El altivo Estado de Los Altos (III y final)


Luis Fernández Molina

El amor de los quetzaltecos a su terruño es como un magma que al irse enfriando fue tomando la forma de un cristal perfectamente tallado. En ese crisol forjado en las verdes montañas del altiplano surgió con el paso de los siglos la gema de Xelajú. Una piedra preciosa que se engarza en el corazón de la joya que es Guatemala. Esta Guatemala que se hilvana como un tejido de hebras multicolores que se entremezclan en el telar del artesano; como un edificio que se construye como los muros coloniales, con materiales varios, piedras y ladrillos de barro. Esta nuestra Guatemala que es un magní­fico mosaico formado por cuentas cromáticas que contrastan armoniosamente, dentro de los cuales destaca la pieza quetzalteca. Por eso el regionalismo de los chivos no debe entenderse como una manifestación de rebeldí­a. Por el contrario es la expresión de la devoción de un pueblo que se apega a su suelo materno, a esa comarca que es parte de Guatemala. El despliegue de la bandera quezalteca a la par de la nacional no debe ser motivo de aprensión sino que de orgullo compartido, acaso también de un poco de envidia por poder sentir ese apego que ellos tienen a su provincia y por extensión a toda Guatemala y hasta toda Centroamérica. En su momento histórico habrí­an tenido los altenses sus razones para constituirse en un estado independiente; desde la época colonial vení­a distinguiéndose con caracterí­sticas propias y de allí­ que habí­an reiterado su interés en constituirse en estado propio; acaso la caracterí­stica de sus gentes, acaso el rechazo a las polí­ticas conservadoras de Rafael Carrera, también se incluye el empeño de los demás estados centroamericanos, y sobre todo con la presidencia del hondureño Francisco Morazán, de debilitar al Estado de Guatemala. Cuando Quetzaltenango se declaró, y así­ fue reconocido en la asamblea federal, como el Estado de Los Altos, un chaval de cinco años (técnicamente de nacionalidad altense) jugaba con sus amiguitos en el patio de la escuelita de San Lorenzo, San Marcos; 31 años después habrí­a de ser el Presidente de la República de Guatemala; un presidente muy comprometido con la consolidación del estado guatemalteco y obsesionado con la reintegración de la república federal centroamericana. Justo R. Barrios miró pues hacia el sur y lamentablemente descuidó el norte y ello provocó la pérdida de franjas de territorio a favor del estado mexicano de Chiapas. Es conocido que en 1885 Barrios murió, literalmente «con las botas puestas», en medio de su campaña militar por recuperar la federación. Seguidamente tomó la presidencia otro ciudadano, que de haberse consolidado el Sexto Estado hubiese sido uno de sus ciudadanos, el general Manuel Lisandro Barrillas, nacido bajo la sombra de Santa Marí­a quien ocupó la presidencia de 1885 hasta 1892. Luego un sobrino de Barrios, José Marí­a Reyna Barrios, nacido en San Marcos gobernó el paí­s desde 1892 hasta que en 1898 le dispararon cuando caminaba en las calles aledañas al parque central en afanes menos bélicos y más románticos que los de su tí­o. Seguidamente otro quetzalteco de pura cepa, se encargó de la presidencia y por el periodo más largo que registra nuestra historia republicana, el licenciado Manuel Estrada Cabrera, desde 1898 hasta 1920. A mediados del siglo, en el llamado Segundo Gobierno de la Revolución el presidente fue el quetzalteco, soldado del pueblo, Jacobo Arbenz Guzmán. Valga todo lo anterior como prueba clara del civismo, compromiso y participación de los chivos en la vida nacional que se despliega a todos los niveles: intelectuales, deportivos, artí­sticos, etc. Ello no es discordante con el apego muy particular que sienten por su patria chica, la identificación por su tierra: tienen bandera propia –el primer escudo que incorporó a un quetzal–, tienen consagrados a mártires patriotas (como no sucede en el resto del paí­s), hasta han tenido siempre un himno que anteriormente era la composición «Xelajú» de Julián Paniagua (según decreto de Estrada Cabrera) pero que en Concejo Municipal cambió en 2006 y declaró como himno de Quetzaltenango -no podí­a ser de otra forma-a «Luna de Xelajú» el que, dicho sea de paso es como el segundo himno nacional de todos los guatemaltecos.