyeron los Boers en Sur ífrica cuando hací­an la guerra contra los zulúes; a mí­ me fascinaba entrar en el escritorio del gringo para ver colgado en la pared un 30-40 Krag reluciente usado en la Guerra Hispanoamericana. La cacerí­a no pasaba de palomas y a lo más algún conejo, pero lo que más nos entusiasmaba era sentarnos a medio piñal con el sol picante del mediodí­a cada quien con su respectivo cuchillo a despachar una piña de las que llaman ahora de exportación.

Estando todaví­a en el

colegio de los Maristas me tocó verlo en el callejón de Yurrita con el parado y la postura del púgil Max Baer- los brazos en posición vertical frente a la cara- enfrascarse en una pelea memorable con el hombre fuerte de la secundaria por la sola razón que se caí­an mal; estuvieron dándose de golpes por más de una hora, hasta que resoplando ya cansados y luciendo algunos moretones y sangrando por la nariz, optaron por sonreí­r, limpiarse los mocos y estrecharse la mano.

Varios años después coincidiendo con el final del bachillerato salí­amos a una finca maderera en el área de La Gomera que tení­a más de 300 caballerí­as y que colindaba con Sipacate al final del Canal de Chiquimulilla. Caminando por la selva se encontraban miles de cedros, caobas y conacastes que eran cortados a filo de hacha y sierra manual para luego ser transportados en carretas de bueyes hasta el aserradero. En esas trochas por donde pasaban los madereros caminábamos desde las primeras horas escuchando el graznido de las pavas en lo alto de los árboles y siguiendo las huellas de las partidas de coches de monte. En un lugar estratégico en el esquinero de la finca viví­a un encargado de vigilar y dar agua al ganado y era ese un lugar de nuestra preferencia, un zanjón lleno de robalos y machacas conocido como Los Chatos en donde Miguel el encargado viví­a en un rancho con su mujer y la prole.

Hace pocos dí­as conversaba con un amigo dueño de una finca en ese lugar llamado Valle Lirios que mantiene el mismo nombre de antes, con la diferencia que las selvas ya desaparecieron y hoy se llega por carretera asfaltada hasta las vecindades de la playa de Sipacate, en donde construyeron una Marina para delicia de los que se pueden pagar casas de medio millón de dólares y en donde la pesca es exclusiva para los propietarios. Le contaba al amigo una anécdota del Chivo en un enfrentamiento con un vecino de nuestro amigo Miguel un hombrón que se decí­a autoridad, violento y desconsiderado. Cuando los coches de nuestro amigo entraban a su propiedad los mataba sin decir nada y se gozaba la carne. Un dí­a de tantos el vecino le habí­a matado dos coches y los tení­a colgados para beneficiarlos. Fue contar la historia y el Chivo se levantó de la hamaca y vestido de caqui con las botas amarradas a la rodilla tomó su fusil, un checo sistema Mauser 7×57 milí­metros de los que trajo el gobierno de Ubico y caminó hasta la casa en lo alto de una colina en donde se encontraba el hombre. Sin ninguna introducción le espetó: ¿Usted es don Oscar? Sí­, le respondió el otro, ¿qué desea joven? No me diga joven le respondió viéndolo a la cara si no que señor, y antes que el otro continuara se metí­a la mano izquierda en el bolsillo sosteniendo con la derecha el 7 milí­metros y le dijo heladamente: «Si vuelve a matarle un coche a mi amigo le voy a meter uno de éstos en el mero corazón, o ¿quiere que lo arreglemos ahora»? y diciéndolo arrojó sobre la mesa un cartucho del fusil como muestra. El hombrón midió la determinación y le respondió: «No se preocupe, «señor», que ya en delante no vamos a comer carne de coche.

Muchos años han pasado desde entonces , aquello fue en 1953, él se hizo ingeniero con las mejores notas de su promoción y como topógrafo midió las selvas de media Guatemala, le serví­ de pediatra a sus hijos; tuvo una vida de trabajo y nunca probó un cigarrillo ni un trago de licor y alguna vez me dijo: «Cuando me vaya a casar me voy a buscar una patoja de la costa porque son buenas mujeres de su casa y tienen buenos culos», yo me recordé de sus palabras años mas tarde cuando leí­ algo que escribió Monteforte Toledo sobre el buen culo de las mujeres de la costa. Para terminar, El Chivo se me perdió en mi GPS y no sé que es de él, la última vez que lo vi hace unos 20 años fue en un concierto de la sinfónica, no se casó con una de esas mujeres de la costa como planeaba y al final su vida afectiva fue poco afortunada y terminó divorciándose.