El camino mí­tico de los héroes chilenos, escapando del Infierno


Raúl Bustos (I) se abraza con su esposa, luego de dos meses de estar separados. FOTO LA HORA: AFP Hugo Infante

POR MARIO CORDERO íVILA

Como no pocas veces, la tragedia de los mineros de Chile logró acaparar la atención mundial. Quizá, como dijeron muchos, consistió en una historia que tendí­a a concluir con un final amargo, pero la luz de la esperanza fue siendo más grande cada vez hasta que llegó a un final feliz.


El niño del minero Florencio ívalos llora cuando le avisan que su papá está por salir. FOTO LA HORA: AFP HUGO INFANTE

Perfecto final de Hollywood, para más señas. Es por ello que ya hay maletines llenos de dinero para comprar la historia. í‰xito de ventas asegurado.

Desde un punto de vista cultural, la atracción de esta historia puede ser identificada porque se acerca al arquetipo del héroe, como ciertamente lo es cada uno de los 33 mineros que lograron salir vivos.

DENUNCIA ANUNCIADA

La historia, con final feliz incluido, no ha permitido tener una visión objetiva del evento, el cual éticamente debe ser condenable, porque la minerí­a no logra ofrecer a sus mineros las condiciones mí­nimas de seguridad ni de salubridad. Lastimosamente, esta lección no se visualiza (o se visualiza muy poco), porque, afortunadamente, los mineros de la mina San José lograron salir con vida.

Pablo Neruda, poeta chileno y Premio Nobel de Literatura, desde sus libros habí­a denunciado las condiciones de los mineros en su paí­s, y se habí­a solidarizado con ellos por las malas condiciones en que laboraban. Especialmente, en su legendario y épico poemario «Canto general», en que denuncia las maldades y celebra las bondades de América.

En su poema «El Maestro Huerta», relata las condiciones laborales en la mina «La Despreciada» en Antofagasta. (VER RECUADRO)

Anteriormente, César Vallejo, peruano y también gran poeta, habí­a expuesto la problemática minera en su novela «Tungsteno», de la cual poco se habla porque se aleja de su poética vanguardista-revolucionaria, y se acerca más a la literatura comprometida. Después de que Vallejo se desligara del Vanguardismo (por considerarlo alejado de la realidad social latinoamericana), se sintió muy orgulloso de trabajos como esta novela.

COMPONENTES MíTICOS

Pero, además de que los trabajos e injusticias en los campos mineros han sido motivos de inspiración poética, el episodio de los 33 mineros de Chile tiene en sí­ mismo una historia que encaja bien en el arquetipo clásico del héroe.

El héroe, según los arquetipos clásicos de los subconscientes colectivos mundiales (campo en el que trabajó intensamente el psicoanalista Carl Jung y sus seguidores), debe seguir un camino lleno de trabajos para forjarse el temple. Pero, en la encrucijada de su vida, ocurre un episodio en el cual debe «descender» a una condición infrahumana, y, si logra salir, entonces su trayectoria se mitifica y se convierte en un héroe legendario.

En la literatura encontramos varios ejemplos de este arquetipo. Sólo en la tradición griega clásica se encuentran dos: el primero, el más famoso, es el del semidiós Heracles o Hércules, quien fue condenado a realizar doce trabajos para redimirse por haber cometido una masacre en el Olimpo.

De esa cuenta, fue realizando una por una y la última consistió en descender al Hades (que posteriormente fuera identificado como el Infierno, en la tradición cristiana occidental) y capturar a Cerberos, el perro guardián del inframundo. Para ello, debió entrar sin ser visto, y tras llegar al centro del infierno, regresar y capturar al can.

De la misma forma, Odiseo o Ulises necesitó descender al Hades para encontrar el camino de retorno a su casa. Tanto Odiseo como Heracles, tras salir vivos del inframundo, pudieron continuar su viaje a la inmortalidad.

En la tradición religiosa, también se encuentran ejemplos, y el más representativo es el de Jesús, quien después de morir descendió a los infiernos, venció a la muerte y resucitó al tercer dí­a para retornar glorioso a la Tierra.

