Duelo nacional: nos está llevando el rí­o


El duelo nacional anunciado por el presidente Colom es pertinente. Es un homenaje póstumo a casi medio centenar de hermanos fallecidos por las lluvias torrenciales de la última semana y a cinco migrantes guatemaltecos que fueron asesinados, junto a otros 67 peregrinos latinoamericanos, a manos del crimen organizado en el estado de Tamaulipas, México.

Pablo Siguenza Ramírez
pablosiguenzaram@gmail.com

Los migrantes murieron a manos del narcotráfico por negarse a trabajar para organizaciones criminales. Su actitud fue heroica en su condición de viajantes precarios y vulnerables. Debe ser una demanda de toda la sociedad guatemalteca, el respeto a los derechos de las y los migrantes. Debemos unirnos a la condena internacional que el Ministerio de Relaciones Exteriores ha hecho con respecto a tan despreciable acto de violencia. La exigencia ciudadana debe ir más allá: debemos construir un paí­s que brinde posibilidad de vivir dignamente a cada una y cada uno de sus habitantes, evitando la migración forzada. Desahuciado está el que tiene que marcharse por necesidad y no por voluntad, a padecer vejámenes y separarse de su cí­rculo vital (familia, amigos, comunidad).

Los otros héroes anónimos, hoy sin vida, son aquellos hermanos que tratando de salvar la vida de personas soterradas por un derrumbe de tierra en la carretera Interamericana, fueron sepultados por un segundo deslave. Guatemala se viste de luto frente a un invierno con más lluvia que en los últimos 50 años. Ese luto nos obliga a reflexionar, comprender y tomar acciones dirigidas a sacar de la vulnerabilidad en que se encuentran miles de comunidades frente a los fenómenos naturales.

La vulnerabilidad es compleja porque tiene sus raí­ces en las profundas desigualdades sociales persistentes en el paí­s. Las inundaciones en Nueva Concepción o Santo Domingo Suchitepéquez, entre otras zonas afectadas, se debe a que la lluvia ya no encuentra los cauces naturales para llegar al mar, pues grandes fincas han hecho desviaciones y presas para aprovechar el agua de verano, afectando en invierno de manera desastrosa, a comunidades aledañas a los grandes campos de caña de azúcar, banano o palma africana.

Comunidades que viven en zonas de montaña, al pie de los cerros, son susceptibles de ser enterradas como ocurrió hace algunos años con la aldea Panabaj, Sololá. La alta concentración de tierras planas en pocas manos, en grandes fincas, obliga a la mayorí­a de población en el campo a vivir bajo peligro permanente. La vulnerabilidad entonces tiene que ser atacada en su aspecto ambiental, pero sobre todo en su dimensión económica, polí­tica y social. Dimensión polí­tica entendida como el poder que tiene una pequeña élite económica para obligar y marginar a otros sectores a ser vulnerables.

¿Quién lo iba a decir? Los «ecohistéricos», cómo llamaron de forma despectiva algunos sectores conservadores y retrógrados a las organizaciones ambientalistas, ¡tení­an razón! Décadas atrás diversas personalidades y organizaciones advirtieron, en el mundo entero y en Guatemala, sobre los graves efectos que traerí­a la depredación capitalista de los recursos naturales. Estos desastres son producto del modelo de producción y acumulación que en doscientos años ha hecho que el planeta Tierra esté al borde del colapso y que en Guatemala se manifiesta a través de lluvias cada vez más fuertes y sequí­as más prolongadas.

El paí­s necesita un acuerdo nacional que nos permita enfrentar tanta desesperanza. La población en general debe opinar y decidir; debemos romper las cadenas mentales que nos atan a aceptar la vida injusta que las élites nos han impuesto y que hemos introyectado como lo único posible; debemos construir contrapoder y regalarnos una nueva humanidad.

Me uno al duelo y homenaje nacional a los héroes anónimos, comunitarios y migrantes, cuya lucha es un esfuerzo cotidiano por la sobrevivencia y por la construcción de la utopí­a posible de una vida digna.