A pesar de la apatía e indiferencia generalizada de los guatemaltecos, a pesar de que como pueblo deambulemos entre el escepticismo y algo de expectación, la semana que está por concluir deja una huella que puede ser el inicio de un despertar por ejercer y practicar la ciudadanía de los guatemaltecos. El lunes se anunciaba la instauración del Sistema Nacional de Diálogo. El martes se reavivó la polémica en torno a la pena de muerte. El miércoles, por primera vez, el jefe del Ejecutivo, abierta y francamente exponía en el Congreso de la República la necesidad de reforzar la búsqueda de consensos mediante el apoyo a sus propuestas. El miércoles también un grupo de ciudadanos demandaba atención precisa frente a sus requerimientos, también en las afueras del Congreso.
De pronto la posibilidad de construir la institucionalidad, democrática y participativa, puede ser un alentador entorno para rescatar a nuestro país de las garras de la injusticia y la impunidad. La vía del diálogo, aún y con las consabidas limitaciones, por ahora entiendo yo, de carecer de mecanismos vinculantes, es el camino racional que nos puede llevar a renovar la confianza en los procesos sugeridos por los gobernantes para ponernos de acuerdo como gobernados.
El despertar de las pasiones que se generan alrededor de la pena de muerte, es, si logramos superar la vía de la descalificación de unos y otros, un importante punto de encuentro. No me detendré para racionar mi posición al respecto. Deseo apuntar el hecho de la participación de la ciudadanía al exponer sus puntos de vista. Al opinar cada guatemalteco que lo ha hecho adquiere, sabiéndolo o no, una valiosa experiencia en la configuración del Estado. De nuestro Estado, el Estado de Guatemala. Si aprendemos a tolerar los criterios que se oponen entre sí y buscamos la esencia del fin último de nuestra convivencia en sociedad y la regulación por medio de los estamentos estatales, habremos dado un importante y sólido paso en la necesaria construcción de todo el régimen de institucionalidad.
Por el simple hecho de llegar a cumplir 18 años de edad, los guatemaltecos somos ciudadanos, poseemos la ciudadanía (artículo 147 constitucional). Pero tal implica un conjunto de deberes y de derechos, tanto en el ámbito de lo cívico como de lo político (artículos 135 y 136 constitucionales). Y ello reafirma que el poder público deviene del todo de los ciudadanos, que con el genérico de PUEBLO, el artículo 152 constitucional reafirma. El poder público proviene del PUEBLO. No de una persona, ni siquiera de un sector del pueblo, mucho menos de las fuerzas armadas o de las organizaciones políticas y de sus líderes. Y esos elementos a mi juicio han aflorado en estos días.
Me ha parecido alentador el acercamiento del Presidente Constitucional de la República al Congreso de la República. Un acercamiento prácticamente a «puerta abierta». Solicitar apoyo y buscar por la vía de ese diálogo el consenso necesario para reafirmar la institucionalidad del régimen de legalidad es, según me parece, positivo. Faltará ver ahora las acciones que confirmen los buenos deseos. No importa si en materia de seguridad es el partido político tal o cual el que asume el liderazgo. No importa que sea el oficial o el de la oposición. Lo importante son las concreciones de esos consensos.
Tampoco me detendré a comentar la motivación del «plantón ciudadano» que solicita una reducción del Congreso y otras reformas relativas a la conformación del Organismo Legislativo. Por ahora no es mi intención abordar esa participación desde la óptica de la naturaleza de la petición. Destaco sí la acción participativa. Aunque haya sido mínima el valor de la misma es que ha ejercitado la ciudadanía.
¿Qué tantos cambios podríamos impulsar entre todos, si cada vez más y más guatemaltecos entendiéramos y demandáramos la plena observancia de las garantías constitucionales sobre la base del cumplimiento de nuestros deberes ciudadanos? Y esa oportunidad se puede presentar bajo el esquema del Sistema Nacional de Diálogo. Yo creo entonces que en breve lo vinculante de tales procesos deliberativos se manifestará mediante el condicionamiento racional de cumplir fielmente nuestro papel. Unos como gobernantes, otros como gobernados. Unos como políticos, otros como no políticos. Unos como ejecutantes y otros como fiscalizadores. Se necesita de todos, para construir el país que es de todos. Nuestro país.