El amor sospechoso del Cardenal


 Definitivamente a la prensa no se le escapa nada y menos aún a los que por alguna razón sienten algún tipo de aversión contra la Iglesia Católica.  Es el caso del cardenal John Henry Newman, recientemente canonizado por Benedicto XVI,  un Papa de reconocida poca simpatí­a dentro y fuera de la Iglesia, en su reciente visita a Inglaterra.

Eduardo Blandón

El caso es el siguiente, mientras la Iglesia reconocí­a la inteligencia y la búsqueda sincera de la verdad de un hombre cuya brillantez pocos dudan, algunos todaví­a hoy discuten la orientación sexual del célebre intelectual convertido al cristianismo en sus años todaví­a mozos.  ¿Cómo así­?  Así­ como se lee.  Y hay pruebas, dicen los crí­ticos, que no deben pasarse por alto cuya demostración, según ellos, es apodí­ctica.

 

 La amistad del cardenal Newman con el padre Ambrose St. John no fue una relación cualquiera, dicen, sino un afecto que sobrepasa ese tipo de cariño fraterno.  De aquí­ que no fuera raro que el ahora santo pidiera suplicante ser enterrado a la par del «amigo» con quien habí­a convivido más de treinta años.

 

El texto al que se alude se puede encontrar en el diario de Newman.  Dice así­: «Desde el primer momento me ha amado con una intensidad amorosa que es difí­cil de describir».  Y continúa, «por como este mundo es concebido, yo era su inicio y fin (…) él era mi luz terrena (…) mi ángel de la guarda».

 

 St. John habí­a compartido la experiencia de la conversión del anglicanismo al catolicismo de Newman.  Fueron ordenados juntos en Roma y juntos también trabajaron en la reconstrucción de la iglesia católica de Inglaterra a través del «Movimiento Oxford».  Después de la muerte de St John, Newman escribió lo que para algunos es la evidencia más fuerte de un amor sin lí­mites.

  «He pensado siempre que no existiese un luto parecido a aquel de un marido o de una mujer, pero creo difí­cil que el dolor de alguien pueda ser más grande que el mí­o (…) éste es el peor sufrimiento de mi vida».  En 1890, poco antes de morir, el cardenal Newman escribió: «quiero, con todo mi corazón, ser enterrado en la tumba de Ambrose St. John, esta es mi última e imperativa voluntad».

 

 Con la elevación a los altares del cardenal Newman, los crí­ticos dicen sentirse molestos con la Iglesia Católica por irrespetar la voluntad del hombre a toda luz, para ellos, homosexual.  Peter Tatchel, por ejemplo, historiador y lí­der inglés de la organización de lesbianas, gays, bisexuales y transgénero (GLBT) calificó de «vandalismo moral» no respetar la voluntad del intelectual al trasladar sus restos mortales del pequeño cementerio de Rednal al majestuoso Birmingham Oratory, un importante lugar de culto católico inaugurado en 1910.

 

Como le digo, hay pocas cosas que se le escapen a la prensa y más aún si se entresaca de aquí­ y de allá cosas que uno pueda dejar escrito.  En un mundo hí­per erotizado y extremadamente suspicaz, la cautela no debe ser la excepción sino la regla de vida.  Lástima que no esté vivo san John Henry Newman para que nos explique la naturaleza de un amor que para algunos fue excesivo y sospechoso.

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