El carnaval antigüeño


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A mediados del siglo pasado, allá por la década de 1940, las fiestas de carnestolendas como las llamaban las personas mayores o de carnaval por los jóvenes, fue alegremente celebrado por los vecinos de la ciudad de Antigua Guatemala, en su parque central y sus alrededores.

POR MARIO GILBERTO GONZÁLEZ R.

Con paciencia desde el mes de diciembre y aprovechando el tiempo de ocio, se cortaba en trozos pequeños, el papel de china que se guardaba de los regalos de cumpleaños. Rosado para las niñas y azul para los varones. Se agregaban otros colores: verde, amarillo, rojo, morado y naranja que mezclados se les llamaba retazos.

Nosotros comprábamos por cinco o diez centavos, medio o un ciento de cáscaras de huevo, en las panaderías de María Toledo, El Cisne de doña Josefa vda. de Contreras o en la de María Gordillo. No era difícil procurar cuántas cáscaras se necesitaban porque entonces si se les agrega huevo al pan y a las tortas de cumpleaños.

Se colocaban en agua en una bañera de zinc para que se limpiaran por fuera y se les desprendiera con facilidad la tela interna. Se emparejaban las puntas y secas las cáscaras, se le colocaban en su interior, un  puño de retazos con un anicillo –un dulce pequeño que sólo la Lolita Moreira lo sabía hacer-. Se cubría el agujero con un trozo de papel de china de diversos colores,  pegado con almidón o engrudo casero.

Terminada esa fase, venía la artística. Pintar con anilina de variados colores y una pluma de paloma cada cáscara de huevo. De un solo color, de varios, con o sin figuras. Predominaba el gusto de cada quien. Terminada esta labor, los cascarones estaban listos para romperlos en la cabeza. Los hombres en las de las mujeres y viceversa. En grandes bolsas de papel íbamos al parque central a disfrutar del carnaval.

El papel celofán con pedazos de papel de china, se cortaba en trozos menudos, lo más fino posible para formar el pica pica. En verdad que picaba porque al ser tan fino con facilidad se adhería a la piel. Para su fácil transporte se llevaba en bolsitas pequeñas de papel.

Las vendedoras de cascarones, se colocaban en las entradas del parque y era una estampa muy alegre, ver el colorido de tantos cascarones acondicionados en grandes canastos.

El carnaval se anunciaba con la llegada de la lotería o la polaca y los juegos mecánicos de don Mariano Arrazola. Se instalaban en el recodo del atrio de la iglesia Catedral y lo que fue el Palacio Arzobispal –donde-  en ese entonces, funcionaban las oficinas  de correos y telégrafos nacionales.

Era motivo de alegría, especialmente para la chiquillada, ver cómo se armaban la rueda de caballitos, la de Chicago y la lotería con los premios al centro y las tablas que servían para sentarse y para colocar los cartones con varias figuras. En sacos pequeños de manta,  se guardaba el maíz para señalar la figura que, una tras otra aparecía, hasta completar el cartón y cantar ¡Lotería!

En espacios más amplios como la plazuela de la Merced, se agregaba la rueda de aviones y en San Felipe –para su piadosa romería- en su amplia plazuela o en el campo de la feria, se instaba el chicotazo que consistía en carritos pequeños que antes de llegar al borde de la pista frenaban por un instante, para luego seguir desplazándose entre el susto y el gusto del piloto.

Mundo Arrazola era pequeño de estatura. Se subía sobre un alto taburete para cantar las figuras de la lotería. Era gracioso, juguetón y con cierto aire de picardía, cantaba cada figura para mantener despierto a los jugadores.

 “La muerte Quirina que andando se orina” ¡La muerte! repetían los ayudantes. “Las campanas de mi pueblo, llaman a misa a los creyentes. Unos van con devoción y otros a pelar el diente…”. ¡La campana!, repetían de nuevo  los ayudantes y quienes tenían la campana en sus cartones, la marcaban con un grano de maíz. “Entre melón y melambas, hicieron una camiseta. Melón puso las mangas y melambas la pura jeta…” ¡el melón! Y así, con esa gracia, seguía hasta que alguien gritaba ¡Lotería! Y le entregan el premio consistente en varios vasos, ollas o sartenes.

