El amanecer en la selva tropical


Llega con el nuevo dí­a el curso de la vida para unos y la muerte para otros. Los felinos, señores de la noche, cazadores implacables, vuelven a sus guaridas para dar tregua al caminar nervioso de los venados vigilando al amanecer que van dejando como recuerdo de constantes angustias, la herida de sus cascos en el lodazal del riachuelo, de las aguadas y en los charcos surgidos después del inesperado chaparrón.

Doctor Mario Castejón
castejon1936@hotmail.com

La selva, como un óleo de naturaleza muerta son esos grandes troncos de árboles centenarios abatidos por la fuerza del viento y del rayo, gigantescos centinelas a veces doblegados por la mano del hombre. Son los bejucos de caprichosas formas y tamaños, los senderos sombreados por caobas, guaicibanes, ceibos y santamarí­as prodigando con sus frutos el alimento a los visitantes nocturnos. Es la belleza erguida de las palmas reales como sacadas de algún islote polinesio; los cedros, rosules y árboles de jobillo, de hermosa veta oscura. Son los enmarañados breñales de monte bajo, guamilares de suelo agrietado que esperan la llegada de las lluvias. Son las punzadas de la espina del ixcanal con su procesión de hormigas quisquillosas, los agudos pinchos de los chinchonales, que atraviesan la suela sin dejar huella y los aguijones del ceibo joven con apariencia de animal prehistórico.

La selva es la hoja áspera y quemante del chichicaste y la suavidad y tersura del tierno bijague que mantiene el frescor del agua del remanso a la hora del sol fuerte. Es el bejuco con sabor a pimienta y chorreante espuma para calmar la sed y que deja regusto de agua amarga. Es la tierra de tupideros de caña brava y claros tapizados de yerba verde; la de los entierros mayas entre cerros y hondonadas; la de arenosas orillas de los grandes rí­os resplandeciendo a la luz del sol y sumando los arrastres de las crecientes invernales. Rí­os de remolinos caprichosos que juegan junto al árbol caí­do y van haciendo girar con obsesionante ritmo los restos de basura aprisionados por las aguas.

Son los lodazales que forman los bañaderos del jabalí­, los caminos pelados que dejan las hormigas arriadoras de paso tambaleante con su carga a cuestas y los guitarrones que al ensartar su chute «dan calentura». Son las pequeñas tortugas de montaña que se cambiaron de casa al alejarse las aguas en la sequí­a de verano. Las nubes de millones de zancudos entre troncos vací­os y montones de hojarasca en los hoyos del suelo agrietado, miles de millones de zancudos zumbando sobre charcas y suampos con incansable puntualidad noche tras noche.

La selva es la expresión de los gusanos festoneados que marcan su huella quemante por donde pasan y los pequeños y elásticos medidores que huyen del contacto con hombres y animales. Los escarabajos de frágiles antenas, los ronrones de mayo de tono verdoso y cuerpos acorazados sumergidos en la boñiga del ganado cimarrón y las mariposas multicolores de vuelo reposado. También las chicharras que anuncian la cuaresma con su ensordecedor tableteo, los grillos, chapulines, y mirí­adas de luciérnagas como desfile de fumadores en la oscuridad. Los tábanos implacables en lo más fuerte del sol, las tarántulas peludas que semejan terciopelo y al orinar botan el casco de las bestias y la plaga de jejenes que no respetan ni el dí­a ni la noche y dejan el cuerpo ardiente.

Los dí­as cortos y las noches largas, las noches cortas y los dí­as largos, así­ se alterna la medida del tiempo en la selva, nada hay que venga en monotoní­a, todo es cambiante como cambia el firmamento al anunciar la tempestad y como cambian los rí­os antes y después de las crecientes.

Rí­os de la selva, vertientes y hondonadas que se entregan a la violencia del diluvio tropical. Agua brotando de entre los cerros al oscurecerse el firmamento en la lejaní­a, correntada que se lanza entre la arboleda arrollando toda a su paso y haciendo surgir la nueva vida tras el arrastre de cimientes y brotones arrancados por sus fuerzas rí­o arriba. Correntadas que hacen bajar la muerte en los colmillos de las ví­boras guarecidas en troncos y peloteras.

Ví­boras barba amarilla de pupila vertical y cabeza aplastada, devanadoras de ribetes negruscos dibujando en su cuerpo una hilera de rombos partidos por la mitad. Otras verdes como las hojas de higuerillo en invierno, así­ son las icbolayes o ví­bora mala mujer, buenas nadadoras y expertas en disimular su presencia confundiéndose con el compulsivo verdor del follaje.

Es el mundo de los cantiles «mano de piedra» que saltan y no sueltan al morder cuando algún desprevenido les pone el pie encima; bulliciosas cascabeles que buscan los parajes pedregosos y hacen sonar sus chinchines en actitud retadora. Multicolores corales de apariencia inofensiva pero de veneno letal, indolentes mazacuatas que se tienden inmóviles digiriéndose sus presas y ágiles zumbadoras que cuando chicotean dicen las gentes del campo que ya no sana la parte golpeada.

La selva es el recorrido sinuoso de los canales y zanjones de agua salóbrega que buscan rendir cuentas al gran Rí­o. Es el asoleadero de iguanas y cocodrilos vigilantes de sus crí­as dispuestos a matar por ellas; profusión y amontonamientos de basura y restos de vegetación lanzados a las playas arenosas por riachuelos y boca barras abiertas por la violencia de las aguas.

Todo lo ya dicho es la selva, pero es más, muchí­simo mas… es también ese mundo de sobrevivencia, el de la vida del animal de sangre caliente. Del tepezcuintle huidizo, de las partidas de pizotes devoradores de fruta, de los mapaches de negro antifaz y cola festoneada y de los micoleones que saltan de rama en rama como trapecistas nocturnos. De las bandadas de micos debutando en los columpios del ramaje mostrando su animosidad o descontento.