El carril del fauno


Creo que me ganaré una bronca fuerte con los animales, pues creo que les ofende que nos empecinemos a compararnos con ellos. Buscamos ese parámetro de comparación para justificar nuestras acciones cuando se salen de lo cortés, si es que la cortesí­a aún forma parte de nuestras relaciones humanas.

Eswin Quiñónez
eswinq@lahora.com.gt

El otro dí­a, salí­ de casa a las seis de la mañana. Todo normal. El frí­o externo contrastaba con el cálido humor materno, mismo que extrañaba desde hací­a un buen tiempo. Sigo el procedimiento del caso, cinturón de seguridad, pequeños movimientos al espejo retrovisor y sintonizar el noticiero en efe eme. Salgo a la carretera y veo los trabajos que hacen en la ampliación del trayecto. Ahí­, esperando la ví­a para introducirme al carril me observé cómo el ser humano cambia cuando se introduce en su extremidad mecánica y pierde cualquier atributo humano y se animal-mecaniza de tal forma que se desfigura.

Entendí­ que era imposible esperar que alguien me dejara un espacio para encarrilarme, así­ que opté por meterme a la jugada y con un rechinido de motor llegué al frente de un coupé ochenteno que, molesto por mi hazaña gritó enfurecido «Â¡Mula!». Desentendiéndome de su vituperoso desaire enfoqué mi atención en la carretera. A los cinco minutos comprendo que he cometido un error. El piloto ofendido buscó la forma de que le respondiera a su insulto. Quién sabe en dónde tení­a instalado un estremecedor punchis, punchis, que opacaba el sonido de mi chicharra escupidora de noticias. El retumbo era tal que hací­a temblar mi caja torácica. No entendí­a tampoco hacia donde querí­a pasarse, porque el tráfico generado por los trabajos de ampliación de carretera no permití­a siquiera rebasar un carro del otro.

Logré divisar en el retrovisor a un joven, de un mestizaje capitalino con un peinado posmoderno, ojos encendidos con gestos incluidos. Los frenazos querí­an intimidarme y con un movimiento en el espejo retrovisor comprendí­ la causa de su actuar cavernario: Una rubia con raí­ces negras y pestañas extendidas que permanecí­a recostada en su costado derecho. Me hastió. Al buscar un espacio libre procuré abandonar esa escena desesperante y para mi sorpresa. Frenazo. Y el delirante punchis, punchis, de nuevo en mi espalda.

Traté de mantener la compostura. ¿Por qué arruinar mi buen inicio de dí­a con un pendejo que pretendí­a demostrarle a su chica la cantidad de hormonas en su cuerpo? Me limité a esperar que circulara el tráfico y llegar a mi destino lo más pronto posible. Cuando los carriles se despejaron, dejé que me rebasara y todaví­a logré escuchar a lo lejos «Â¡Animal!» y veo en el bómper trasero una calcomaní­a con el letrero «Viva la fauna».