“La palabra ‘ateísmo’ designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente los límites sobre esta base puramente científica o, por el contrario, rechazan sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación del hombre que la negación de Dios.
Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por los hechos religiosos. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación indebida del carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como sucedáneos de Dios. La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el acceso del hombre a Dios”.
El párrafo anterior lo he sacado de la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes”, texto del Concilio Vaticano II que retrataba a cuerpo entero, hace 50 años, la evolución (o involución) del fenómeno religioso de la posmodernidad. Y es que los Obispos reunidos en Roma parecían profetas al constatar cómo cada vez más la gente caminaría hacia la increencia o el olvido de Dios. Los datos lo constatan.
El diario Le Monde, el fin de semana, comentaba un artículo publicado por el Instituto Pew, donde recoge números sobre la percepción religiosa de los norteamericanos. Las estadísticas indican que uno de cada cinco ciudadanos estadounidenses se declara “ateo”, “agnóstico” o “nada en particular”. La cifra, según los expertos, asombra ya que en 1970 sólo el 7 por ciento de ellos osaban reconocerse sin afiliación religiosa, contra el 15 por ciento en 2007 y el 20 por ciento de las cifras actuales.
De los 46 millones de personas que se confiesan alejadas de lo religioso, 13 millones se declaran ateas o agnósticas y cerca de 33 millones “sin afiliación religiosa particular”. Los dos tercios de personas que se reconocen sin afiliación religiosa afirman creer todavía en Dios. Uno de cada cinco dice, incluso, orar cotidianamente.
Los datos confirman las previsiones del Concilio. Un tercio de los menores de 30 años afirman no practicar ninguna religión, contra el 9 por ciento de los mayores de 65 años. La ausencia de afiliación religiosa está fuertemente ligada no solamente al voto demócrata (60 por ciento), sino también al apoyo de los derechos tanto del aborto como de los matrimonios entre homosexuales. Como dato curioso, el Instituto Pew afirma que el fenómeno de alejamiento de Dios es mucho más marcado entre los ciudadanos blancos que entre los negros.