El apólogo del Holocausto


No es cierto que los años garanticen madurez, sensatez y sabidurí­a en las personas. Se podrí­a pensar que mientras más se vive, mejor se va haciendo uno, pero las declaraciones recientes del obispo británico Richard Williamson en la que niega el Holocausto judí­o hacen que la intuición pierda fuerza. Los hechos parecen demostrar más bien lo contrario: algunos mientras más años cumplen, más tarados y obtusos aparecen.

Eduardo Blandón

¿Quién es este tal Richard que ha hecho beber tragos amargos al papa Benedicto XVI? Una búsqueda rápida por la red explica que Williamson nació en Londres en una familia anglicana el 8 de marzo de 1940. Se graduó en literatura en la Universidad de Cambridge y enseñó francés en Ghana y teologí­a en Alemania y Estados Unidos. Fue ordenado como sacerdote en 1976 por Monseñor Marcel Lefebvre (fundador de la Fraternidad San Pí­o X) y consagrado como Obispo en 1988 (por el mismo Obispo rebelde e hí­per conservador).

Atributos intelectuales parecen no faltarle al referido Obispo católico, pero sí­ mucha sensibilidad y exceso de irresponsabilidad en sus palabras. Como usted sabe, Richardson rechazó en una entrevista reciente para un medio suizo la existencia de la cámara de gas y la muerte de cerca de seis millones de judí­os. Afirma que se trató de uno 200 mil o 300 mil judí­os muertos (si mucho), pero nunca exterminados en las mencionadas cámaras. Dice que las evidencias demuestran la imposibilidad de tal procedimiento: su manejo era demasiado peligroso para los alemanes, no habí­an chimeneas por las que salieran los gases tóxicos (las fotos aéreas no revelan eso) ni hay pruebas de que hubieran sido herméticos los cuartos -indispensable para tal exterminio-.  Conclusión: la historia ha sido tergiversada y, como siempre, contada por los vencedores, ha sido manipulada. 

La historia dice, sin embargo, otra cosa. Un examen de textos da prueba de que las cámaras de gases «eran recintos subterráneos o barracones generalmente disfrazados o simulados como duchas colectivas. Estaban completamente aisladas y contaban con un sistema que introducí­a monóxido de carbono, pero donde también luego se usó el Zyklon B. La capacidad variaba en estas instalaciones, pero cabí­an de mil a 2,500 reclusos».

El procedimiento no requerí­a mayor ciencia.  Desde el exterior -del techo, especí­ficamente- se introducí­a Zyklon B, un ácido cianhí­drico que debido al contacto con la intensa humedad que emanaban los internos hacinados, liberaba grandes cantidades de ese ácido. Con esa práctica, los testimonios aseguran que se podí­a eliminar en un dí­a de 5 mil a 10 mil reclusos, incluidos ancianos, mujeres y niños. La frecuencia de uso dependí­a del abasto que diera el crematorio o serie de hornos de tipo fundición aledaños.

La muerte era horrorosa.  Los reclusos bajo el efecto del ácido sufrí­an en primer lugar sofocación. Seguidamente perdí­an el control de los esfí­nteres.  Como resultado de ello, las ví­ctimas se orinaban y defecaban sin control, mientras que las mujeres en regla menstruaban desmesuradamente. Luego vení­a la inconsciencia, la muerte cerebral, el coma y la muerte, entre 20 y 25 minutos después de ingresadas la dosis de veneno.

Como se puede ver, el Obispo inglés Richard Williamson con sus declaraciones no sólo ha evidenciado su enraizado antisemitismo (propio del ala ultraconservadora de la Iglesia Católica), sino también nos ha hecho sospechar de su sensatez y brí­o como ser humano dizque «racional». Con tales credenciales, no serí­a raro que un dí­a desmintiera la existencia histórica del famoso Josef Mengele  apodado «El íngel de la muerte», médico y sádico alemán que un dí­a expresó a sus colegas:

«Cuando nace un niño judí­o no sé qué hacer con él: no puedo dejar al bebé en libertad, pues no existen los judí­os libres; no puedo permitirles que vivan en el campamento, pues no contamos con las instalaciones que permitan su normal desarrollo; no serí­a humanitario enviarlo a los hornos sin permitir que la madre estuviera allí­ para presenciar su muerte. Por eso, enví­o juntos a la madre y a la criatura».