El clima de violencia que nos está desangrando cobró ayer la vida del licenciado Rodrigo Rosemberg Marzano, destacado profesional del derecho y un buen amigo cuya muerte me causa mucho dolor. Conocí a Rodrigo hace ya varios años cuando mi nuera Tania Hormaeche de Marroquín trabajó como abogada en su bufete y al irse Tania al extranjero con la especialización de mi hijo Oscar, recomendó a su cuñada para que ocupara su puesto. Con el tiempo el bufete de Rodrigo pasó a ser la sociedad Rosemberg Marzano Marroquín Pemueller.
ocmarroq@lahora.com.gt
Tenía varios meses de no hablar con Rodrigo, pero el cariño y afecto siempre estuvo allí y ayer, cuando nos avisaron la trágica noticia no podía dar crédito a lo que me decían. Pensé de inmediato en sus hijos y en el dolor que les tiene que haber causado esta desgracia y en Eduardo Rodas, su hermano, a quien vi consolar a Rodrigo en el entierro de la madre de ambos, doña Rosita Marzano.
La situación de violencia se ensaña con todos y nadie atina a establecer las causas de los crímenes que diariamente enlutan a familias de Guatemala. Mi primera impresión fue que podría haberse tratado de algún asalto como los muchos que ocurren en todas las regiones del país y en todas las zonas de la capital, pero no le robaron nada más que la vida. Hoy se dice que Rodrigo era abogado del señor Musa, asesinado el mes pasado, y la policía nacional investiga el vínculo entre ambos crímenes.
Como sea, el asesinato deja un profundo vacío y sensación de dolor entre quienes conocimos y tratamos a Rodrigo. Diez años menor que yo, fue un hombre sabio que me supo dar consejos legales en momentos importantes y, más que eso, consejos fraternos para entender mejor la vida. A él la vida le enseñó mucho y no siempre de la mejor manera, pero tenía la capacidad y el talento para ser un gran consejero y un amigo leal.
La última vez que hablé con él fue por teléfono para una consulta de poca monta, pero la plática se extendió porque me preguntó por todos y cada uno de mis hijos. Cuando le pregunté cómo estaba y cómo se sentía me contestó lo mismo que me dijo las veces que hablé con él desde la muerte de su madre. Me comentó que se sentía jodido, que le estaba costando mucho levantar el ánimo y volver a asumir con entusiasmo la profesión que tanto le gustó y en la que destacó no sólo cuando fue alumno en la Landívar y posteriormente cuando se especializó en el extranjero, sino en el ejercicio profesional.
Pienso que la muerte de su mamá le causó un tremendo impacto que afectó mucho su vida. No sé cuánto haya superado la situación en los últimos meses, pero me consta que el vacío fue enorme. Y hoy no me resta sino expresar mi más sentido pésame a sus hijos Eduardo, Daniela, Diego y Pablo. A sus hermanos, especialmente a Eduardo, a sus sobrinos y al personal del bufete que siempre pudo aquilatar la forma en que él se preocupaba por la gente. Todos ellos le echarán de menos como sentiremos su ausencia quienes le quisimos. Descanse en paz un buen profesional, gran hombre y extraordinario amigo.