Dos nonagenarios hermanados (I)


En la tierra del Quetzal nacieron en el primer cuarto del siglo XX dos varones, uno de ellos en la ciudad de Quetzaltenango, a principios de la Primera Guerra Mundial (1914), Ernesto Capuano del Vecchio, descendiente de familias acomodadas italianas. Y, el otro, quien estas lí­neas escribe, Alfonso Bauer Paiz, nacido a fines de esa misma Guerra Mundial, en el año del Armisticio (1918), quien vio la primera luz en una temblorera construida, después de los terremotos de diciembre de 1917 y enero de 1918, en la ciudad capital, en los alrededores de la Plazuela 11 de Marzo, descendiente de familia alemana, salvadoreña y guatemalteca, también acomodadas.

Alfonso Bauer

Cuando yo ingresé a la facultad de Ciencias Jurí­dicas y Sociales (más conocida, entonces, como escuela de Derecho de la Universidad Nacional de Guatemala), fue en el memorable aciago año del inicio del alzamiento falangista acaudillado por Francisco Franco, en contra de la República española, y de la primera reelección del déspota presidente de Guatemala, general Jorge Ubico.

En la escuela de Derecho nos conocimos Ernesto y yo, pero en esos años no intimamos, más que todo porque él era un estudiante de grados superiores y yo, apenas, un reciente ingresado al nivel de preparatoria. Ernesto era ya un opositor declarado y actuante contra el régimen ubiquista – del mismo sello colonial racista y esclavizante del pueblo indí­gena y sirviente de la oligarquí­a nacional y del Imperio del Banano-, y corrí­a peligro su vida y tuvo que salir al exilio a México, en 1938.

Neto llega al México todaví­a revolucionario, cuyo presidente era el general Lázaro Cárdenas, quien dirigió el proceso de Reforma Agraria que liberó al campesinado de su paí­s e impulsó la industrialización del mismo, así­ como nacionalizó la industria del petróleo, conforme a su polí­tica nacionalista y antiimperialista. Aunque con la pesadumbre del destierro, Neto no se podí­a sentir mal en México, porque él, que ya de Guatemala habí­a salido siendo un estudioso de la filosofí­a del materialismo histórico y un admirador de los ciudadanos guatemaltecos marxistas, a quienes Ubico fusiló o mantuvo en prisión durante los 14 años de su gobierno tiránico. Me refiero a los dirigentes sindicalistas Antonio Obando Sánchez, el hondureño Juan Pablo Wainwriht (fusilado) el abogado Miguel íngel Vásquez y a ciudadanos democráticos antidictatoriales:

En 1945, el presidente de la República, Dr. Arévalo, sufrió un accidente automovilí­stico que lo incapacitó temporalmente. Algunos de los dirigentes del Frente Popular Libertador y del Partido Renovación Nacional, temerosos de que el Jefe de las Fuerzas Armadas, coronel Francisco Javier Arana, interrumpiera la constitucionalidad administrativa, fueron a plantearle que él serí­a el próximo presidente de la República, y Arana les aceptó, pero puso de condición que se le garantizase el cumplimiento de ese compromiso mediante la disolución de los dos partidos Frente Popular Libertador y Renovación Nacional. Aceptaron y así­ nació el Partido de Acción Revolucionaria (PAR), al cual consideró «su partido» el Jefe de las Fuerzas Armadas.

Al restablecerse el Dr. Arévalo, maniobró para que se restablecieran el FPL y RN. Pero, en el FPL habí­amos varios que ya NO querí­amos abandonar el PAR, porque reconocí­amos que ese partido unitario se habí­a fortalecido con la repatriación de exiliados guatemaltecos marxistas que ya habí­an planteado la necesidad de robustecer el inicial movimiento de organización de la clase trabajadora y de realizar una reforma agraria que terminase con las relaciones semi-feudales de producción en el campo, compañeros de la calidad de Luis Cardoza y Aragón, Alfonso Solórzano, Carlos Arias, los hermanos salvadoreños Cuenca, y nada menos que ERNESTO CAPUANO DEL VECCHIO, todos revolucionarios marxistas. Sin embargo esos pocos terminamos cediendo y reingresamos al FPL.

