Si llegó hasta aquí, seguramente se está preguntando de qué estoy hablando. Hace un tiempo leí un artículo en donde hablaban de una tradición japonesa, el bushido traducido como “el camino del guerrero”. Para los japoneses era un estricto código ético, en donde se exigía lealtad y honor hasta la muerte. Más que un código era el camino al cual un guerrero se apegaba a principios y valores que preparaban a un hombre o a una mujer para pelear pero sin disipar su humanidad.
De la misma manera que para los japoneses era el bushido un código de moral y ética, para otras generaciones, en otras culturas, los valores morales eran principios que permitían orientar el comportamiento, eran reflejo de los intereses, sentimientos y convicciones más importantes para vivir en comunidad. Quizá por esta razón relacionamos valores morales con reglas de comportamiento, pero en realidad, es una decisión. Es decir, nosotros decidimos como actuar y poner en práctica estos valores morales que se nos fueron inculcados.
Al igual que los guerreros japoneses y el bushido, los valores han ido desapareciendo con el tiempo. Este problema ha ido creciendo cada vez más; y esto se ve reflejado en los periódicos, los noticieros y en el comportamiento de las personas que coinciden con nosotros en el tráfico, el en supermercado y en las distintas actividades que realizamos cotidianamente. Por tanto estamos hablando de una crisis de valores y una sociedad deshumanizada.
El cambio verdadero en el ser humano requiere de esfuerzo, requiere de ser humilde y reconocer de que se está actuando mal y que estamos lastimando a los que nos rodean y a nosotros mismos. Requiere también de fuerza de voluntad y muchas ganas de cambiar los malos hábitos que hemos ido adquiriendo, romper con el legado generacional. Demanda del compromiso no solo mío sino de todos.
Al nacer los niños no son ni buenos ni malos, por lo que padres y educadores deben guiarlos para que aprendan lo que está bien y lo que está mal. Recuerden que los niños aprenden del ejemplo que se les da. Si los padres no tienen tolerancia, respeto con su hijo, ¿qué creen que el niño va a aprender?
El Dalai Lama suele contar esta pequeña historia:
Se trata de un árbol que había visto la luz en un terreno muy fértil. Rápidamente se dio cuenta de que tenía todas las posibilidades para volverse el más alto y más frondoso de todos los de su misma clase. Buena semilla, buena estirpe, buena madera. Fiel a su deseo se ocupó únicamente de crecer. Un buen día los más viejos del bosque le contaron que en esa zona solían llegar fuertes vientos del sur y que había que afirmarse y aferrarse mucho cuando la tormenta llegara. El retoño escuchó el consejo pero pensó: estamos en una planicie. Cuando yo vea venir la tormenta, me ocuparé de echar raíce ¿Hará falta terminar la historia?
Es importante enfocarnos y poner atención en la educación que se les está impartiendo a nuestros pequeños, ya que de esta forma estamos enfatizando en el crecimiento y fortalecimiento de las raíces. Quizás esto implique descuidar un poco la altura y el crecimiento externo del árbol de nuestra sociedad, sin embargo, deberíamos ser cuidadosos, porque cuando la próxima tormenta arribe, será importante poder apoyarnos en las firmes raíces de una educación clara y sólida en valores morales.
No olvidemos nunca que el respeto no se gana por el temor, sino por interesarse en los sentimientos ajenos.
ROMPE EL CICLO