Un abrazo, una sonrisa, un saludo, un beso, alguna palabra, o tal vez ninguna, una mirada, una presencia. A veces solamente eso falta para sentirnos vivos y apreciados.
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La gente trabaja y cumple con sus tareas del día. Al finalizar éste, el cansancio llega y con él, el sueño, así que se duerme para recobrar energías y… nuevamente el mañana.
Quejas y miedos casi interminables. Se olvidan deseos y ensoñaciones para dar paso a la cotidianidad. A veces nos es necesario que se nos mueva el piso aunque no lo queramos. Con la finalidad de hacernos evidentes ante y con la vida.
Hace por lo menos dos años una amiga me comentaba que en la época cercana a la Navidad había decidido hacerse un chequeo de su salud en el cual incluía una mamografía. Era importante para ella atenderse antes de que terminara el año, ya que este era su regalo personal con motivo de estas fiestas. Se dirigió de manera decidida a realizarse sus exámenes de salud, pensando que era una rutina más y que no habría de que preocuparse. Ya que por regla general, siempre se encontraban normales.
Pero gran sorpresa, la mamografía reportaba la presencia de pequeñas masas. Como era época de fiestas no se atrevió a consultar a su médico, pensando que al fin de cuentas había sido su decisión el hacerse exámenes, en ahora mal vista época del año para dichos asuntos. Así que transcurrió la Navidad, el fin de año y ella cursaba con miedo, angustia y tristeza. Las noches fueron muy largas y los días también.
En el primer día hábil del nuevo año, de manera presurosa, acudió a su ginecólogo, un médico con mucho profesionalismo y don de gente. í‰ste le dijo que efectivamente presentaba masas de un tamaño considerable para ser palpadas de manera clínica y observadas por el examen radiológico. Que era necesario realizar otras evaluaciones, pero, que a él le daba la impresión de que eran benignas y que no era un asunto de gran preocupación. Esto tranquilizó a mi amiga, pero después de ello quiso agradecer a Dios y buscaba ser apapachada, es decir, consolada, acompañada, fortalecida, compartir su motivo de alegría con alguien más.
Muy cerca de la oficina del médico se encontraba una iglesia y decidió pasar adelante con la finalidad de hablar con Dios y aprovechar esta oportunidad para también darle gracias. Sin embargo, observó en el confesionario a un curita, viejito pero viejito. Aún sentado se iba de lado. Y se dijo a sí misma ¿será esta una buena oportunidad para que alguien me apapache? No sabía, pero consideró esto como una ocasión, ya que el cura se encontraba solo, no había nadie más reclamando su presencia.
Nunca ha sido muy devota de ir a las iglesias, pero se acercó a la ventanilla del confesionario y lo primero que le preguntó el párroco fue ¿dime hija cuales son tus pecados? , ¿Mis pecados? Bueno padre, tal vez no me he acercado a mi iglesia por un buen tiempo. El padre le realizó otra pregunta ¿desde cuándo no te confiesas?; a lo cual se quedó pensando… y respondió con un tanto de temor, creo que desde hace más de 20 años.
Pero hija esto no lo puedo creer, cómo es posible que tú no te hayas confesado durante tanto tiempo. Pues la verdad, la verdad, padre es que es lo cierto. ¡Bueno, pero dime cuáles son tus pecados! Padre ya le dije que lo que creo es que mi mayor pecado es haberme separado de mi iglesia durante tanto tiempo. La conversación se fue acalorando, mi amiga se sentía molesta e incomprendida, ya que ella había ido a buscar un tantito de apapacho y se encontró con semejante versión.
El cura le dijo ¡Fornicando has de estar!, ella contestó ya enfadada y con cierto sarcasmo. No padre, fornicando no estoy pero… ¡sí con muchas ganas! í‰l se puso frenético, comenzó un discurso interminable. Mi amiga veía las bancas que daban al confesionario como estas se iban poblando de personas que deseaban asumir sus pecados, precisamente con este representante de su iglesia.
El buen samaritano le negó la absolución, que dicho sea de paso, no era lo que ella había llegado a buscar, le dijo que era imposible para él otorgarla a semejante persona. Bueno padre, entonces pasaré por aquí en otra ocasión. Pero él no permitió que ella se fuera, seguía hablándole, le decía que ella era como un árbol que se encontraba inclinado hacia el lado del mal y que era irremediable el poder buscar su salvación. De manera más determinante ella le expresó que se marchaba, pero a él no le importó y entonces, comenzó a contar su propia historia.
Yo tengo más de 80 años y desde los 16 he luchado encarnadamente contra el mal. En una ocasión, me recuerdo, que previo a ir a un retiro religioso en mi plena juventud, me encontraba trabajando de manera profunda contra el pecado de la masturbación, hice ayuno y sacrificios hasta que logré vencer al mal. Mi amiga le escuchó pacientemente hasta que él terminó su historia personal, entendió lo vacío en el que se encontraba el orientador espiritual y luego el enojo se convirtió en ternura. La cola para el confesionario llegaba casi hasta la puerta, le agradeció al cura su tiempo y se marchó pese a las protestas de éste.
Mi amiga no recibió apapacho, pero nadie en la vida la había hecho sentir como una prostituta y mujer del mal. La ida a la iglesia al final de cuentas no resultó infructuosa, ya que ella salió del lugar con una extraña sensación de satisfacción y orgullo ante el evento ocurrido.
La conversación con el cura le ayudó a desahogar sus penas, a mostrar su enojo y a comprender que hay personas más necesitadas de afecto en el mundo. Y que probablemente ella si era un árbol, pero no del mal, si no un árbol frondoso con muchos frutos que compartir.
Por cierto, mi amiga ya no más buscó al párroco, que para este entonces lo más seguro es que finadito esté. Y justo sería que se encontrara en las alturas posiblemente tocando un arpa celestial.