El belicismo y la voracidad, verdugos de la humanidad


Como si fuera un experimentado estadista, durante los recientes dí­as me he estado devanando los sesos respecto a lo que se pudiera hacer para superar la crisis que han provocado en todo el mundo los exorbitantes incrementos de los precios del petróleo, y cuyas consecuencias las sufren las naciones más pobres y, entre ellas, los habitantes menos favorecidos por la fortuna y la justicia.

Eduardo Villatoro
eduardo@villatoro.com

Obviamente que no he encontrado la fórmula que pudiera contribuir a disminuir el coste del crudo, aunque estoy convencido de quiénes son los responsables de este infeliz fenómeno, entre los cuales sobresale el presidente norteamericano George W. Bush, quien engañó a todos sus aliados, pero especialmente al mismo pueblo de Estados Unidos, al afirmar que Irak contaba con armamento nuclear y bacteriológico, capaz de destruir a la humanidad y que, por lo consiguiente, era imprescindible invadir a esa nación asiática, además de que en Bagdad tení­a su centro de operaciones el movimiento terrorista de Al Qaeda con Osama Bin Laden al frente.

Ni lo uno ni lo otro era cierto. Las fuerzas militares norteamericanas, con sus aliados ingleses y españoles, cuyos lí­deres polí­ticos, también engañados o a sabiendas de los embustes del gobernante estadounidense invadieron Irak, sin encontrar asomo alguno de material nuclear y bacteriológico ni fortalecidas células terroristas.

Como se reveló en su momento, los motivos que impulsaron a Bush a realizar su aventura belicista en Irak era apoderarse de la riqueza petrolera de esa nación, aunque alegaba que pretendí­a establecer un gobierno democrático al estilo occidental, falaz objetivo no lo ha logrado, sino que, al contrario, la guerra civil iraquí­ se ha recrudecido, tanto así­ que diariamente ocurren crueles atentados contra las fuerzas de ocupación, lo que ha causado la muerte y mutilación de decenas de miles de inocentes jóvenes norteamericanos, así­ como los ciudadanos de Irak que también han perecido en el fatal enfrentamiento.

Al contrario de lo que se proponí­a el presidente Bush: garantizar el abastecimiento de petróleo de Irak y naciones vecinas productoras del crudo al mercado de Estados Unidos y estabilizar los precios, éstos se dispararon en el mercado internacional y desde que se inició la ocupación norteamericana en Irak no se han detenido, con negros presagios de que irán aumentando hasta que la crisis pueda desembocar en un estallido bélico mundial de imprevisibles consecuencias.

Naturalmente que los principales paí­ses productores del crudo son, asimismo, responsables del incremento del precio del petróleo, especialmente las naciones del Oriente Medio, donde sus gobernantes se refocilan con el estrambótico estilo de vida que se costean sin ningún remordimiento, mientras los pueblos subdesarrollados sufren las consecuencias, como el caso de Guatemala.

Sin embargo, los efectos de ese encarecimiento desorbitado del petróleo también ya lo están sintiendo las naciones industrializadas, y de ahí­ que en paí­ses como España. Francia e Inglaterra, por ejemplo, los propietarios del transporte pesado han puesto en marcha movimientos de protesta, como lo he podido apreciar en el canal español TVE.

Lo más grave, empero, está por venir, sobre todo si los norteamericanos tienen la desgracia de elegir de presidente al aspirante republicano John McCain, calificado por un comentarista hispano de tendencia conversadora de ser «un macho violento al estilo de George W. Bush». Para el virtual candidato presidencial del Partido Republicano no hay lí­mites al uso de la fuerza contra las naciones que, según su tenebrosa perspectiva, alientan y financian el terrorismo.

Entre éstas se contarí­an a paí­ses productores de petróleo a gran escala, que, como represalia contra la progresiva polí­tica agresiva de Washington de triunfar McCain, no estarán viendo quién se las debe, y continuarán aumentado el precio del crudo, con el objetivo de asfixiar la economí­a norteamericana, pero afectando a todos los pueblos de la Tierra.

(El chapí­n-iraquí­ Romualdo Hussein está agonizando y le susurra a su único hijo: -Las siete casas, los tres edificios, los 30 taxis, la fábrica de telas, las dos fincas, las ocho tiendas, las joyas… -Sí­, padre, ¿me las vas a dejar? -Te las vendo baratas, hijo, baratas).