Dos mil 721 dí­as de guerra, y una ocupación que no termina


No quiero empezar a abordar el tema motivo de mi columna de hoy, sin referirme a un rasgo muy particular del momento actual en nuestro paí­s y que es algo común y recurrente a partir de junio de 1954. Ese muy particular rasgo del momento se puede definir diciendo que si ayer las cosas no andaban bien, ahora, andan mal y, mañana, van a estar peor.

Ricardo Rosales Román
rosalesroman.cgs@gmail.com

De una situación así­ descrita, todos, absolutamente todos, somos responsables. Lo más cómodo es culpar a terceros de lo que no está bien, de lo que anda mal o de lo que tiende a empeorar. Lo que no se dijo a tiempo o no se quiso decir tanto como lo que no se hizo bien o se dejó de hacer, son como los eslabones de la cadena a que permanecen atados los pusilánimes y conformistas o los reguiletes que alborotan y alebrestan a los iracundos y resentidos.

A un paí­s se le alborota cuando se le pone al borde del desorden, del tumulto, de la asonada, del motí­n. Entre la población cunde el pánico, el sobresalto, la inquietud, la zozobra. El rumor, la noticia tendenciosa, la mentira, especialmente la polí­tica, es lo predominante.

El escritor irlandés, Jonathan Swift (1667 – 1745), en un breve opúsculo publicado -según unos en 1773 y según otros en 1712- con el tí­tulo de El arte de la mentira polí­tica, definió la mentira polí­tica como «el arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables a buen fin…Que la mentira polí­tica tenga un «buen fin» no quiere decir que propenda a algo intrí­nsecamente bueno sino que satisfaga los deseos de quienes, por profesión, se dedican a este sutil arte…». (Alberto Piris, Arte y práctica de la mentira polí­tica, República de las ideas, en Rebelión, 14 de agosto de 2010). Swift, es el autor del clásico Los viajes de Gulliver.

De acuerdo a Piris, «para un lector de hoy, no deja de ser significativa la alusión que el autor hace a la guerra, como actividad polí­tica muy apta para generar mentiras: «Sin un gran número de esas falsedades saludables -opina Swift- no habrí­amos alimentado tanto tiempo de guerra». Esas «falsedades saludables» son las que convienen a los propósitos de los señores de la guerra, del complejo militar industrial y de las clases gobernantes de las grandes potencias en un mundo unipolar como el actual.

Las «falsedades saludables» a las que se refiere Swift son en las que se montan las «justificaciones» de la guerra total contra el terrorismo a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2002 contra las Torres Gemelas en Nueva York y en las que se embarca el señor George W. Bush en su guerra de ocupación y conquista contra Afganistán, primero, y contra Irak, después. De la guerra de ocupación a Irak, paso a referirme a algunas –muy pocas, por cierto–, cuestiones principales, reveladoras e ilustrativas.

La semana pasada, los despachos de prensa informaron de la discreta retirada -por razones de seguridad, aseguró el Pentágono-, del último convoy de asalto estadounidense de Irak. Se hací­a referencia, además, a que permanecerí­an en Irak 56 mil soldados con la misión de «continuar con el adiestramiento de las tropas iraquí­es y participar en las operaciones que les soliciten». El departamento de Estado, por su parte, prevé que contratistas privados enví­en 7 mil mercenarios para el apoyo, resguardo y seguridad de sus instalaciones en territorio iraquí­.

Como se recordará, esta guerra de ocupación y conquista comenzó con los bombardeos del 20 de marzo de 2003 a Bagdad. Las armas de destrucción masiva tras las que iban las tropas invasoras nunca aparecieron. Lo que sí­ consiguieron fue derrocar a Saddam Hussein, capturarlo y encarcelarlo. Lo ahorcaron después de un juicio con excesos e irregularidades jurí­dicas en que se puede incurrir en un paí­s ocupado. Según dos abogados del Foreign Office, la invasión a Irak fue ilegal.

El entonces presidente estadounidense, George W. Bush, en una exaltada manifestación de triunfalismo y obcecación, a bordo del portaaviones Abraham Lincoln a «apenas mes y medio del comienzo» de la ocupación de Irak, dio por terminada «exitosamente» semejante aventura bélica. Ni fue cierto lo anunciado entonces, como tampoco lo es que la ocupación yanqui vaya a terminar a partir del 1 de septiembre.

En cuanto a costos humanos, en Irak hay actualmente tres millones de viudas y cinco millones de desplazados. Desde que principió la guerra han muerto alrededor de cien mil civiles. Según datos oficiales, la guerra contra Irak le «ha costado la vida a 4 mil 400 miembros del Ejército estadounidense y la de decenas de miles de iraquí­es», así­ como de varios cientos de soldados de otras nacionalidades. Las cifras de heridos entre los ocupantes, son cuantiosas.

La guerra contra Irak, al próximo martes 31 de agosto habrá durado siete años, cinco meses y 11 dí­as. Sin embargo, la ocupación extranjera continuará y, en consecuencia, la resistencia de los iraquí­es, también. http://ricardorosalesroman.blogspot.com/