El miércoles de ceniza, apresuradamente se trasladaban a la plazuela y después al campo de la Feria de San Felipe con ocasión de su tradicional romería del primer viernes de cuaresma.

Para muchos pasa inadvertido y los curiosos –en cambio- se preguntan ¿por qué el parque central de Antigua Guatemala, tiene dos pistas? Una superior con bancos de calicanto y cubierta de mosaicos y la inferior, más ancha y extensa de tierra. Porque en ese entonces,  prevalecía la diferencia social y cada una tenía sus propios modelos de vida. La parte superior del parque era para la sociedad y la de tierra llana para el pueblo. Fue hasta en la década del año cincuenta cuando se mandó a asfaltar ese entorno.

Mientras el pueblo daba vueltas de oriente a poniente y se divertía con cascarones y pica pica, comprados en los canastos de sencillas vendedoras, los de la sociedad lo hacían a la inversa y se divertían con caretas,  confeti de un solo color y serpentinas que vendía Pedro González en su almacén El Arlequín, situado en la calle del Arco,  al costado de la farmacia Fénix. Estaba prohibido jugar con confeti de varios colores porque se presumía que se recogía del suelo.  

De esa forma los grupos sociales no se mezclaban y cada uno se respetaba y jugaba con lo suyo. Por supuesto que hubo algún joven atrevido a quien le gustaba una patoja de la sociedad y en un descuido se le acercaba, rompía el cascarón entre sus dedos y con delicadeza lo colocaba sobre su cabeza. La patoja lo agradecía ante la mirada tenebrosa de sus padres. Se convertía en escándalo social si la nena, tan bien cuidada y educada, se hacía novia de un chancle aguacatero.

El carnaval antigüeño tenía también la alegría del baile. Don Neto Díaz arrendaba la sala del único cine de la ciudad. El piso se lustraba y para que los bailarines se deslizaran al ritmo de las piezas musicales, se regaba con escamas de borax. A los lados se colocaban las mesas de consumisión y en el escenario la mejor marimba de la ciudad, Non Plus Ultra, amenizaba el baile con toda clase de ritmos que era, el deleite de la sociedad antigüeña. La rumba y la conga despertaban el entusiasmo para que las damas, con cierta discreción, movieran las caderas, porque excederse era mal visto y menos que el danzante bajara la mano a lugares abultados.  El confeti cubría la cabeza de los danzantes y de un extremo a otro, se lanzaban las serpentinas.

Para las muchachas de servicio olorosas al perfume “Los Tres Periquitos” y sus enamorados con el cabello asentado a base de vaselina aromatizada,  don Pablito Miranda abría su salón de baile “La Fama” en la casa donde Carlos del Pozo puso su gasolinera en la calle del Arco. Esa casa tenía cubierto el techo, varios pilares para separar el área de baile de donde se colocaban las mesas y sillas para servir las bebidas. (Fue en esa casa donde don Justo Linares, fundó el ramal antigüeño del Partido Revolucionario que apoyó al Dr. Juan José Arévalo)

Esta zarabanda la amenizaba la marimba “Royal” que dirigía Betío  Pineda. Por cada pieza se cobraba al varón. Al inicio y de extremo a extremo de la pista, sendas personas con un lazo detenían a las parejas y al pagar pasaban al otro extremo para seguir bailando un poquito juntitos, porque hacerlo  pegaditos era un atrevimiento. 

Acá, los cascarones y el pica pica ponían la nota alegre. El piso quedaba cubierto de cáscaras de huevo pintadas con anilina y cantidad de retazos de diversos colores.

El martes de Carnaval, la fiesta se extendía hasta las altas horas de la noche y muchos aun con la resaca y el confeti y los retazos  en la cabeza y la solapa, asistían piadosamente a la imposición de la ceniza. Las campanas llamaban a los fieles a las seis de la mañana y al hacer la señal de la cruz con la ceniza, el sacerdote pronunciaba el mensaje admonitorio en latín que, los medio entendidos lo traducían en que como del polvo venís en polvo te vas a convertir. De eso no hay vuelta atrás.