El año de la crisis financiera


Un corredor de bolsa de Fráncfort observa sus monitores; arriba se ve una caricatura alusiva a la crisis financiera, en donde se parodió al dólar estadounidense. FOTO LA HORA: AFP Archivo.

La repentina parálisis del sistema bancario y financiero en septiembre se convirtió rápidamente en una crisis económica mundial de la cual ninguna región está a salvo y cuyo alcance nadie puede predecir.

POR Ví‰RONIQUE DUPONT

Una imagen clásica de este año en cualquier bolsa de valores del mundo: corredores que se lamentan por los indicadores económicos. FOTO LA HORA: AFP Archivo.Uno de los dí­as más negros para el mercado bursátil fue la jornada en que el í­ndice Dow Jones, uno de los principales de la Bolsa de Nueva York, cayó 10 mil puntos. En la gráfica, un letrero electrónico en Wall Street que lo indica. FOTO LA HORA: AFP Archivo.

Las grandes empresas del planeta han suprimido decenas de miles de empleos desde octubre y las pequeñas viven bajo la amenaza de la bancarrota. El í­ndice de desocupación aumenta a ritmo acelerado en la mayorí­a de los paí­ses y muchos ya están en recesión.

Los acontecimientos se precipitaron de manera vertiginosa despues del 15 de septiembre, cuando que el banco estadounidense Lehman Brothers se declaró en quiebra.

Hasta entonces persistí­an las interrogaciones sobre el alcance real de la crisis de las «subprime», las hipotecas de riesgo, que habí­a estallado un año antes en Estados Unidos.

Pero la desaparición de una gran institución bancaria de Wall Street echó un manto de sospechas sobre todo el sector bancario. De la noche a la mañana, los bancos dejaron de prestarse dinero, acarreando un congelamiento del crédito con la consiguiente asfixia de la economí­a.

Las principales ví­ctimas de la crisis son las economí­as de los paí­ses desarrollados y sus gobiernos sacan de la manga colosales planes de rescate (de 700.000 millones de dólares tan sólo en Estados Unidos) y no vacilan en nacionalizar bancos, como el franco-belga Dexia.

Las autoridades de los siete paí­ses más industrializados (G7) se comprometieron a no permitir que se hundiese ningún otro banco, pero ni siquiera esa garantí­a alcanzó para poner fin a la peor crisis financiera desde 1929, como la define la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que prevé que la agitación financiera dure «hasta fines de 2009».

La economí­a real no tardó en verse golpeada por la desestabilización financiera.

La OCDE habla de la recesión económica «más severa desde inicios de los años 80» y no prevé que la tendencia en la mayorí­a de los paí­ses se revierta antes «del segundo semestre de 2010».

Los paí­ses emergentes tanpoco saldrán ilesos de la crisis, pese a que en un momento alimentaron esa ilusión. Gigantes emergentes como China o India deberí­an evitar la recesión, pero sus ritmos anuales de crecimiento, que eran de 11% y 9% respectivamente, se ralentizarán sensiblemente.

Los mercados actúan en consecuencia: las bolsas de todo el mundo se desploman y el precio del petróleo se dividió por tres después de haber alcanzado en julio su récord histórico (a más de 147 dólares).

Las perspectivas de una reducción drástica de la demanda también empuja hacia abajo el precio de las otras materias primas. Y las inmobiliarias de todo el mundo no ven la salida del túnel.

La presión inflacionaria que se hizo sentir con fuerza entre mediados de 2007 y mediados de 2008 fue reemplazada por una «desinflación», que muchos economistas temen se convierta ahora en «deflación».

Los bancos centrales proceden a recortes drásticos de sus tasas de interés, sin conseguir motivar a los inversores. La Reserva Federal estadounidense (Fed) redujo su tasa básica a 1% y ya casi no tiene margen para actuar con esa arma contra la crisis.

Muchos paí­ses, desde Europa hasta China, lanzan planes de reactivación. En Estados Unidos, el presidente electo Barack Obama, que asumirá el 20 de enero, reclama un plan urgente.

«Hay dos problemas que nadie sabe cómo encarar: el efecto del desendeudamiento del sistema bancario y la profundidad y la duración de la recesión», sostiene Elie Cohen, director de investigaciones económicas en el francés Centro Nacional de Investigaciones Cientí­ficas (CNRS).

Ante esas incertidumbres, «todos adoptan la actitud de congelar el dinero de que disponen y de consumir y prestar menos», dice el universitario.

«Hemos entrado en un mundo totalmente nuevo, en el cual el sistema financiero se atasca y ninguna terapia funciona», agrega.