El arte como antí­doto de la crisis


El aparador de Eloí­sa Cartonera, en el Barrio de Boca, en Buenos Aires, en donde ofrecen los tí­tulos producidos con cartón reciclado. FOTO LA HORA: ARCHIVO

Es un pequeño milagro en plena crisis: una cooperativa argentina, Eloí­sa Cartonera, logró editar libros hechos con cartones levantados de la calle por los excluidos de la economí­a, en un modelo adoptado en toda América Latina que ahora seduce a Europa.


«Pasaba todos los dí­as por aquí­ pero no me atreví­a a entrar, porque mis cartones no eran suficientemente lindos», dice Miriam Merlo, 23 años, una ex cartonera a quien llaman La Osa.

Su mirada se ilumina cuando recuerda el dí­a en que cambió su vida, cuando el equipo de Eloí­sa le propuso pintar la tapa de un libro y, desde entonces, nunca más lo dejó.

«Antes no leí­a nunca. Ahora tengo mis libros favoritos», destaca La Osa con orgullo, sin dejar de pintar las tapas que le acercan.

«Sos la Osa más feliz del mundo», le lanza desde el otra punta de la sala Washington Cucurto, 35 años, uno de los fundadores de la cooperativa nacida en 2003, tras la gran crisis argentina de finales de 2001 y 2002.

Eloí­sa Cartonera publica libros de autores reconocidos como César Aira, o de más jóvenes como Alejandro López, dispuestos a ceder sus derechos para ayudar a la comunidad de cartoneros, esos trabajadores informales que reciclan parte de los residuos de Buenos Aires.

Gracias a estas donaciones, la cooperativa puede editar 5.000 libros por año y pagar a los cartoneros cinco veces más de lo que se abona en un centro de compra.

Cucurto se transformó en un escritor de culto, objeto de conferencias y tesis de doctorado en las universidades estadounidenses.

La universidad de Madison (en Wisconsin) organiza en octubre próximo el primer encuentro de editoriales cartoneras.

La idea de Eloí­sa fue retomada en Perú por Sarita Cartonera, en Bolivia por Yerba Mala Cartonera, en México por La Cartonera y Santa Muerte, en Paraguay por Felicita Cartonera y Yiyi Jambo, en Brasil por Dulcinéia Cartonera, y sigue la lista.

Pero Cucurto mantiene la cabeza frí­a. Vigila la impresora Multilith 1250 que marcha a pleno, con un ruido entrecortado.

Afuera del local, sobre las mesas instaladas en la vereda, Juan Guillermo Gómez, un colombiano de 34 años, y Alejandro Miranda, un chileno de 30, pegan los cuadernos adentro de sus tapas, con ayuda de grandes pinceles.

Juan Guillermo y Alejandro son ayudados por dos voluntarias portuguesas, Verónica Conte, de 32 años, y Joana Bertholo, de 25, llegadas desde Montijo, cerca de Lisboa.

«La versión online de Eloí­sa Cartonera no permite imaginar hasta qué punto esta gran familia es preciosa», dice Joana.

Un poco más lejos, una pareja de jóvenes acaba de llegar y se pone a pintar. Daniel Pedache y Soledad Rithner, 32 años, pasan por ahí­ para dar una mano.

La noche cae y se escucha ahora hablar italiano. Massimo Roccaforte, 38 años, muy entusiasta, pide que le muestren esos libros transformados en objetos de arte.

Distribuidor de pequeñas editoriales en toda Italia con su grupo, NDA, Roccaforte explica que quisiera «hacer un test en una decena de librerí­as italianas».

«No se trata sólo de vender un objeto, sino de transmitir un mensaje y ayudar a un cartonero: la lógica comercial está en función de apoyar un proyecto cultural», asegura.

Cucurto escucha pero no muestra la menor debilidad para los negocios. -«Â¡En Europa, podés venderlos a 20 euros cada uno!, exclama. -«Â¡Nunca en la vida!», responde Massimo.

El negocio concluye rápidamente: Massimo compra 70 ejemplares a tres euros cada uno, otros 20, de los más sofisticados, a cinco euros y dice que los pedirá por millares si los italianos se dejan seducir por Eloí­sa.

Se va con un pequeño afiche que la Multilith 1250 acaba de producir para él. En él se puede leer: Eloí­sa Cartonera, anche in Italia». Ahora, también en Italia.

«La versión online de Eloí­sa Cartonera no permite imaginar hasta qué punto esta gran familia es preciosa».

Joana Bertholo

trabajadora de Eloí­sa Cartonera