Le sigue pareciendo imposible. «No me lo creo, ¡soy la primera alcaldesa de Egipto!», dice Eva Habil, primera autoridad política de un gran pueblo copto del valle del Nilo.
La decisión llegó en noviembre del ministerio del Interior. Komboha, en el Alto Egipto, una región muy conservadora situada a 400 km al sur de El Cairo, iba a ser administrado por una mujer, algo totalmente insólito.
Un mes más tarde, la nueva alcaldesa, en pantalones vaqueros y con un jersey de punto rosa, recorre con desenvoltura las calles de tierra de esta localidad de 10.000 habitantes. «Mi padre ya era alcalde, yo nací aquí», cuenta.
Montado en su burro, Jamil Girguis, un anciano de Komboha ataviado del vestido tradicional, se baja al cruzarse con Eva Habil, de la que no se despega un grupo de muchachos admirativos.
«Será una buena jefa, como sus antepasados. ¡En Alemania hay una mujer al poder!», dice. La alcaldesa comenta: «La gente más mayor estaba a mi favor; la joven generación un poco menos».
Como en otros lugares del Alto Egipto, la regla de la sucesión dinástica prevalece en este pueblo de ganaderos, en un 95%% coptos, que se extiende entre las fértiles orillas del Nilo y las montañas áridas del desierto.
En los paredes del salón municipal están colgadas fotografías de antepasados paternos de Eva. Ahora, la diferencia está en que el último heredero es una mujer.
«Hasta mi madre soñaba con tener un niño, y cuando yo nací no escondió su tristeza», cuenta. Eva Habil se hizo con la alcaldía ante cinco hombres del pueblo, entre ellos su hermano menor.
Mujer, soltera y copta, Eva, una abogada de 53 años, sabía que al entrar en política partía con grandes desventajas en un país en el que el machismo se ha visto agravado por el islamismo político en los últimos treinta años.
«Cuando estaba en la universidad de Ain Chams, en El Cairo de los años setenta, aún estaba la moda de la minifaldas y nuestro horizonte era la emancipación femenina», recuerda.
Pionero en el mundo árabe, Egipto acordó en 1956 derechos políticos a las mujeres. Pero al llegar la ola del islam político, «mis amigos musulmanes y yo misma sufrimos un terrible golpe», dice.
Aunque no todos los velos son rigoristas, la inmensa mayoría de las mujeres egipcias musulmanas lleva ahora el velo como un signo ostensivo de su identidad islámica.
«Los coptos, en reacción, exhiben cruces gigantes alrededor del cuello, cuando sólo deberíamos proclamarnos egipcios, más allá de las diferencias religiosas», considera Eva Habil.
Al entrar en política, Habil se afilió a la formación del presidente Hosni Mubarak, el Partido Nacional Demócrata (PND), al no ver ningún futuro en los pequeños partidos de oposición laica frente a la potente fraternidad islamista de los Hermanos Musulmanes.
Procedente de un pueblo vecino, mayoritariamente musulmán, Amal Abdul Gawad, una mujer que lleva un velo que la cubre entera, ha acudido con su marido Wahid a felicitar a la alcaldesa y a transmitirle su solidaridad femenina.
Con sus manos enguantadas, aprieta afectuosamente el brazo de Eva. Las dos se conocieron en una sección femenina del PND. Cuando se le pregunta si a ella también le gustaría ser alcaldesa, antes de que pueda responder interviene su marido Wahid y dice: «Se lo prohíbo. ¡Yo soy su marido!».
Entre los 454 diputados que cuenta el Parlamento sólo hay nueve mujeres, de las que cuatro han sido elegidas y cinco nombradas por decreto presidencial.
«La situación está empeorando, antes había el triple de mujeres en el Parlamento. Así que el poder hace nombramientos simbólicos para quedar bien», considera Mona Abaza, profesor de sociología en la Universidad Americana de El Cairo (AUC).
Eva Habil admite que «las cosas evolucionan poco a poco». Señalando a las niñas que la rodean, afirma: «yo soy la primera alcaldesa, pero créame, mi ejemplo será seguido».