En España una de las noticias más importantes de estas fechas navideñas fue el discurso del rey Juan Carlos que se transmite tradicionalmente en la Nochebuena para todo el pueblo; en esta ocasión dos eran las grandes expectativas, puesto que el cambio de gobierno obligaba a pasar revista de los sucesos del año y a llamar a la unidad para el período de ajuste que se viene para los españoles, además de que era la primera aparición pública del Rey desde el escándalo de su yerno y había interés por ver cómo manejaba el asunto.
El caso es importante en España y en el mundo entero porque no es corriente que la ley penal llegue a ciertas personas que se sienten protegidas, por su estatus, de cualquier acción legal en su contra. Iñaki Urdangarin debe ser de la gente más babosa del mundo, con todo a su favor para vivir literalmente a cuerpo de rey, hizo lo que hacen muchos como él y dejó que la ambición rompiera el saco. Tenía todo asegurado, pero quiso más y usó sus influencias para hacer trinquetes, seguro de que por su posición sería impune.
El Rey criticó esa actitud y afirmó que la justicia tiene que aplicarse a todos por parejo. Criticó las acciones de su yerno y ni siquiera habló de la presunción de inocencia, sino que con buen ojo y buen tino, señaló la incorrección intolerable que no sólo pone en entredicho a la Familia Real, sino que llena de bochorno al país entero.
Y es que evidentemente no hay costumbre de que la ley se aplique a todos por parejo y la tradición nos tiene a todos acostumbrados a que arriba de cierto nivel, la impunidad está asegurada. Si alguien se roba una gallina tiene que saber que lo mandarán a la cárcel varios años, pero si el producto de robo son varios millones, sean provenientes de los fondos públicos o de los depósitos en un banco, lo normal es suponer que nada ha de pasar porque la maquinaria de la opinión pública juega un papel muy importante para minimizar el impacto del latrocinio.
En la España de mediados del siglo pasado, un noble no vería jamás su nombre impreso en relación con algún delito salvo que fuera víctima. En cambio ahora la prensa no dudó en ir a fondo y no se quedó con los socios o empleados de Urdangarin, sino que le entraron de lleno y el Rey no tuvo más remedio que aceptar que un mal comportamiento tiene que ser juzgado penalmente y socialmente, por lo que apartó al trinquetero de cualquier acto oficial y de paso separó a su hija y nietos tratando así de defender a la Corona como institución.
Minutero:
Ni la sangre azul le valió
para esconder la jugarreta;
la codicia le perdió
y le espera carceleta