El viernes 31 de agosto durante el breve lapso que dura un concierto de la Sinfónica Nacional permanecerá abierta en el Conservatorio Nacional de Música la exposición de pintura con la que Santos Laroj le rinde homenaje al compositor y artista visual Enrique Anleu Díaz.


Por un lado, la generosidad del artista de Sumpango Sacatepéquez y los méritos del músico y pintor de la generación del 60 y, por otro, la estrechez física y mental de los espacios que se le conceden a los artistas populares de Guatemala. Aquí, en esta galería de artistas, sin embargo, no escamoteamos el comentario serio que se merece el trabajo de cada artista.
Resulta imposible acercarse a la obra de Santos Laroj (Sumpango, Sacatepéquez, 1958) con criterios puramente estéticos. Es obvio que lo que el pintor nos muestra en sus cuadros rebasa el ámbito de lo artístico y se adentra, más que en lo religioso, en lo hermético y lo esotérico. Son visiones no de pintor sino de vidente y de iniciado: apocalípticas, catastrofistas, moralistas, con una buena dosis de culpa y condenación.
Él —que es graduado de la Escuela Nacional de Artes Plásticas— define su pintura como surrealista y a sí mismo como libre pensador. Yo, como observador de la cultura y del arte guatemaltecos con pretensiones críticas, no puedo evitar frente a sus cuadros hacer consideraciones extra pictóricas y explicar el contenido de sus cuadros como producto de un rompimiento con los valores de la cultura tradicional y las convenciones acerca de lo que se considera el arte y la cultura indígena en el contexto de la actual cultura social de mercado. Procediendo de esa manera, sin embargo, su obra y su personalidad se me convierten en un caso de psicología social, lo cual es otra manera de traspasar los límites de lo estético, que es lo corresponde a la hora de valorar su pintura.
Santos Laroj es un buen pintor académico. Domina la figura humana con cierto genio. Sus desnudos no tienen nada que envidiarle a los de Gallardo o Boesche (que, por cierto, fueron sus maestros); sus rostros son convincentes, con expresiones bien captadas, coherentes con las escenas representadas y su situación en ellas; sus paisajes y sus vistas urbanas denotan un conocimiento presencial de los lugares y en su representación es evidente el oficio depurado del artista. Los personajes, bien configurados formalmente, están, así mismo, adecuadamente caracterizados por sus atuendos y actitudes en su aspecto social, étnico y psicológico. También en el color se pone en evidencia la mesura académica: bien cocinado en una gama armónica, uniforme y coherente que no permite arrebatos técnicos ni expresivos.
Cada elemento de sus cuadros está bien hecho, es equilibrado formal y emotivamente y sin embargo, la escena que forman en su conjunto resulta desmesurada, cargada de intenciones filosóficas y morales quizás demasiado conscientes, y de emociones, sin duda genuinas, que se expresan en un lenguaje de símbolos tremendistas que pertenece a una dogmática no artística.
En este punto correspondería discutir sobre el poder que tiene el lenguaje sobre el pensamiento, las sensaciones y las emociones. Esas visiones que aparecen en los cuadros de Santos Laroj ¿las articula ese lenguaje simbólico dogmático o la angustia que atormenta los sueños del artista surrealista?
Visiones complejas e intensas, los cuadros de Santos Laroj articulan imágenes que individualmente son reveladoras. Cada una de ellas tiene su propio valor artístico y expresivo. Viéndolas por separado habría que decir que este artista domina y se expresa con evidente competencia en todos los géneros. En sus cuadros, en efecto, encontramos desnudos, retratos, escenas de crítica social, paisaje natural y urbano, personajes míticos y reales, históricos y literarios, iglesias, trajes y tradiciones indígenas, etc., todo ello representado, repito, con un realismo muy convincente. La imaginación, el sueño, la pesadilla o el lenguaje simbólico que articula las equilibradas imágenes realistas en la visión apocalíptica total es de otra índole, decididamente no visual, y diríamos que hasta contraria a la naturaleza sensual y terrena de las imágenes que puede construir el arte. Así, sus bien logrados desnudos femeninos tienen cancelada la dimensión erótica; la belleza de los paisajes disfraza escenarios infernales, los objetos del culto religioso son peligrosamente engañosos. La pintura de Santos Laroj revela la malignidad de nuestra época.
Y aquí está el equívoco. Es tan fuerte y desequilibrante la temática de los cuadros de Laroj que le despiertan en el espectador el deseo de discutir sobre ella. Pero en ese caso ya no estarían hablando sobre su pintura, pues sus valores artísticos se habrán deslizado bajo su mensaje tremendista.