De mi parte, ese error fue enmendado años después, ya que volví­ a poder estar en la misma organización polí­tica con Ernesto Capuano, pues por poco tiempo habí­amos sido ya entrañables compañeros polí­ticos en el PAR y esto fue, durante el segundo Gobierno de la Revolución, cuando, en alianza con el PGT, nos unimos varios grupos de la Revolución: el que fundó el Partido Socialista, cuyo dirigente fue Augusto Charnaud Mc.Donald, el del FPL ya disuelto, el de Renovación Nacional Socialista, cuyo Secretario General era Jaime Dí­az Rossoto, y el grupo de veteranos comunistas integrado por Alfonso Solórzano, Luis Cardoza y Aragón y, por supuesto, Neto, con quien compartimos responsabilidades en el proceso de Reforma Agraria, al cual serví­ yo como Gerente del Departamento de Fincas Nacionales, al iniciar la aplicación del Decreto 900 en fincas del Estado y como Presidente Gerente del Banco Nacional Agraria, (BNA), en tanto que NETO serví­a al mismo tiempo en el Departamento Agrario Nacional y como miembro de la Junta Directiva del BNA, y en nuestro trabajo nunca tuvimos una desavenencia, porque siempre actuamos de acuerdo y con indeclinable voluntad polí­tica para alcanzar las metas de la transformación agraria del paí­s y la construcción de una economí­a nacional independiente y ya industrializada, en la que los principales beneficiarios fuesen las clases proletarias obreras y campesinas, entonces felizmente aliadas.

Después de la renuncia del presidente Arbenz, tuvimos que salir al exilio en México, que para mí­ fue de tres años (1954-1957) y para NETO hasta el dí­a de su muerte. En ese perí­odo ambos fuimos miembros de la Unión Patriótica Guatemalteca (UPG), en la que nos habí­amos organizado los exiliados revolucionarios. Uno de los centros de nuestras constantes reuniones era el departamento de Neto en la Calle Bucarelli, acogidos con camaraderí­a por la feliz pareja CARMELA Y NETO y en el mí­o, en la Colonia Narvarte.

La colectividad exiliada fue siempre atendida por dos compañeros, uno médico, Salvador Piedrasanta, pediatra, que cuidó siempre la salud de nuestros pequeños hijos y NETO que se dedicó a ayudar a cuanto desterrado hubiese, guatemalteco o de cualquier paí­s del mundo, para resolver problemas con las autoridades mexicanas de Migración y nunca cobraron por sus valiosos servicios.

Yo también, como Miguel íngel Albí­zures, comparto su adhesión a una opinión de Carlos Figueroa Ibarra relacionada con la vida de NETO, que dice:

«Nunca conocí­ a un hombre más inmune a las vanidades y más desinteresado con respecto a los bienes materiales» (Véase La Hora, del 7/5/08).

Abono también la sentencia de M.A. Albizures, que refiriéndose a la negativa de NETO a aceptar la Orden del Quetzal que le ofrecí­a el presidente Alfonso Portillo, junto con una pensión vitalicia, escribió: «pensando como pensaba, (refiriéndose a NETO) mal podrí­a aceptar la ayuda de un gobierno neoliberal poco o nada preocupado por el futuro del pueblo» ( Véase elPeriódico, de 8/ 5/ 08)

Además NETO, siempre, y sobre todo en los últimos años de su vida se avino con dignidad a su pobreza, al punto que se disculpó por no aceptar el ofrecimiento que, por iniciativa de Mario Monteforte Toledo, se le hiciera hace algunos años, de venirse a Guatemala, a convivir dos meses, primero, en el hogar de Mario y después en los de cuarenta compañeros más, todos viejos amigos suyos. Estoy seguro que no aceptó, porque NETO nació para servir y no para ser servido.

¡ERNESTO CAPUANO DEL VECCHIO ES CIUDADANO HONRA DE LA PATRIA Y DE LA UNIDAD DE LOS REVOLUCIONARIOS DEL MUNDO!