Ahora que empezamos un nuevo año escolar es conveniente que reflexionemos los educadores sobre la gravedad de la tarea encomendada. Como sujetos pensantes (presuntamente racionales) es urgente planificar nuestra actividad futura y corregir lo que quizá pudimos hacer mal en el pasado. Propongo tres puntos para que nos detengamos un momento y pensemos si podemos hacer cambios en nuestro ejercicio educativo. Los profesores de todos los niveles, en primer lugar, estamos invitados a meditar sobre el aprovechamiento del tiempo. Si es cierto que el tiempo vale dinero y las oportunidades perdidas hasta los santos lo lloran, es menester que le saquemos el máximo de provecho. No debemos ser indulgentes con el tiempo que tenemos entre manos. Debemos evitar con seriedad las actividades inocuas y los pretextos para la vagancia. Basta de inventar cualquier actividad que conduzca a la simple holgazanería y a zafar bulto de nuestra tarea primera que es la enseñanza en el aula.
Lo anterior no demerita en absoluto los paseos planificados ni las actividades extra aula (teatro, canto o actividades deportivas) que, con anticipación, han sido debidamente preparadas. Lo que se trata de evitar es la simple invención de actividades sin ningún propósito educativo. Los que se dedican a enseñar saben a qué me refiero y tienen experiencia de colegas vagos que son muy creativos en tener «entretenidos» a los muchachos en cualquier cosa menos en tenerlos aplicados en el aula enseñándoles.
Un segundo punto para la meditación se dirige a los padres de familia. La educación en la escuela se queda corta si no existe de parte de papá y mamá un apoyo incondicional. Aunque vivimos tiempos difíciles en cuanto a las exigencias de los papás en trabajar todo el día, no deben renunciar a la posibilidad de estar el mayor tiempo posible con los hijos. Los papás deben inventar momentos de cercanía diaria, seguimiento telefónico o hasta acompañamiento por Internet. Todos los días los padres de familia deben saber cómo van sus hijos en la escuela.
No es necesario que usted me diga que la tarea es difícil. Claramente no es fácil, pero no imposible. Para darse ánimos piense que los frutos del acompañamiento en sus hijos serán inmediatos, al corto tiempo verá usted la diferencia respecto a otros niños dejados «a la buena de Dios». Las ventajas no sólo se observarán a nivel intelectual (las calificaciones), sino en la formación humana (responsabilidad, carácter, seguridad, autoestima, etc.). Finalmente, me parece conveniente ayudar a los jóvenes a darles una estructura que les facilite el estudio. Ofrézcales un horario de la jornada que les favorezca el orden. Acostúmbrelos a cumplir las horas de levantada (no deben ser oscilantes), los tiempos de comida, la hora de cumplir con las tareas y hasta las horas de dormir. Al inicio puede que los horarios resulten difíciles, pero con los días todos en casa estarán felices por saber qué cosa hacer en cada momento.
La educación en la edad escolar no es de poca monta y a veces lo olvidamos. De esas experiencias, aparentemente pequeñas, dependerá mucho en nuestras vidas. Con el tiempo, si uno se lo piensa bien, aprende que esa irresponsabilidad nuestra de antología o esa proclividad obsesiva hacia el trabajo, lo aprendimos en casa, por nuestros padres que, para bien o para mal, nos lo enseñaron.