La muerte de por lo menos cuatro guatemaltecos en la masacre ocurrida en México y que se atribuye al grupo de Los Zetas que opera en ese país sirve para desnudar el calvario que viven nuestros compatriotas cuando emigran forzados por la necesidad económica que se produce por la falta de oportunidades en su propia patria para alcanzar una vida digna.
La muerte de esas personas es una voz de alerta que nos sirve para insistir en las gravísimas condiciones que tienen que enfrentar los migrantes cuando deciden ir en busca de un mejor futuro. A las dificultades propias de la inmigración ilegal, que se traducen en una vida de angustias y de explotación al llegar a su destino, se tiene que agregar el drama que significa la ruta que ha cobrado ya tantas vidas. Cuando no son los trenes del sur de México, son los desérticos terrenos de Estados Unidos y a ello se suma la actitud de los traficantes, conocidos como coyotes, que los explotan de manera en verdad brutal. Y ahora también los carteles de la droga en México se ensañan con pobres personas cuyo pecado es aspirar a una vida digna y para lograrla tienen que abandonar su tierra, a sus familias y lo poco que han tenido, porque se dan cuenta que aquí se les cierra el horizonte.
De nada valen los lamentos de nuestras autoridades ni los reclamos para que se esclarezcan los hechos, cuando lo obvio es que por indiferencia de todos en esta tierra, estamos diariamente expulsando a miles de compatriotas que no tienen otro remedio que el de correr riesgos enormes para buscar un sustento decoroso para sus familias que quedan siempre en gran abandono y que sufren desintegración como resultado de esa ausencia del elemental sentido de la justicia social en nuestro país.
Porque no puede haber pecado social más grande que el que cometemos todos con esa indiferencia ante la pobreza que obliga a la migración. No puede haber pecado mayor que el de convertir a nuestra gente en producto de exportación que luego se convierte en el generador de la única riqueza real en el país, producto de las remesas que con sangre, sudor y lágrimas, los guatemaltecos que viven fuera envían a sus familiares aquí. Si no fuera por las remesas, nuestra economía hubiera tronado y de manera muy fea, porque es eso lo que mantiene el comercio y la industria local que no podría prosperar sin esa inyección mensual que nos mandan los esforzados chapines. En honor a ellos y a los que siguen decididos a irse, tenemos que trabajar por ofrecer mínimos de oportunidad en Guatemala.