La repentina parálisis del sistema bancario y financiero en septiembre se convirtió rápidamente en una crisis económica mundial de la cual ninguna región está a salvo y cuyo alcance nadie puede predecir.


Las grandes empresas del planeta han suprimido decenas de miles de empleos desde octubre y las pequeñas viven bajo la amenaza de la bancarrota. El índice de desocupación aumenta a ritmo acelerado en la mayoría de los países y muchos ya están en recesión.
Los acontecimientos se precipitaron de manera vertiginosa despues del 15 de septiembre, cuando que el banco estadounidense Lehman Brothers se declaró en quiebra.
Hasta entonces persistían las interrogaciones sobre el alcance real de la crisis de las «subprime», las hipotecas de riesgo, que había estallado un año antes en Estados Unidos.
Pero la desaparición de una gran institución bancaria de Wall Street echó un manto de sospechas sobre todo el sector bancario. De la noche a la mañana, los bancos dejaron de prestarse dinero, acarreando un congelamiento del crédito con la consiguiente asfixia de la economía.
Las principales víctimas de la crisis son las economías de los países desarrollados y sus gobiernos sacan de la manga colosales planes de rescate (de 700.000 millones de dólares tan sólo en Estados Unidos) y no vacilan en nacionalizar bancos, como el franco-belga Dexia.
Las autoridades de los siete países más industrializados (G7) se comprometieron a no permitir que se hundiese ningún otro banco, pero ni siquiera esa garantía alcanzó para poner fin a la peor crisis financiera desde 1929, como la define la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que prevé que la agitación financiera dure «hasta fines de 2009».
La economía real no tardó en verse golpeada por la desestabilización financiera.
La OCDE habla de la recesión económica «más severa desde inicios de los años 80» y no prevé que la tendencia en la mayoría de los países se revierta antes «del segundo semestre de 2010».
Los países emergentes tanpoco saldrán ilesos de la crisis, pese a que en un momento alimentaron esa ilusión. Gigantes emergentes como China o India deberían evitar la recesión, pero sus ritmos anuales de crecimiento, que eran de 11% y 9% respectivamente, se ralentizarán sensiblemente.
Los mercados actúan en consecuencia: las bolsas de todo el mundo se desploman y el precio del petróleo se dividió por tres después de haber alcanzado en julio su récord histórico (a más de 147 dólares).
Las perspectivas de una reducción drástica de la demanda también empuja hacia abajo el precio de las otras materias primas. Y las inmobiliarias de todo el mundo no ven la salida del túnel.
La presión inflacionaria que se hizo sentir con fuerza entre mediados de 2007 y mediados de 2008 fue reemplazada por una «desinflación», que muchos economistas temen se convierta ahora en «deflación».
Los bancos centrales proceden a recortes drásticos de sus tasas de interés, sin conseguir motivar a los inversores. La Reserva Federal estadounidense (Fed) redujo su tasa básica a 1% y ya casi no tiene margen para actuar con esa arma contra la crisis.
Muchos países, desde Europa hasta China, lanzan planes de reactivación. En Estados Unidos, el presidente electo Barack Obama, que asumirá el 20 de enero, reclama un plan urgente.
«Hay dos problemas que nadie sabe cómo encarar: el efecto del desendeudamiento del sistema bancario y la profundidad y la duración de la recesión», sostiene Elie Cohen, director de investigaciones económicas en el francés Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS).
Ante esas incertidumbres, «todos adoptan la actitud de congelar el dinero de que disponen y de consumir y prestar menos», dice el universitario.
«Hemos entrado en un mundo totalmente nuevo, en el cual el sistema financiero se atasca y ninguna terapia funciona», agrega.