Creo que me ganaré una bronca fuerte con los animales, pues creo que les ofende que nos empecinemos a compararnos con ellos. Buscamos ese parámetro de comparación para justificar nuestras acciones cuando se salen de lo cortés, si es que la cortesía aún forma parte de nuestras relaciones humanas.
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El otro día, salí de casa a las seis de la mañana. Todo normal. El frío externo contrastaba con el cálido humor materno, mismo que extrañaba desde hacía un buen tiempo. Sigo el procedimiento del caso, cinturón de seguridad, pequeños movimientos al espejo retrovisor y sintonizar el noticiero en efe eme. Salgo a la carretera y veo los trabajos que hacen en la ampliación del trayecto. Ahí, esperando la vía para introducirme al carril me observé cómo el ser humano cambia cuando se introduce en su extremidad mecánica y pierde cualquier atributo humano y se animal-mecaniza de tal forma que se desfigura.
Entendí que era imposible esperar que alguien me dejara un espacio para encarrilarme, así que opté por meterme a la jugada y con un rechinido de motor llegué al frente de un coupé ochenteno que, molesto por mi hazaña gritó enfurecido «Â¡Mula!». Desentendiéndome de su vituperoso desaire enfoqué mi atención en la carretera. A los cinco minutos comprendo que he cometido un error. El piloto ofendido buscó la forma de que le respondiera a su insulto. Quién sabe en dónde tenía instalado un estremecedor punchis, punchis, que opacaba el sonido de mi chicharra escupidora de noticias. El retumbo era tal que hacía temblar mi caja torácica. No entendía tampoco hacia donde quería pasarse, porque el tráfico generado por los trabajos de ampliación de carretera no permitía siquiera rebasar un carro del otro.
Logré divisar en el retrovisor a un joven, de un mestizaje capitalino con un peinado posmoderno, ojos encendidos con gestos incluidos. Los frenazos querían intimidarme y con un movimiento en el espejo retrovisor comprendí la causa de su actuar cavernario: Una rubia con raíces negras y pestañas extendidas que permanecía recostada en su costado derecho. Me hastió. Al buscar un espacio libre procuré abandonar esa escena desesperante y para mi sorpresa. Frenazo. Y el delirante punchis, punchis, de nuevo en mi espalda.
Traté de mantener la compostura. ¿Por qué arruinar mi buen inicio de día con un pendejo que pretendía demostrarle a su chica la cantidad de hormonas en su cuerpo? Me limité a esperar que circulara el tráfico y llegar a mi destino lo más pronto posible. Cuando los carriles se despejaron, dejé que me rebasara y todavía logré escuchar a lo lejos «Â¡Animal!» y veo en el bómper trasero una calcomanía con el letrero «Viva la fauna».