En el Popol Vuh, los gemelos Hunahpú e Ixbalamque habí­an bajado al inframundo, denominado Xibalbá, al igual que años antes sus padres lo habí­an hecho, pero muriendo en el intento. Los gemelos lograron vencer a los señores de la oscuridad, experimentando la muerte. Al salir, fueron elevados al cielo, uno como el Sol y otro como la Luna.

INFIERNO NEOLIBERAL

Los mineros, al salir tras dos meses, también vencieron a la muerte, sobre todo porque en un principio, cuando recién habí­a ocurrido el accidente, las autoridades consideraron pocas posibilidades, las cuales poco a poco fueron creciendo.

Pero no consistió únicamente en vencer la muerte. El Infierno al que se enfrentaron también fue muy representativo, porque no es lo mismo haber quedado atrapado en cualquier cueva, sino que fue dentro de una mina.

La minerí­a es una de las actividades más cercanas a la depredación del mundo moderno. En paí­ses como Guatemala, la minerí­a ha provocado más rechazo porque, no sólo provoca daño ecológico y no ofrece buenas condiciones de vida (como en todos los paí­ses), sino que también deja muy pocas regalí­as. Defendido a ultranza por los «ideólogos» neoliberales, la explotación de recursos no renovables (incluido el petróleo) ha sido el caballito de batalla del capitalismo feroz y mal comprendido, y hasta se han declarado las más recientes guerras en pos de asegurarse fuentes de recursos petroleros y mineros.

Entonces, la hazaña de los mineros es aún más simbólica, ya que sobrevivieron al infierno provocado por las malas prácticas productivas, que buscan satisfacer la voraz necesidad de más recursos, lo cual implica también que se reduzcan costos como sea. Y ofrecer un ambiente laboral digno y seguridad a los mineros son costos que prefieren no pagar.

Espero, pues, que cuando haya pasado la alegrí­a de la liberación de los 33 mineros, se someta el caso a una deliberación sobre las causas que provocaron dos meses de infierno para estas personas, y así­ se complete su coronación en el cielo, siguiendo la trayectoria mí­tica del héroe.

El Maestro Huerta (De la mina «La Despreciada», Antofagasta)*


Cuando vaya usted al Norte, señor,

vaya a la mina «La Despreciada»,

y pregunte por el maestro Huerta.

Desde lejos no verá nada,

sino los grises arenales.

Luego, verá las estructuras,

el andarivel, los desmontes.

Las fatigas, los sufrimientos

no se ven, están bajo tierra

moviéndose, rompiendo seres,

o bien descansan, extendidos,

transformándose, silenciosos.

Era «picano» el maestro Huerta.

Medí­a 1.95 m.

Los picanos son los que rompen

el terreno hacia el desnivel,

cuando la veta se rebaja.

500 metros abajo,

con el agua hasta la cintura,

el picano pica que pica.

No sale del infierno sino

cada cuarenta y ocho horas,

hasta que las perforadoras

en la roca, en la oscuridad,

en el barro, dejan la pulpa

por donde camina la mina.

El maestro Huerta, gran picano,

parecí­a que llenaba el pique

con sus espaldas. Entraba

cantando como un capitán.

Salí­a agrietado, amarillo,

corcovado, reseco, y sus ojos

miraban como los de un muerto.

Después se arrastró por la mina.

Ya no pudo bajar al pique.

El antimonio le comió las tripas.

Enflaqueció, que daba miedo,

pero no podí­a andar.

Las piernas las tení­a picadas

como por puntas, y como era

tan alto, parecí­a

como un fantasma hambriento

pidiendo sin pedir, usted sabe.

No tení­a treinta años cumplidos.

Pregunto dónde está enterrado.

Nadie se lo podrá decir,

porque la arena y el viento derriban

y entierran las cruces, más tarde.

Es arriba, en «La Despreciada»,

donde trabajó el maestro Huerta.