El cambio espiritual a la luz de los valores indígenas


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La reciente celebración del final del 13 Baktún evidencia el anhelo de transformación que, resistiendo los embates de una crisis profunda, sobrevive en la conciencia de nuestra sociedad.

POR JORGE MARIO RODRÍGUEZ MARTÍNEZ

Más allá de una New Age acomodado a la injusticia global, esta esperanza descansa en la convicción de que dicha transformación requiere de un cambio espiritual capaz de exorcizar el sufrimiento gratuito instalado en nuestras estructuras sociales. Y es que cada vez se hace más evidente que detrás de las crisis de injusticia y violencia que vivimos se encuentran antivalores que, como la codicia y el individualismo, constituyen parte esencial del imaginario del éxito moderno.

Todo crecimiento espiritual supone subir hacia una región desde la cual se puede apreciar el significado profundo y holístico de la vida humana. Este camino, sin embargo, no es exclusivo de seres humanos extraordinarios. El recordado filósofo marxista catalán Manuel Sacristán, quien admiraba al grandioso místico que fue San Juan de la Cruz, decía que bastaba ser hombre para viajar al fondo del alma. Sacristán sugiere la tesis de que la espiritualidad es condición de posibilidad de una transformación social positiva.

Desde luego, pocos poseen la capacidad mística de San Juan de la Cruz —no necesitamos, por ejemplo, estar golpeando las paredes con los nudillos para regresar a los asuntos mundanos. Pero no es menos cierto que el viaje hacia nuestra interioridad nos libera progresivamente de la tiranía de lo inmediato, de los dictados de ese materialismo craso que se ha impuesto como valor global. Con todo, son muy pocos los que están dispuestos a vender su alma por treinta monedas; lo que pasa es que los pocos que se atreven suelen ser los que carecen de escrúpulos para remover cualquier obstáculo que les permita llegar al poder. El problema, como lo recordaba Ernst Jünger es cuando los lobos contagian al rebaño y éste se convierte en horda.

La espiritualidad no conlleva la negación de lo corporal ni de lo social. Juan de Yepes—nombre de pila de San Juan de la Cruz— no podía despreciar los satisfactores esenciales cuando él mismo había mendigado en su infancia junto a su madre Catalina. Como Buda antes que él, Juan de Yepes, “un pobre de solemnidad”, no comulgaba con esas visiones religiosas que privilegian la mortificación del cuerpo. Lo que sí resulta claro es  que en un espíritu tal no podía existir una adoración de las reglas sociales injustas. La estudiosa italiana Rosa Rossi  recuerda que Juan de la Cruz solía sentarse en el suelo aun en casa de señores; era quizás un gesto que expresaba la conciencia de una dignidad que no podía ser mancillada por su origen social humilde y marginado.

Situados en el fondo de nuestra conciencia, podemos comprender entonces que la espiritualidad indígena ofrece una serie de valores que permiten organizar la vida en una sociedad que se ha empeñado en vivir sueños ideológicos con terribles despertares. En particular, los valores indígenas muestran su validez frente al fracaso del neoliberalismo. No debemos olvidar lo que señala el filósofo Thomas Pogge: desde la caída del Muro de Berlín, 360 millones de personas han muerto a causa del hambre y enfermedades curables. Los males sociales han producido más víctimas que la suma de todos los conflictos armados del siglo veinte. Ante la crisis ambiental que se agrava día con día, cabe pensar que este camino de “progreso” nos llevará a escenarios trágicos en los que se ponga en cuestión la misma supervivencia de la vida humana en el planeta.

Situados en los umbrales del nuevo Baktún, notamos que el viaje de la espiritualidad, trabajoso y siempre en peligro de retrocesos, nos lleva a apreciar aquellos valores que las culturas indígenas han preservado en sus prácticas de resistencia a lo largo de siglos de opresión. En una época en que Mefistófeles nos apremia a pagar el compromiso con el progreso continuo con una debacle social y ecológica, son necesarias las alternativas. En nuestro ámbito, las culturas amerindias nos plantean nuevos derroteros para pensar nuestro lugar en el mundo.

No estamos frente a utopías; el legado cultural indígena se ha preservado en una Guatemala profunda —para recordar la tesis de Guillermo Bonfil Batalla respecto a la existencia de un México profundo.  Desde una cosmovisión indígena profundamente instalada en nuestra realidad como nación, aunque negada por discursos opresivos, encontramos los antídotos contra la codicia, el individualismo y el sentido de la ganancia inmediata. En esta dimensión de nuestra vida social se erigen los valores indígenas de la comunidad, el respeto a la naturaleza, el sentido de la fiesta, el sentido compartido del trabajo y un ejercicio político que se fundamenta en el consenso. Como lo recalca el filósofo zapoteco Jaime Martínez Luna, las visiones indígenas promueven la sustitución de la competencia con la compartencia. La espiritualidad indígena integra al hombre en el universo haciéndolo consciente de su ubicación en la red de reciprocidades que constituye el cosmos; el sentido de comunidad profundo inserta al ser humano en un orden universal cuyos elementos se substraen a la lógica de un comercio que supone la cosificación hasta de lo más valioso.

La reflexión social sobre estos valores, desde luego, no remite a comunidades culturales perfectas que, por otro lado, nunca existieron. Recuperación de valores no significa una reinstauración ilusoria de pasados puros e inmaculados, imaginarios por lo demás. Es en el deseo de buscar nuevos derroteros para salir de crisis globales que las culturas se entrecruzan dando lo mejor de sí; los aspectos positivos de la cultura occidental—que son producto de entrecruzamientos culturales— pueden hacerse encajar con los valores indígenas. Dichas síntesis culturales responden a necesidades sociales profundas; la consolidación del Cristianismo —que supuso cuando menos la conjugación de tradiciones culturales griegas y judías— respondía al anhelo de justicia en un mundo en crisis.

En resumen, el nuevo Baktún puede representar la necesidad de empezar a construir proyectos políticos con mayor sentido humano, respetuosos de la comunidad universal de la vida; un proyecto que responda a la crisis de una visión del mundo que, como lo decía Ernesto Sábato, se basa en la adoración de la técnica y la explotación del hombre por el hombre.  El hálito espiritual amerindio, apelando a lo que de humano hay en cada espíritu, puede insuflar vida al Ave Fénix que ya no puede despertar con otra campanada más de un tiempo enfermo.

La espiritualidad no conlleva la negación de lo corporal ni de lo social. Juan de Yepes—nombre de pila de San Juan de la Cruz— no podía despreciar los satisfactores esenciales cuando él mismo había mendigado en su infancia junto a su madre Catalina. Como Buda antes que él, Juan de Yepes, “un pobre de solemnidad”, no comulgaba con esas visiones religiosas que privilegian la mortificación del cuerpo.