Hace bastantes años conocí a cuatro jóvenes que consumían drogas. Menos de diez años después, a finales de los 80, fui a visitar la ciudad donde nos habíamos conocido y uno había fallecido por deficiencias que sufrió del alto consumo. El segundo tenía varios años de estar preso, la necesidad del consumo lo llevó por el camino del delito reiterado.
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Al tercero lo fui a visitar a un centro asistencial para personas con demencia; mi conocido se pasaba el día riéndose sin sentido alguno. Los familiares me compartieron cómo con el paso de los meses la droga le fue limitando sus capacidades volitivas y la conciencia hasta el punto que un día ya no le respondían a nada y simplemente sonreía.
El cuarto de ellos, Tomás, había abandonado el vicio, había terminado sus estudios universitarios y trabajaba en los negocios del padre, hoy es un exitoso empresario. Hace unos años tuve la oportunidad de compartir unas horas con él. Su narración de cómo la necesidad de experimentar y consumir más fue impulsando a los cuatro a aumentar el consumo se mezclaba con las presiones que ellos tenían de dinero para comprar y a la vez de mantener las apariencias en sus casas.
Derivado de un accidente de tránsito los padres de Tomás se enteraron de sus hábitos de consumo y su perdición. A raíz de ese suceso, la familia inició un proceso para adaptarse a enfrentar la realidad que uno de sus miembros estaba viviendo. Los progenitores de Tomás prácticamente abandonaron sus quehaceres y vendieron buena parte de sus haberes para poder enfocarse en el problema y pasar una serie de experiencias y situaciones que les permitió entender sus necesidades y apoyarlo.
La primera vez que un niño o un joven prueba o tiene una experiencia con la droga comúnmente es con un amigo o persona cercana que le invita a experimentar. Esto sucede con más facilidad en aquellos hogares que los padres no les dan el tiempo y atención suficiente a los hijos, lo que permite prevenir o darse cuenta en etapas muy tempranas de lo que está sucediendo.
Guatemala en los últimos años ha sido camino de paso de la droga hacia el norte, un mercado para liquidar transacciones, así como un importante depósito que permite guardar el producto en tanto la demanda está baja y colocarlo cuando la demanda incrementa.
Guatemala, un país donde la población está acostumbrada a que no se castigue al que infringe la norma o viola las reglas, es un paraíso para el crimen organizado, incluyendo el narcotráfico. Uno de los mecanismos de pago de los narcotraficantes en los últimos años, ha sido el pago en especie, con lo cual se ha incrementado la cantidad de droga circulando en el mercado y por ende el consumo.
Jóvenes y niños consumiendo cocaína y otras drogas se están convirtiendo en un cuadro cada día más común en nuestro país. Se han publicado múltiples estudios que indican que los daños causados por la droga no son tan graves como los causados por el alcohol. Mi experiencia personal observando a jóvenes y adultos consumiendo, es que causa daños irreparables y deja secuelas que seriamente afectan a quienes consumen.
Las tentaciones, personas que tienen la deliberada intención de beneficiarse de nuestra juventud y padres que dejan de poner atención son algunos de los factores que están incidiendo en que se agrave el problema.
El consumo de la droga, así como del alcohol, es uno de los grandes desafíos que enfrenta la sociedad de hoy. Nuestro país tiene graves problemas de pobreza, educación y desigualdad. Esos problemas agravados por la corrupción, la cultura de que no se castigue a los que violan la ley, la tolerancia y acomodamiento a los abusos nos convierten en un país con menos posibilidades de salir adelante y competir en el corto plazo.
Necesitamos trabajar en la conciencia ciudadana de la gravedad de los problemas, establecer un sólido sistema educativo público y generar oportunidades para que los niños y jóvenes de hoy, puedan soñar con vivir en una Guatemala civilizada. Ahí el liderato gubernamental claro, determinado y firme es imprescindible.