El alto precio del voto cruzado


Como reacción a la existencia de aplanadoras en el Congreso de la República, algunos propusieron la alternativa del voto cruzado para no darle al partido que gana la Presidencia de la República el control del poder legislativo. La iniciativa tiene un graví­simo pecado original, y es que se habla de partidos polí­ticos y en Guatemala no tenemos organizaciones que realmente tengan ese perfil, sino que simplemente lo que hay son agrupaciones electoreras aglutinadas alrededor de algún lí­der o caudillo y que, carentes de ideologí­a y principios, funcionan para satisfacer puras y llanas ambiciones personales.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Por ello es que lo mismo da tener aplanadoras que un Congreso en el que varios grupos se reparten el poder. En sistemas más desarrollados, la negociación polí­tica se hace a las claras y en busca de los intereses partidarios, lo que hace que se pueda ceder hasta donde la ideologí­a y los principios lo permiten. Pero cuando no hay tales fundamentos, lo que prevalece es cabalmente la satisfacción de ambiciones personales y por lo tanto el voto cruzado termina siendo una soberana babosada que únicamente privilegia la posición de muchos largos que saben cómo sacarle raja a la necesidad que siempre tiene el Gobierno de votos para aprobar sus iniciativas.

Las disputas que ahora vemos en el Congreso de la República son consecuencia de que los diputados ya midieron su verdadero poder y tasaron el valor de su voto. Ninguna bancada negocia con base en una agenda polí­tica ajena a los intereses de los diputados. Creo que, por ejemplo, una efectiva negociación de obras de desarrollo por distrito en el listado geográfico de obras, tendrí­a que verse como algo positivo para el paí­s porque los diputados estarí­an condicionando sus votos a inversión de beneficio para las comunidades que representan. Pero cuando sabemos que desde antes del PACUR hasta nuestros dí­as, toda negociación tiene que ver con a quién se asignan los contratos, tenemos que entender que el interés de la gente no es lo que está en juego.

Y como el requisito esencial para ser diputado es meterle pisto a la campaña, los diputados se pasan su perí­odo pensando en reelegirse, es decir, se la pasan haciendo pisto porque saben que eso es lo que les hará falta para asegurar la nominación, primero, y para hacer propaganda una vez postulados como candidatos. Aquí­ no hay rendición de cuentas ante los electores sino un barato clientelismo que se institucionalizó cuando Jorge Carpio se lanzó con su UCN a «revolucionar» la forma de hacer polí­tica en el paí­s.

Mientras se siga privilegiando esa forma de negociar, a cambio de obras que llevan implí­cito el beneficio personal para el diputado, los representantes se irán mostrando más voraces y llegará el momento en que no se conformen con dinero producto de comisiones sino que le pasarán la cuenta directa al gobernante con cargo a los abundantes gastos confidenciales que ahora se manejan en concepto de gastos secretos de las fuerzas armadas. Porque la babosada de que ya no hay confidenciales terminó siendo una patraña muy bien urdida para darle atol con el dedo a la gente, pero de allí­ siguen saliendo millones para cubrir las «necesidades» de la Presidencia. Si Colom no reacciona luego y pone coto al chantaje, cuando sienta lo dejarán sin nada.