Ejemplo de entereza, a toda prueba


La amistad, cuando en realidad es amistad, soporta las más difí­ciles y duras pruebas, se mantiene y fortalece en las buenas y en las malas; está por encima de coincidencias ideológicas y polí­ticas, compañerismo e identidad de ideales y aspiraciones. Lo mejor serí­a que en polí­tica pudieran también construirse lazos de amistad firmes y sinceros. Ello, no siempre es así­.

Ricardo Rosales Román

Cuando las divergencias surgen, vienen las separaciones, distanciamientos y rupturas. No es extraño que si hubo alguien o más de alguno con quien se haya tratado de tener amistad, ésta se rompa y distancie a quienes en un tiempo compartieron riesgos, penalidades, logros y éxitos.

Se puede ser amigable, es cierto, pero es una forma de tratamiento y comportarse, en el mejor de los casos, respetuosamente, mas no por ello deja de ser convencional. Se tienen y abundan los amigos, cuando se está bien. Cuando se está mal, se alejan, desaparecen. La condición humana de quien así­ procede, es degradante y reprobable, no le dignifica ni enaltece.

No es entonces lo mismo la amistad, el ser amigos o comportarse amigablemente. Lo que sí­ es cierto es que los amigos son los hermanos que el corazón selecciona y los hermanos los amigos que la naturaleza escoge. Así­ reza un proverbio eslavo.

A lo largo de los años ya vividos, he logrado cultivar amistades perdurables, valiosas, entrañables. Algunos de mis amigos ya murieron. La mayorí­a ?salvo tres de ellos?, ví­ctimas de la contrainsurgencia como polí­tica de Estado. Quienes fallecieron después de prolongadas enfermedades, fueron Otoniel Fonseca Ruiz, Edgar Morán y Julio Rodrí­guez Aldana.

Perduran en mi recuerdo, entre muchos, Antonio Fernández Izaguirre, Hugo Rolando Melgar, Libo Haroldo González, Manolo Andrade Roca, Santiago López y Leonel Roldán.

De Bernardo Alvarado Monzón, Hugo Barrios Klee, Carlos René Valle y Valle, Mario Silva Jonama, Huberto Alvarado, José Luis Ramos y Joaquí­n Noval, tengo presente lo que me enseñaron y aprendí­ de su infatigable lucha en la clandestinidad, abnegación y entereza. A don Ví­ctor Manuel Gutiérrez lo traté muy poco, pero lo admiré y respeté por su rectitud y honestidad.

Con Luis Augusto Turcios Lima nos vimos y conversamos, aquí­ en la ciudad, dos o tres veces en 1963. Nos entendimos desde el primer momento y coincidimos en lo que habí­a que hacer desde los frentes amplios de masas en apoyo y participación en la Guerra Revolucionaria Popular. De igual manera fue mi tratamiento con Néstor Valle, Chano Palleras y Mario Botzoc. A Otto René Castillo lo consideré siempre como el hermano más cercano en ideales e inquietudes. Así­ se lo dije en Budapest cuando estaba aprestándose a regresar al paí­s, después de su paso por La Habana.

El fallecimiento de Rolando Morán fue para mí­ como el parteaguas polí­tico que marcó el comienzo de la debacle de URNG y no es sólo por ello que lo tengo presente sino porque, además que fuimos compañeros de lucha, nos unió una amistad forjada a partir de 1958. Antes de 1954 le conocí­ como el dirigente principal del Frente Universitario Democrático (FUD).

De los intelectuales de la generación de Lanzas y Letras, con quien mantengo especial amistad es con Antonio Móbil, como también lo fue en vida con Ariel De León. Es, asimismo, con Rodolfo Azmitia.

Y si alguien me ha demostrado de lo que es capaz y, como tal, ejemplo de entereza a toda prueba es a quien conocí­ a finales de la década de los años 50 del siglo pasado. í‰l estudiaba en la Facultad de Odontologí­a de la Usac. Participamos en la organización y realización del II Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios de la Usac y, después, formamos parte, de 1962 a 1963, de la Junta Directiva y Ejecutiva de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU).

Me refiero a Carlos Morales. A partir de 1964 nos dejamos de ver. Una vez nos encontramos en Europa. A mi regreso al paí­s, en 1968, fue uno de los pocos con quienes me veí­a, subrepticiamente, en ví­speras del fin de año.

Luego de la firma de la paz, nos hemos visto con más frecuencia, por lo menos, una vez al mes que es cuando con él, con mi también entrañable amigo, Carlos Guillermo Herrera y yo nos reunimos con Telmita, Lilian y Ana Marí­a, nuestras respectivas compañeras y esposas, a almorzar o a cenar y conversar de todo lo hecho, lo que no pudimos llegar a hacer y lo que seguimos aspirando que hay que continuar haciendo.

A Chaly, como le decimos quienes estamos cerca de él, lo atacó una de esas enfermedades que para saberla soportar se necesita tener un temple especial y enorme e inagotable fortaleza. í‰l la ha sabido sobrellevar, durante estos dos años más recientes, con valentí­a. A cualquier otro, ya lo hubiera abatido. A él, no. í‰l es de los que no pierde por un solo momento el deseo y ansias de vivir; su tenacidad lo mantiene ejemplarmente imbatible. El pasado 5 de octubre fue su cumpleaños. Lo saludé por teléfono y me alegró poderle decir algo de lo que aquí­ queda por escrito.