Mañana se cumplen dos años de la desaparición de Cristina Siekavizza de Barreda, la joven madre de familia cuyo caso se ha convertido en paradigma del manoseo que el tráfico de influencias permite con la justicia en nuestro país. Cuando nos contaron de la misteriosa desaparición de Cristina estaba, como ahora, fuera del país y no pudimos compartir con sus padres esas horas iniciales de zozobra, pero a lo largo de estos meses esa familia nos ha dado a todos una muestra de fortaleza y perseverancia que resulta en verdad ejemplar.
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Fortaleza y perseverancia que no les impide actuar con una calidad humana que cuesta imaginar en personas que llevan una cruz tan pesada y dolorosa. Porque si la inicial desaparición de la hija, comunicada por el esposo que luego resultó sindicado por las abrumadoras evidencias en su contra, ya era un golpe tremendo, la posterior desaparición de los nietos vino a colmar el vaso del dolor y el sufrimiento.
Varias veces he dicho que en este caso yo me siento absolutamente involucrado, no tanto por el parentesco que une a mi esposa con Angelis, la mamá de Cristina, sino por el hecho de que como padre y como abuelo puedo imaginar el sufrimiento que han tenido que soportar y la frustración de ver que toda la lucha legal, todo el esfuerzo por ofrecer pruebas y buscar la aplicación de la justicia, se burla por las influencias que están puestas al servicio de los señalados como responsables y que ni siquiera han tenido la entereza de presentarse para tratar de desvanecer los cargos en su contra o para asumir la responsabilidad de sus hechos.
Cada vez que he hablado con alguno de los Siekavizza siento que recibo una lección de vida. Sin aspavientos ni muestra alguna de ánimo de venganza que deje traslucir rencor, mantienen una actitud de serena y decidida firmeza para continuar con una lucha que se ha vuelto imposible por los valladares hábilmente levantados para encubrir al sindicado de haber cometido un crimen muy grave en contra de su propia esposa. Ciertamente creo que el motor de su inspiración está en el ferviente e irrenunciable deseo de que sus nietos aparezcan para poderse volcar en el esfuerzo de tratar de aminorar el impacto de los traumas que sin duda les han marcado en forma muy severa. A estas alturas, estoy convencido de que viendo la forma en que se comportan las autoridades y en lo que hicieron para facilitar la fuga del acusado, cualquiera tira la toalla porque en verdad que la movilización de poderes e influencias ha sido tremenda. Pero es ese deseo de recuperar a los nietos, el legado de su hija, lo que les mantiene en pie y actuando de formas tan edificantes.
Hay alguna gente que supone que cobertura mediática del caso Siekavizza es resultado de la influencia de las víctimas, sin entender que es un drama humano de enorme envergadura y que la influencia de los Siekavizza es resultado fundamentalmente de su tenaz persistencia para continuar demandando justicia. Porque si ellos hubieran desistido al ver la avalancha de maniobras que desde las primeras horas tras el crimen hicieron imposible su esclarecimiento, la corriente de opinión pública se hubiera esfumado, pero lejos de eso, a veces con la participación de no mucha gente, siguieron con su empeño de presionar para poner en evidencia las fallas de nuestro sistema de justicia.
Dos años pasan rápido en términos generales, pero se pueden volver una eternidad para quienes viven incertidumbre y angustia. El pequeño soporte que les podemos brindar es ínfimo en relación a su dolor, pero sirve para expresarles que no están solos y que diariamente hay oraciones que se elevan por ellos, por su hija y especialmente por sus nietos.