El beneficioso griterí­o del Congreso


Con algunas instituciones públicas al igual que con los niños el silencio debe ser motivo de sospecha. Cuando un niño calla es porque algo trama o porque ya hace cosas cuyas consecuencias pueden ser lamentables. Lo mismo puede trasladarse al campo de la polí­tica: hay que temer cuando los muchachos están queditos porque en algo conspiran o están haciendo negocios adversos al paí­s.

Eduardo Blandón

Afortunadamente el Congreso ahora está efervescente. Las quejas se oyen, los lamentos claman al cielo y el llanto es casi generalizado. Los de la UNE sufren y se desgranan porque no encuentran la teta y se les mira desesperados como un ternero que no halla la ubre. El dolor se advierte en sus rostros (en la de algunos) porque la llegada de Colom no les está permitiendo tranzar ni moverse según la vieja usanza, esa a la que uno se acostumbra irremediablemente por ser los humanos animales de costumbres (en los polí­ticos más lo primero que lo segundo).

Los muchachos de la UNE amenazan con irse, pasarse a otro partido, abandonar los ideales (qué chistoso suena, ¿no?) y buscar en otro grupo el apoyo no encontrado en las autoridades de Gobierno. Dicen sentirse traicionados, huérfanos, entristecidos por unas promesas que unos no cumplen y que ellos tampoco podrán realizar por falta de apoyo.

Esa versión de martirio no le hace «click» ni al más pagano cuyo lenguaje y sensibilidad le son ajenos. Esas lágrimas de cocodrilo son sólo una versión barata de una telenovela incluso de poco éxito en los hogares humildes del paí­s. Eso sí­, como podrí­a suceder con un «talk show», hay que confesar aún con vergí¼enza que al menos distraen por momentos.

Como decí­a al inicio, al menos habrí­a que celebrar que hay bulla en el Congreso porque cuando los diputados callan es mal signo para la salud del Estado y para sus habitantes. Es cierto, es lamentable que se pasen el tiempo ensayando un teatro barato y haciendo el ridí­culo por ser actores de cuarta, pero hay que pensar que lo opuesto serí­a peor.

Ya quisiéramos una institución seria, propositiva e inteligente, con menos problemas de déficit de atención, pero está visto que al Congreso llegan muchachitos inquietos, habladores y poco talentosos. Afortunadamente no todos son iguales, pero las excepciones son tan escasas que cuesta distinguir la paja del trigo.

Pero no creo que sean tontos y que sus problemas neurológicos sean tan agudos como algunos parecen evidenciar. La imbecilidad sólo se da cuando la finalidad es el bienestar del paí­s y el trabajo personal. Cuando se trata, por el contrario, de ser creativos para aumentarse el sueldo, darse dí­as de asueto, negociar las «sobras» de las «obras» y viajar inventando invitaciones su inteligencia es superior y su IQ asombroso y genial. Estamos así­, frente a unos bichos cuya naturaleza todaví­a ha sido poco estudiada, pero que seguro son una mina para cualquier tesis doctoral.

Por el momento conviene más al paí­s verlos distraí­dos en temas banales que concentrados trabajando. Su actividad, la experiencia lo ha demostrado, es absolutamente peligrosa y el paí­s pierde más cuando se les ve serios y con ganas de hacer algo que cuando están de viaje (aunque se gasten el erario público).