Ayer los dos senadores de origen latinoamericano del Senado de Estados Unidos, el demócrata Bob Menéndez de Nueva Jersey y Mel Martínez de Florida, (este último renunció hoy a su puesto de manera intempestiva), presentaron un proyecto de ley para asignar dos mil millones de dólares al combate de la pobreza en América Latina.
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El argumento a favor de la iniciativa fue expuesto por el representante Menéndez al decir: «Esto es más que una política del buen vecino. Esto es una buena política pública ambiental, económica y de seguridad nacional, para nosotros en los Estados Unidos. El desarrollo de una clase media fuerte en Latinoamérica ayuda a crear un mercado vigoroso para las empresas y negocios americanos, a reducir la emigración ilegal a los Estados Unidos, y a crear estabilidad económica», expresó.
En otras palabras, no se trata de una iniciativa populista o de caridad, sino que una propuesta que tiene origen en los propios intereses de los norteamericanos porque entienden que mientras más inequidad y pobreza exista en nuestra región, menos oportunidades de negocios hay para sus empresas y también más presión tendrán que soportar en el futuro por oleadas de migración derivadas de las carencias que afectan a nuestros pueblos.
Y es precisamente el criterio que tendrían que mostrar los sectores de más poder económico de cada uno de estos países, puesto que apostar a la inversión social es algo que tarde o temprano les estaría reportando ganancias. Aunque únicamente fuera con criterios egoístas de obtener mayores ganancias, los empresarios latinoamericanos debieran entender que el combate a la pobreza les ofrece la oportunidad de expandir mercados, de disponer de más consumidores para sus productos y por lo tanto la inversión tendría efectos muy rápidamente en el incremento del giro de sus negocios.
Atrás deben quedar aquellos criterios sustentados en el oscurantismo que pregonaba que al pobre no había que educarlo ni ofrecerle oportunidades porque ello podía ser social y políticamente peligroso. Está demostrado el fracaso de esa visión trasnochada que significó para nuestros países un estancamiento que ha afectado a todos y por mucho que en nuestros países existan pequeños sectores que aún en medio de la pobreza logran realizar enormes y multimillonarios negocios, la verdad es que existe siempre un riesgo muy grande de inestabilidad ya no como producto de que la gente se ilustre y estudie, sino de que el hambre apriete y vuelva a provocar los viejos reclamos del siglo pasado.
En el mismo tema del narcotráfico que es una de las grandes preocupaciones de los norteamericanos, es de ver que mientras más pobreza exista en nuestros países, mayor el espacio para que los grupos de poderosos traficantes se conviertan en los benefactores de poblados enteros que no sienten ninguna identidad nacional, pero se sienten profundamente agradecidos y vinculados con quienes les generan empleo y les dan oportunidades en la vida.
La iniciativa de los dos senadores, que tendrá que recorrer un largo camino en la rama legislativa de Estados Unidos, no tiene ningún sentido filantrópico ni puede considerarse como populismo de izquierda. Es pragmatismo puro y llano, al entender que mientras los niveles de pobreza en América Latina sean tan altos, no somos mercado para las empresas norteamericanas y nuestros pobres seguirán tratando de emigrar al norte.