La noticia más llamativa de la instalación del nuevo Congreso de la República ha sido, sin duda alguna, el descaro del transfuguismo de los diputados que no se preocuparon ni por taparle el ojo al macho sino que, antes de ser juramentados, ya habían traicionado a sus postulantes para emigrar a otros partidos políticos. El tema no tiene otro origen que el atractivo ruido que hacen los billetes contantes y sonantes, puesto que al fin y al cabo se trata de un negocio que empieza cuando el aspirante tiene que poner dinero para comprar la candidatura y esa “inversión†la deben recuperar a como dé lugar.
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No hay cuestiones ideológicas o conceptos de lealtad que valgan, porque al fin y al cabo todo arranca con una vulgar compraventa que se concreta con la inscripción del ciudadano como candidato a diputado. Y esa postulación no sirve de nada si el partido postulante no tiene poder ni fuerza para tratar con los contratistas, con los que sueltan los billetes para que sea posible esa recuperación de lo invertido. En ese sentido uno tiene que entender que la bancada más atractiva siempre será la oficial porque es en esa donde se decide el manejo del presupuesto y la que tiene el control de la todopoderosa Comisión de Finanzas que asigna el listado geográfico de obras. Le sigue en importancia cualquier bancada que tenga la experiencia, el colmillo y el desprecio por los escrúpulos para negociar en bloque y demandar a cambio de los votos una suma que se pueda repartir en términos aceptables para todos.
Y si algo tienen los diputados es olfato y por eso son más rápidos que el capitán italiano, no digamos que las ratas, a la hora de abandonar un barco que se hunde. No hay signo más importante del descalabro de una organización partidaria que la estampida de sus diputados porque éstos no se equivocan y saben dónde está el poder. Un partido a la deriva, que hace agua tras haber chocado con poderosas rocas, no es lugar para andar haciendo negocios porque es obvio que nadie los tomará en cuenta y menos aún si están en la lista de apestados y de sujetos a investigaciones para ser perseguidos por la ley. Nuestros políticos no serán los ciudadanos más brillantes del país, pero nadie puede negar que son de las gentes más astutas y vivas, que tienen un instinto muy especial para olfatear el negocio y detectar cuando surgen problemas que obligan a la rápida migración a otras formaciones políticas en las que las oportunidades florecen y donde se les toma en cuenta.
Ha cambiado la conformación del Congreso, pero la esencia misma no cambia y por lo tanto las actitudes tampoco van a variar toda vez que el origen sigue siendo exactamente el mismo. Los diputados están allí como consecuencia de un proceso ya establecido para obtener una candidatura y los que la compraron esperan no sólo recuperar la inversión, sino sacarle el provecho que ya es tradicional.
Cuando se evalúan las aspiraciones de cambio, cuando se piensa en el discurso del presidente Pérez Molina de cara a la nueva era que se propone encarnar, habría que ignorar la realidad de un Congreso como el que tenemos para suponer que, como decía Guayo Villatoro el lunes, sea posible tanta chulada de belleza. Para concretar ese maravilloso cambio descrito por el Presidente en su discurso de toma de posesión haría falta un Organismo Legislativo compuesto por verdaderos representantes del pueblo, preocupados por el pueblo para transformar un sistema inoperante en uno que privilegie el estado de Derecho.
Pero comparar el canto de sirena de la construcción de un nuevo orden político con el ruido de los billetes, es no entender la dimensión de nuestra realidad.